El molino del membrillo

este es un blog familiar. Dedicado a la memoria perdida

26 de febrero de 2009

El molino del Membrillo

El molino del membrillo

El molino del membrillo, ese era el nombre tan romántico que pusieron mis abuelos a su casa, un viejo molino de harina instalado junto al río guadiana, a dos kilómetros de Argamasilla.
Mi abuelo era molinero, de Masegoso, una aldea en la sierra de Albacete, allí tenía un molino, en mitad del pueblo, que todavía se conservan algunas paredes, y vivía con sus hermanos, en aquella época las familias de los pueblos todas eran numerosas, Cuando se caso con mi abuela, que era de Munera, dejo el pueblo y se fueron a vivir a Alcaraz, que es como la capital de la zona, un pueblo más grande lleno de casones históricos al pie de a sierra de su mismo nombre, allí trabajó en una fabrica de harinas, y fue en ese mismo pueblo donde nació papá. De aquella época es la primera foto que hay en el álbum, donde esta el abuelito junto con sus compañeros de la fabrica.
Al poco tiempo se fueron a otro molino, el de la Parra, que esta justo debajo del pantano de Peñarroya, ya en la provincia de Ciudad Real, en este molino vivían los padres de la abuelita, Pedro y Miguela pero pronto surgió la oportunidad de arreglar el molino del Membrillo, que estaba hundido y sin tejado, el abuelito lo arregló con la ayuda de su cuñado, el hermano de la abuelita.
Una vez instalados en el Membrillo, compraron algunos terrenos, que eran buenos, pues por la proximidad de las acequias del río se podían regar y plantar remolachas para hacer azúcar.
Una vida de luchas y de anhelos que nunca llegaban, y con la guerra civil de por medio, una época de cambios drásticos y de hambre y necesidad, que mis abuelos medio pasaron bien debido a que tenían cerca la harina para hacer el pan. Por lo menos tenían pan. Todos aquellos años, los años 30, pertenecen a la infancia de papá, y por supuesto yo no los viví, pero ahora están en mi memoria transmitidos por las conversaciones con mi abuelo y con papá.
Ahora que ya no están me toca exprimir los recuerdos y sacarlos de una forma u otra de aquellos relatos que mi abuelito contó.
Mi abuelo casi no tuvo que ir al frente de la guerra, él estaba en “las harinas blancas”, es decir que como era indispensable su trabajo para suministra alimento a la tropa lo licenciaron muy pronto y se fue al molino a trabajar durante toda la guerra. Después vino la posguerra, España había quedado destrozada y pasaron muchos años de penurias y de hambre hasta que progresivamente, con la ayuda de los que emigraban a otros países a trabajar y gracias a no entrar en la segunda guerra mundial, los españoles se recuperaron poco a poco, engañados por el régimen de Franco que apoyado por la iglesia hizo creer a los españoles que gracias a él se superaron las consecuencias de la guerra que él mismo había provocado.
Mi padre nació en el año 30 el nunca tuvo oportunidad de saber que era democracia, ni decir lo que se pensaba libremente, y su educación, la más tierna, la que de deja influencias para toda la vida fue la que impuso el régimen de la dictadura de Franco, apoyada por la iglesia en el sentido mas reaccionario de la palabra. Mi padre fue una generación totalmente influenciada por el régimen de franco y en cierto sentido esto le ha marcado durante gran parte de su vida. Después, con la democracia los cambios profundos que ha todos los españoles de su época se dejaron sentir, le vinieron pero con bastante lentitud, otra cosa fue mamá, que en los últimos años de su vida, se hizo tolerante y comprensiva, con una actitud abierta a la sociedad, siempre dentro del orden establecido por la religiosidad, pero con la religiosidad abierta y no carcamal.
Todo esto viene a cuento porque yo percibía dos tipos de formas de entender la sociedad, mi abuelo me hablaba de las izquierdas y de la republica, y de elecciones y se percibía que en otros tiempos España había sido diferente, mi padre en cambió nunca me habló de esos temas, como si nunca hubiera sabido nada, o como si tuviera una aversión o miedo especial, para él, como casi todos los españoles de su generación Franco era la persona, casi divina, que había sacado a España de la miseria.

Mi padre pasó esos años difíciles para España, pero sus años felices de infancia, en el molino, junto a sus dos hermanas, Prudencia y Julia, por aquellos parajes corretearía y montaría en los carros tirados por mulas, y jugaría en la acequia y se bañaría en el río como yo lo haría veintitantos años después.
Mis abuelitos eran ambiciosos para sus hijos, querían que tuvieran estudios, lo que ellos no habían tenido y sacarlos de la miseria, por eso enviaron a papá a Valdepeñas, interno, para estudiar el bachillerato, como no había dinero para pagar los estudios, papá debía de limpiar las mesas del comedor de sus compañeros, cosa que a él sufrió debido a las burlas y el trato degradante de ellos. De todas formas pronto pudo estudiar la carrera de veterinaria, que por entonces era una carrera importante, el veterinario era una persona influyente en los pueblos pues de él dependía la vida de los animales: vacas toros, ovejas, caballos mulas, que eran importantes para mantener la economía familiar, si se moría un caballo se producía un grave percance en la familia.
De aquella época de estudiante papá ha conservado su amor a la música de la Tuna.

Poco a poco fueron pasando aquellos años de los que apenas se nada, mientras mi abuelo se sacrificaba entre el molino y las remolachas, la familia se hacia mayor, mi padre ya era un estudiante universitario, que aparecía por el molino de vez en cuando, cuando podía venir de León, y con nuevos horizontes e ilusiones sobre todo porque el mundo se le hacia más grande, mis tías eran unas guapas jovencitas, que eran pretendidas por los mozos del pueblo, y mi abuela, una madre ambiciosa cuya máxima ilusión era ver prosperar a sus hijos. Por eso les pagaba clases particulares a las hijas, en casa de don Juan Taboada, un joven maestro casado con Carmen, de Manises que es la hermana de mamá..
La casualidad o el destino, que es casi lo mismo, hace que se conozcan las personas y que la vida cambie el sentido hacia otro lado, eso le pasó a mamá, que vino a Argamasilla por primera vez, a hacerle compañía a su hermana Carmen, que acababa de casarse. Pronto le presentaron a las jovencitas alumnas que iban a la casa, y estas la invitaron a ir al Molino... ahí fue donde conoció a papá.
Esas jovencitas también vieron cambiadas su vida por casualidad, Julia también viajó, esta vez al sur de Francia, para visitar a su tío Miguel, hermano de la abuelita, que como muchísimos españoles habían emigrado a ese país en busca de un trabajo mejor, allí en Violés, un pequeñito pueblo agrícola, conoció a Raimond, que aquí lo rebautizaron como Ramón.
Mi otra tía, Prudencia, conoció a un chico de Madrid, José y también cambió su vida del molino por la de un barrio obrero del Madrid de la explosión demográfica, en el barrio de Villaverde, junto a la fabrica de Marconi, de electrodomésticos donde trabajaba mi tío

. Papá se enamoró de la guapa valencianita, y tuvo que romper con todos sus amores de entonces, de echo tenia una novia en Alcaraz, prima suya, a la que había prometido matrimonio, y estaba a punto de casarse, con las amonestaciones, es decir ese anuncio publico que el cura coloca en el tablón de la iglesia, echas. Pero papá se dio cuenta a tiempo de que no la amaba, y allí se quedó la novia, compuesta y sin novio.

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24 de abril de 2008

mis cosas de pequeña

Cuando era pequeña, solía acompañar a mi padre a cerrar el centro médico por las noches. Entrábamos, todo estaba oscuro y me daba miedo, pero él me decía: mira las lucecitas de colores, las luciérnagas verdes y naranjas. Esos gusanitos de luz no eran más que las luces de emergencia, pero a mi me gustaba mucho mirarlos y de hecho aun lo sigo haciendo cuando voy a la consulta.

Muchas aventuras hemos vivido con nuestro transporte más querido : la furgoneta, un vehiculo rojo, de 16 años, feo y sucio a la vista, pero acogedor y cómodo en el interior. Como todas las cosas que compra mi padre las rehabilita, la furgoneta es un buen ejemplo: para empezar no dispone del asiento delantero ya que está sustituido por un colchón; la neverita que tuvimos en su momento pero que posteriormente la robaron, deberia ir en el asiento de detrás del conductor, sin embargo ahora una caja adaptada a medida ocupa su lugar, y es el sitio de las frutas, por ser el más fresco. En la parte de atrás se encuentra la mesa, una mesa hecha por mi padre en el bajo del abuelo. Es gris, con motas negras ( hechas con un cepillo de dientes), pero aunque sea casera, se come estupendamente, sobretodo cuando la incorporamos a la mesa interior de la furgoneta. Los alimentos necesarios para subsistir están detrás y abajo, colocados cuidadosamente segun sean de desayuno, de comida o de latas. Todos ellos se guardan en cajas, que por cierto nos las encontramos una vez que haciamos una excursión por el monte, y resulta que encajan perfectamente. Esta superfurgoneta también dispone de una caja fuerte donde se guardan las cosas de valor, como el ordenador, las cámaras de fotos, peliculas... porque cada noche hay cine. Cuando paramos a dormir en un lugar inesperado ( porque pocas veces sabemos donde vamos ni adonde nos dirigimos) montamos la cama en menos de 15 min, colocando cajas y bolsos en el asiento de delante, quitando los reposanucas, colocando las cortinas y tumbando los asientos. De esta manera ya nos colocamos para ver una de esas peliculas buenas de los hermanos Marx, o que Bello es vivir, o si no hay más remedio, una de dibujos animados de Daniel sea cual sea, es siempre bien recibida. Ya veis que la furgoneta es como una casa andante.

12 de abril de 2008

Las tres rayitas


LAS TRES RAYITAS

Mamá trajinaba mucho en aquella casa. En la pequeña cocina siempre había una olla humeante y un cacito con agua para que en el invierno no se secara mucho el ambiente con la calefacción de la estufa.
La olla spress que ponía el ruido ambiental con la válvula dando vueltas y dejando escapar silbidos de vapor.
Mamá me decía que vigilara la olla y que le avisara cuando tuviera tres rayitas, ella pensaría que me lo había explicado y yo no hacia mas que mirar el recipiente sin saber que era eso de las tres rayitas, entonces el vapor ya era lo suficiente fuerte como para escaparse por la junta de la tapa, además de por la válvula, por eso el agua se condensaba y desde la junta se escurrían gotas formando líneas húmedas que se evaporaban conforme se dirigía hacia abajo, donde el fuego. Yo me quedaba fascinado observando las carreras de gotas hacia el fuego, mientras la válvula giraba y giraba. Entonces por fin descubrí lo que eran las tres rayitas, se trataba de las líneas de tres gotas escurriéndose simultáneamente, entonces corría rápido para anunciar a mama que ya estaban las tres rayitas. Muchísimos años mas tarde me di cuenta que mamá se refería a las tres rayas del pistón de la válvula pero yo nunca lo supe hasta que fui bien mayor, aunque siempre me pareció un poco raro eso de observar a las ollas las gotas de agua escurriéndose.

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El apartamento de La Puebla

EL APARTAMENTO DE LA PLAYA
Durante un tiempo, el apartamento fue el refugio de la familia numerosa, la ocasión para que nuestros padres pudieran descansar entre semana de agobio diario de los muchos crios, Cuando lo compramos todavía vivíamos en la Eliana, era el ultimo año antes de que nos fuéramos a vivir a Manises. El Abuelito tuvo suerte con la expropiación del molino, después de mucho pleitear con la administración por fin les correspondió cerca de 3 millones de pesetas, que entonces era mucho dinero, por eso el abuelito pudo regalar a cada uno de sus hijos 300.000 pesetas, que fueron suficientes para que papá pudiera dar la entrada del apartamento en aquella playa cerca de Valencia que era virgen, llena de patos, juncos, cañas, ranas y acequias de marjal, que poco a poco con el paso del tiempo vimos transformarse en la superurbanización que es ahora la playa de la Puebla.
La primera vez que vinimos fue a la playa, con la comida, a pasar un día junto al mar, jugando en la arena, junto a dos torres edificios que estaban a medio construir, quien nos iba a decir entonces en lo que se transformaría después. La playa todavía era de piedras, de cantos rodados, en algunas partes había arena, los espigones todavía no se habían comenzado a construir.
El sueño de Papá, era tener una casa junto al mar, junto a aquel mar que parece que entonces era más azul.
Ahora, en el apartamento, después de todos estos años, cada objeto de esa casa me trae a la memoria parte de su historia y de mi historia, la historia de la familia repartida entre estos objetos. Pocos pueden comprender ahora lo que antes era la puebla, los que ahora la visiten solo pueden ver un montón de apartamentos, construidos sin pausa uno detrás de otro durante muchos años, de forma que se superponen los complejos de apartamentos modernos con los primeros que se construyeron junto a cañas y carrizos.
El visitante de ahora ni siquiera tiene sitio para aparcar su coche en las avenidas apretadas de apartamentos y comercios donde antes yo jugaba a cazar ranas de las acequias. Por eso no me gusta venir mucho por aquí, la nostalgia de los tiempos pasados se mezcla con la nostalgia de la naturaleza masacrada, sustituida por la aglomeración de asfalto y comercios.
Pero al principio, el apartamento fue la válvula de escape de la familia, no se compró nuevo sino de segunda mano, los primeros propietarios eran unos señoriítos de Valencia, de los de criada o sirvienta, por eso a pesar de lo pequeño del apartamento, hicieron construir un aseo suplementario en una de las dos habitaciones pequeñas para que la criada no utilizara el aseo de la familia. Lo primero que se hizo volver a transformar aquel baño en dormitorio, por eso papa llamo a su primo, el hijo del tío Gregorio, el hermano de la Abuelita, que Vivian en Massamagrell, él era albañil, y supongo que ayudar a Papa a hacer aquellas chapuzas le hacia ilusión. Todavía me acuerdo de la primera vez que visité el apartamento, venia solo con Papá, que había venido a ayudar a hacer la reforma, ese día almorzamos por primera vez en la terraza, frente a una playa virgen de un mar azul, la espuma de las olas... el ruido de la brisa, mientras comíamos tomate con sal, y a Miguel le brillaba el diente de oro.
La historia de esta terraza es la misma de la Familia, ahora que estoy escribiendo aquí, percibo los secretos de estas paredes. En esta terraza hemos crecido a trompicones, de verano en verano, de pascua a navidad. Las comidas familiares del verano, los primos, los tíos, papá arreglándose los anzuelos de pescar, mamá pintando los cuadros al óleo, las noches viendo la tele.
Al principio no teníamos tele, cuando veníamos el fin de semana, Papá la cargaba en el coche, el 1500. Acudíamos con cestos rellenos con las ropas y la comida y la tele en blanco y negro que servia para pasar la tarde del invierno mientras el aire frío golpeaba las ventanas mal aisladas de una casa construida para el verano. Pero poníamos la estufa de butano y enchufábamos la tele, para ver la película de la tarde del domingo.
La puebla en el invierno era otra cosa, los apartamentos mudos, contemplándote con todos sus ojos apagados, las palmeras moviéndose por la brisa de invierno, el mar furioso, golpeando con fuerza las piedras del espigón,... Me ajustaba al cuello la cazadora de pana y me bajaba con la perra Zaida, mis pensamientos dentro, en mi cabeza caliente, frío en el rostro y la perra siguiéndome, persiguiéndome, enseñándome cada piedra para jugar... el ruido de las olas mezclado con sus ladridos, el olor de la sal mezclado con el de la pana... Las palmeras moviéndose en el paseo, la perra corriendo
La visita a la puebla, hace más daño a al nostalgia, pues de golpete encuentras con los objetos que ya olvidados, están esperándote para hablar de otro tiempo, el tiempo pasado de la familia, el rescoldo del hogar que poco a poco se fue transformando, apagando, volviéndose del color de los años, adaptándose a los nuevos tiempos.
La primera puebla, era la puebla de los hermanos pequeños. Miguel, Javier, y yo, ya éramos lo suficientemente mayores para estar por la calle, recorriendo la playa con los nuevos amigos, Mamá se ocupaba de los Nenes, de Santi y de Amparo. Salían a pasear, a enseñarlos a andar por el paseo, a jugar con la arena de la playa, La familia organizada en dos partes, la de los pequeños y la de los grandes, todavía no había nacido Esther. A los grandes todavía nos quedaban ganas de jugar en los columpios de los parques, aquellos columpios primitivos construidos con hierros soldados y peligrosos. Por eso me acuerdo de la primera vez que se cayó Maria Amparo del tobogán de hierro mientras escalaba la escalera, Papá se asustó... Imágenes del pasado que ahora acuden como pequeños fantasmas de la memoria.
A los pocos veranos nació Esther, en la clínica de Valencia de la cigüeña, y el tiempo que estuvo en la clínica, tres o cuatro días, Mari Carmen, la prima estuvo haciendo de Madre en el apartamento, nos hacia la comida, y cuidaba de nosotros. Un día de lluvia fuimos a ver a la hermanita recién nacida a la clínica, Papá no quería esperar a bautizarla, de la habitación de mamá salimos con ella en brazos hacia la iglesia más cercana, donde se celebró el bautizo a los dos días de nacer, yo era el Padrino y Mari Carmen la prima fue la Madrina. Desde entonces Los nenes pasaron a ser las nenas y el nene.
Los recuerdos de la puebla, son recortados, a trompicones en el tiempo, ya lo he dicho, son los saltos obligados porque el paso del tiempo aquí era a temporadas.
Desde que yo tenia doce años hasta ahora han sido treinta y tantos años que el apartamento a sido testigo mudo de la familia

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El tio Gregorio

El tío Gregorio:

El tío Gregorio era uno de los hermanos de la abuelita. La vida le había traído a Massamagrell. Era uno de tantos inmigrantes de interior que hizo que Valencia y las grandes ciudades de España, se llenaran de personas procedentes del campo en busca de un trabajo mejor y un futuro para sus hijos. Por eso, se había establecido en ese pueblo grande cerca de la capital, junto a la Puebla de Farnals. La primera vez que fuimos a verlo, estuvimos dando vueltas por el pueblo buscando la calle, hasta que Papá encontró en un portal unos buzones de correos con su nombre, donde el apellido estaba mal escrito, ponía Gregorio De Lamo en vez de Del Amo. En un piso de las afueras del pueblo se había instalado, con su mujer Carmen, sus hijas pequeñas y el mayor José. Durante un tiempo fueron las risas y las presentaciones, el subir al pisito para tomar jamón y queso. El primo José, me llevo a dar un paseo por las afueras del pueblo, mas bien por detrás de la finca, la frontera entre huertas y construcciones que casi no se notaba debido al rápido crecimiento de la ciudad. Entre maderas y restos de construcción, sobrevivían los restos de las huertas del pueblo y debajo de una higuera el primo había instalado unos cepos para cazar pájaros. Los inmigrantes del campo se llevaban consigo el aire del campo a la ciudad, y las costumbres rurales permanecían latentes, como su seña de identidad que no se debía de perder por nada. El primo me enseñaba orgulloso sus cepos, esta vez vacíos.
Cuando bajamos a la calle, las hijas pequeñas, estaban ilusionadísimas porque papá les llevara a pasear con el Dos caballos. Papá les llevó dando una vuelta a la manzana, y sus caras alegres y llenas de ilusión, me hacían pensar en lo relativo de todo, en lo fácil que es hacer feliz a los niños.
El tío Gregorio no tenia coche, y por eso siempre venia con moto. Cuando nos habíamos instalado en el apartamento, muchas veces nos hacia una visita. Subía al piso, y desde la terraza, viendo el mar azul, hablaba con papá, de otros tiempos, de los abuelitos, del molino... de los hijos. Eran sus historias de otros tiempos que yo no viví, pero que estaban en la conversación cariñosa, junto a los tacos de jamón y queso que papá siempre sacaba. Las costumbres de cuando vivian en el molino se mantenían de alguna manera.
Un día invitó a Papá a ir a pescar tencas, son unos peces grandes que viven en las acequias llenas de cieno, ese barro negro, casi petróleo, que oscurece el agua en cuanto lo tocas y que huele a cañería vieja. El tío había traído un trasmallo, era una red, con corchos arriba y plomos abajo, que se extendía de orilla a orilla de la acequia.
Nos metimos dentro de los campos de arroz y carrizos que hay junto a la playa y después de instalar la red íbamos unos cuantos metros acequia arriba y dábamos palos en el agua para asustar las tencas y llevarlas a la red. Los corchos se movían sobre el agua cenagosa indicando que se habían enredado, entonces el tío sacaba el trasmallo y aparecían las tencas doradas, moviéndose rabiosas, y enredándose cada vez más.
En muy poco rato llenamos un cubo entero de peces, ahora no se podría hacer, por estar prohibido, pero entonces íbamos contentos con nuestra pesca, con el mismo trasmallo que años antes habían utilizado en el molino.
Mamá no era tan romántica, los peces malolientes fueron a parar a la pequeña cocina del apartamento, el tío no se los quería llevar, solo le gustaba pescarlos, pero aquellos pescados eran difíciles de cocinar, no se les iba de ninguna forma el sabor de cieno, precisamente de lo que se alimentaban. Mama los hizo fritos, rebozados, yo apenas probé un pequeño trozo.
Otro día, mas adelante, el tío apareció con su moto a visitar a su sobrino. Esta vez se trataba de coger caracolas. Esos caracoles grandecitos, primos hermanos de las lapas, que viven pegados a las rocas del mar, junto a los mejillones, en los sitios donde baten las olas.
De la misma forma que cuando las tencas, también fuimos los tres: Papá el tío y yo, nos acercamos junto al restaurante Bolea, el primer restaurante de la playa, que existía antes que ningún otro edificio, el restaurante era un chiringuito playero, con techo de uralitas, construido junto al mar, casi encima de él, sobre unas rocas, de forma que en los días de tormenta no se podía estar porque las olas te mojaban. El bolea era el restaurante emblemático, que en este año en que estoy escribiendo ha sido derruido por fin (2006) tras mas de cuarenta años sin cambios. En las rocas del Bolea azotadas por las olas se criaban las caracolas de mar, se pegaban a la roca como las lapas. El tío Gregorio se metía en el mar y con el agua por la cintura iba registrando las rocas y recogiendo las caracolas pegadas, en poco tiempo recogimos una bolsa llena. Después paso lo mismo que con las tencas, las llevamos a la cocina de mamá, esta vez había que hervir los bichos mucho rato, para que se ablandaran, y cuando hervían soltaban como un tinte que ponía negra la olla, mamá se enfadaba, luego había que sacarles la moya con la punta de un cuchillo. Todo el esfuerzo de una tarde para conseguirse un platito de caracolas, que probamos en la terraza, acompañadas de tacos de jamón y queso.
El tío Gregorio se acercaba a la puebla siempre que podía, los años fueron pasando, las visitas a Papá eran frecuentes, y se notaba que se apreciaban mucho, un día los vi pasar a los dos juntos caminando hacia el puerto, el tío me saludo al verme, iban a pescar con la barca de papá y se fueron hacia el espigón. Yo estaba con mis pensamientos, paseando, buscando a algún amigo. Y así estuve por la playa un tiempo, hasta que de lejos vi a papá con el coche R12 haciendo marcha atrás, en el puerto y al tío sentado sobre una piedra. Me pareció extraño. Después, por la tarde me enteré de lo sucedido: El tío comenzó a sentirse mal nada más meterse en la barca, le dolía el pecho mucho, por eso papá volvió a por el coche y el mismo lo llevó al hospital, a La Fe, por el camino papá miraba por el retrovisor como el tío sudaba y se quejaba de dolor, era un infarto de corazón, en la Fe no se dieron cuenta y los hicieron esperar. El tío se caía en la sala de espera y papá corrió a llamar la atención de los médicos, enseguida paso dentro, y al poco rato alguien salió a dar la noticia a mi padre de que su tío había muerto. La muerte se había presentado de repente, sin avisar, sin que mi tío se pudiera despedir siquiera de sus hijos y de su mujer. Mi padre tuvo que darles la noticia, y ahora lo recuerdo aquella tarde, tumbado en la cama sin atreverse a levantarse, derrumbado, encajando el golpe, uno de los muchos golpes que te da la vida.
El tío Gregorio nos dejó un recuerdo, ese día también había ido a la Puebla con su moto, y esta vez nos traía un regalo, envuelto cuidadosamente en una caja de cartón, no fuera a romperse, era un payaso de cerámica, el ultimo regalo, que después quedó durante muchos años en el recibidor de la casa de Manises, un testigo mudo del cariño que el tío tenia por su sobrino.
Al día siguiente vinieron los abuelitos, al entierro del hermano.

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Las excursiones


Las excursiones.

Los coches de aquella epoca estaban construidos a conciencia, entonces habia mucho mas hierro que ahora, y no tanto plastico, en muchas ocasiones, casi siempre diria yó ese era el primer coche que tendría la familia, por eso era el depositario de la ilusión familiar y los hombres de la casa se dedicaban los domingos a darles lustre con un trapo especial que se mojaba el un pulimento, era una especie de plumero atrapapolvo que servia para dejar relucientes aquellos coches de colores vivos con parachoques de hierro. La mujer de la casa tejia una funda de cojin con ganchillo, y lo colocaban estratégicamente en el asiento de detrás para que se viera que era una familia organizada, tampoco faltaba el cartelito guasón que decia “a mi tambien me están haciendo el cojín”. Pero lo de los cartelitos era una decoración menos personal, se ponia la pegatina y ya estaba, habia de muchos temas, recuerdo alguno que decia “busco tonta para fin de semana” y se pegaba en el SEAT 600 o en el Citroen 2 caballos.
El tio Rafa tenia un GORDINI, se suponía que era un coche mas elegante, y tenia un cartel pegado en el parabris que decia “dame señor buena vista y mano firme para llegar a mi destino sin causar daño a nadie”.
Cuando entrabas en aquellos coches recalentados por el sol, olia a plastico y a gasolina, porque los asientos eran de skay, un material sintetico que pretendia imitar al cuero, no se exactamente porqué pero el olor en el interior de los coches de aquella epoca no era como en los coches de ahora.
Cuando viviamos en la casita de la escuela, el descampado de enfrente se prestaba a ser utilizado como campo de practicas. El abuelito durante un tiempo se dedicaba a hacer practicas de aparcamiento entre cuatro palos que se plantaban en el suelo, también la tia Fina, de las hermanas de Mamá fue la primera que se sacó el carné, paro antes estuvo aprovechando las visitas a mamá para practicar el aparcamiento, entonces el tio Jesús sacaba los palos que traia en el coche y los colocaba en el suelo y a practicar. Después venia el examen, en la explanada frente al campo de futbol del mestalla, y que era como una lotería porque resultaba difícil aparcar entre aquellos cuatro palos cojitrancos y con tantos nervios el coche se calaba. Si se calaba dos veces te suspendian, si tocabas el palo te suspendian, si no cambiabas bien de marcha, te suspendian... el examinador te decia primero “ponga punto muerto, ponga punto muerto” y después te hacia bajar del coche.
En aquella epoca recuerdo el ruido de los acelerones, y al tio Jesús gritando, frente a la casita de la escuela.
Pero después tanto esfuerzo se veia recompensado porque con el coche se iba a cualquier parte, aunque las carreteras en muchos casos eran los anteriores caminos reformados, llenas de baches y de casetas de peon caminero donde el ministerio de obras publicas cuardaba las herramientas para arreglar los baches y la fachada de la casa servia de cartel para anunciar las distancias de los pueblos siguientes.
Las carreteras pasaban por los pueblos y muchos españoles se lanzaron por aquellos caminos asfaltados a descubrir pueblos, a visitar a tios y primos, a enseñar a la familia
Los sitios favoritos.
Fue en aquella epoca el comienzo de las primeras excursiones para explorar los alrededores, de aquel tiempo fueron las primeras veces que visité el nacimiento de San Vicente, en Liria. La fuente de Benisano de la que el Tio Juan era muy aficionado a cargar agua. La ermita de San Miguel de Liria,, y los pueblos , Betera, Gatova, Marines, Olocau, Serra.... todos esos nombres se han quedado en mi memoria asociados a aquellas primeras excursiones.

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La tienda de campaña

La tienda de campaña.

Un buen día papá trajo unas lonas que había comprado en Valencia. Unas telas recias de colores naranja y azul. Trataba de confeccionar una tienda de campaña.
Papá las había visto en un camping y seguramente le pareció que aquello era una cosa bastante fácil de hacer, por eso mamá estuvo muchos días cosiéndolas y rompiendo agujas de la maquina de coser, el caso es que aquello estaba echo a conciencia, las lonas cosidas y recosidas, con unos volantes en forma de ondas que se suponía serian para adornar el perímetro de la tienda.
Los palos que la sujetaban también eran artesanales, con trozos de hierro haciendo de topes, lo mismo que las cuerdas para tensar que eran del hilo de plástico que se usaba para tender la ropa.
Los tensores eran unos trozos de madera agujereados fabricados por Papá por donde pasaba el hilo. El caso es que estuvieron mucho tiempo él y mamá con el asunto de la bendita tienda hasta que ya se suponía estaba construida, entonces llegó el día de la prueba, para ello nos fuimos al campo que hay junto a la casita de la escuela.
El montaje de la tienda era más complicado de lo que nadie había previsto, las lonas grandes y pesadas las movía el viento y era bastante difícil sujetar Papá perdía pronto la paciencia, y no se daba cuenta de que éramos unos niños, ¡sujeta fuerte, nenete ¡ nos decía con enojo, y si por casualidad el viento movía un poco la lona ¡zas! Recibíamos un capón o una torta, el caso es que lo que se suponía seria una cosa de regocijo se transformó en un tremendo suplicio... nosotros no teníamos la culpa de que aquello estuviera mal diseñado, los palos caían, las cuerdas se destensaban a la mínima, y aquella tienda maldita no se levantaba un metro del suelo, a pesar de los capones y las tortas.
La tienda no se pudo montar bien, se quedo recogida formando un voluminoso paquete.
Al cabo de cierto tiempo surgió la oportunidad de probarla de verdad, era un fin de semana, y nos embarcamos toda la familia, en el coche, atiborrado de bolsos llenos de ropa y de comida y con la tienda, hacia Peñiscola. A papá le habían dicho que era una ciudad muy bonita, todos íbamos apretados en los asientos del “dos caballos”, pero era un viaje, uno de tantos viajes que hicimos la familia por aquellos tiempos, y la ilusión de conocer cosas y ser autónomos hacia que el coche se dirigiera tranquilamente a Peñiscola por la carretera nacional, entonces no se había construido la autopista, aquella carretera con los mojones blancos coronados de rojo a cada kilómetro y plagada de tenderetes y barecitos a la entrada de los pueblos.
Se viajaba más lento, y cada pueblo tenia un poco de características que lo identificaba de los demás, no como ahora, todo aglutinado y uniforme.
Pasamos por muchos pueblos, todos los pueblos de la costa, y las playas estaban todavía medio vírgenes, con las urbanizaciones empezando a construirse, playas de piedra y cantos rodados, con olor a sal.
El viaje duró lo suyo, todo el día, pues parábamos en cada pueblo y salimos tarde de La Eliana, llegamos a Peñiscola después del mediodía..
Todavía era un pueblo tranquilo de pescadores con algunos restaurantes, y nos dio tiempo de bañarnos en la playa que hay justo debajo del castillo, donde se rodaron las escenas de la película El Cid, con Charlon Heston y la película Calabuich de Berlanga, entonces yo no lo sabía.
Estuvimos un buen rato disfrutando de un baño de tarde junto a los barcos, y después visitamos el castillo donde se encerró y vivió el Papa Luna, un disidente de la iglesia que se proclamó Papa en la Edad Media.
Cuando ya se hacia tarde, llegó la hora de buscar un sitio para montar la tienda y pasar la noche. Buscamos y rebuscamos cerca de las playas por los caminos hasta que en un cruce de ellos, hartos y hambrientos, papá paró el coche para darnos de cenar. Mamá estaba incomoda y cansada y supongo que no colaboraría apenas a hacer el ambiente bueno, el caso es que no era un buen sitio para montar la tienda y Papá tuvo la idea de dejar que Maria amparo y Santi durmieran en los asientos del coche y los demás tumbados en el suelo junto al camino, tapándonos como una manta con la dichosa tienda de campaña sin montar, por supuesto.
De esta manera intentábamos pasar la noche, pero claro, en el campo desde que se hace de noche hasta la hora en que nos acostumbramos a ir a dormir, pasan muchas horas, por eso no teníamos sueño. Estábamos acostados sobre la tierra, tapándonos con las lonas de la tienda, mientras veíamos las estrellas del cielo y la luna que nos vigilaban.
A lo lejos se oían inquietantes y molestos ladridos de perro, algún animal que nos estaba viendo y que defendía su terreno. Los mosquitos también zumbaban alrededor, el caso es que no había forma de pegar ojo.
Los niños de dentro del coche tenían hambre y llamaban a mamá..
Así pasaron algunas horas, intentando descansar, tumbados en el suelo con las piedras clavándose en la espalda. Pero hacia un poco de frío, y de viento y comenzó a llover un poco...
No se podía aguantar así mucho rato, la noche se hacia larga por lo que Papá decidió recoger todo para ir a “ver Amanecer”. Nos metimos todos en el coche y en la oscuridad fuimos sorteando caminos hasta que volvimos a las playas vacías y al puerto. Yo buscaba en el cielo el resplandor de las primeras luces del alba mientras el vientecillo movía los aparejos de los mástiles de los barcos que sonaban como campanitas.
En el puerto solitario apenas iluminado por las luces amarillas del Dos Caballos, pronto apareció un hombre, que seguramente sería el vigilante, papá le preguntó la hora, pues tenia el reloj estropeado, la sorpresa para todos fue que eran las cuatro de la mañana, ¡todavía faltaban dos horas para que amaneciera!.
Mamá estaba enfadada, la noche estaba siendo desagradable e incomoda, ya no tenia humor para seguir así, con lo que seguimos dentro del coche e iniciamos la marcha de vuelta...
Cuando ya se hizo de día, paramos en una playa olvidada, al lado de la carretera cerca de Burriana, una de aquellas playas de cantos rodados, junto a un kiosco-chiringuito de helados cerrado y oxidados los hierros por el salitre.
El mar estaba alborotado, las olas insistían una y otra vez sobre la orilla removiendo las piedras de un lado a otro ajenas al enfado de mis padres, mamá en el coche ofuscada y papá pensativo sentado sobre una piedra pensando que quizá no era para tanto.
Me acerqué a él y me dijo desolado: “con mamá no se puede ir a ningún lado”. Yo me preguntaba quien de los dos tendría razón mientras me frotaba los ojos, que me picaban por no haber dormido apenas, y me rascaba las picaduras de mosquito mientras los camiones pasaban veloces por la carretera nacional.


La tienda de campaña no se llegó a estrenar nunca, permaneció guardada en un rincón durante mucho tiempo, su destino fue reciclarse en forma de funda para guardar el coche nuevo: el SEAT 1500 de segunda mano que compramos al año siguiente.

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13 de marzo de 2008

la abuelita de Manises


La abuelita de Manises

Mi abuelita de Manises se llamaba María, como mi otra abuela. Era una mujer sencilla, pero se notaba que era distinguida, con educación y con prudencia para hablar. Apenas sabía hablar bien el castellano porque siempre se había expresado en valenciano, por eso cuando hablaba conmigo siempre se le escapaba algo en valenciano.
La recuerdo bien, como la matriarca de la familia de mamá. La abuelita era viuda desde que mamá tenia cuatro años, y todo ese tiempo de soledad le había enseñado a pelear en la vida. Tuvo que mantener a sus cinco hijas en aquellos años difíciles.
Vivía en El Pozo, “El pou de les Pascualines”, como lo conocía la gente. Era la casa de la familia de mamá, en las afueras del pueblo, con el deposito del agua junto a ella como una torre de referencia para todos. En la Guerra, los aviones del aeropuerto lo llamaban la “i” por el aspecto que desde el aire tenia la casa con el gran deposito al lado.
De pequeño, apenas bebé, mamá me llevó allí por primera vez . La abuelita, orgullosa, se hizo hacer una foto debajo de la palmera con sus dos nietos bebés: Rafa y yo. Rafelin había nacido unos tres meses antes que yo.
Cuando vinimos a vivir a La Eliana, cinco años más tarde, ya no estaba en el Pozo, se había trasladado a vivir a la otra parte del pueblo, a la casa de la plaza de los Desamparados ocupada la parte de abajo por la tía Paquita y la de arriba por la tía Carmen.
El pozo seguía siendo la casa de la familia, pero se quedó a vivir un matrimonio encargado de vigilar las maquinas. Las tías solo iban en los veranos o para algunas vacaciones.
La casa de la tia Paquita era ahora el punto de referencia. La abuelita , como todas las madres, era el cemento que aglutina las piedras de las que están construidas todas las familias.
La abuelita vivía tranquila, con su hija Paquita, de carácter alegre y desenfadado y con Rafael, persona buena de la misma manera, por eso la relación era cordial y estaba perfectamente instalada en aquella casa.
Cuando llegaban los domingos o alguna celebración, nosotros acudíamos desde la Eliana a verla, siempre era un acontecimiento alegre, mamá se ponía a hablar en valenciano con sus hermanas y su madre y se contaban las ultimas noticias.
En cuanto nos oían hablar desde la casa de arriba, inmediatamente bajaban corriendo las mellizas Merche y Amparo, delgaditas y con coletas, a saludar a sus tíos y primos.
Era una fiesta, mamá y la tía Paqui no sabían hablar bajito y dulce, sino que la alegría de estar juntas las hacia casi gritar, por eso el alborozo se escuchaba desde la calle.
Ha pesar de vivir con su hija a la abuelita le gustaba ser un poco independiente y tenía su propio hornillo de camping gas para prepararse la malta y algún guiso especial, pues era diabética y aquello planteaba algún problema en la cocina.
Muchas veces nos enviaba a la farmacia de la plaza de la iglesia a Rafa y a mí a comprar yogurt "danone" de aquellos del tarro de cristal redondito y panzón, porque entonces el yogurt solo se vendía como las medicinas.
Otras veces en el mismo frasco del yogur, tapado con unos papeles de estaño y envuelto en muchos periódicos nos hacia llevar la orina para analizar “el sucre” en la misma farmacia.
Llevaba unas gafas grandes de esas bifocales para ver también de cerca cuando se sentaba a coser. Andaba despacio y con dificultad, torpemente trajinaba por la casa con cuidado de no caerse, entre su cuarto y la cocina.
Muchas veces la acompañaba a la iglesia, para escuchar la misa, pues era muy devota. Mi abuela se ponía un velo negro en el pelo sujeto con un alfiler de bolita perlada y caminábamos lentamente por medio de la calle, yo la conducía con su mano agarrada a mi brazo. Así pasito a pasito a través de la calle “de les abueles” llegábamos a la iglesia por la puerta lateral.
En la penumbra de dentro, antes de que saliera el cura, la abuelita saludaba a las conocidas del pueblo, siempre mujeres mayores como ella. La mayoría de las veces sonaba el órgano que tocaba la señora Consuelo Borras, una mujer gordita muy mayor sentada siempre frente al teclado que era la encargada del coro.
Después en los bancos de madera delanteros esperaba a que comenzara la misa, con su rosario de cuentas negras y ovaladas entre las manos.
De vuelta a casa se metía en su cuarto para guardar el abrigo dentro de su armario, en la habitación tenia la mesita de noche con estampas de vírgenes y santos debajo del cristal. Los medicamentos que tomaba para la diabetes y sus achaques estaban por encima de la cómoda, eran medicinas muy populares de entonces, como el ungüento Cañizares y el famoso lilimento Sloan, “el tio del bigote”, una especie de frasquito con un mejunje de color naranja que servia para aliviar los dolores si te lo frotabas, se llamaba así por el hombre calvo con bigote mejicano de la etiqueta.

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10 de marzo de 2008

Los pisos de La Eliana


Los pisos de La Eliana

Por fin llegó el día del traslado, Papá contrató los servicios del basurero del pueblo, un señor que él conocía por haberle curado el burro algunas veces. En un carro, tirado por ese mismo animal, se fueron colocando los muebles y los fardos con la ropa, un montón de cachivaches.
Fue necesario hacer unos cuantos viajes, pero no importaba, el trecho a recorrer no era mucho. Total había que ir desde la casita de la escuela hasta la otra parte del pueblo, donde estaban los flamantes pisos nuevos que papá y mamá habían comprado.
Nos trasladábamos de la casita de muñecas, del campo, a la ciudad, a los pisos de protección oficial de la época de franco construidos para acomodar a la avalancha de gente de la España rural que se instalaba en las ciudades.
Yo no me daba cuenta, pero ahora sé que esa era la última vez que se hacía una mudanza con carro en mi familia, era el momento histórico, a partir de entonces ya jamás nos mudaríamos de aquella forma como nuestros abuelos o sus padres. En aquel carro tirado por el burro viajaba la ilusión, la despedida del campo, la llegada a la ciudad y a los tiempos mejores.
Con el ajetreo del traslado se perdió el reloj que el tío José me regalo por la comunión, se rompieron algunas cosas, pues el traslado en carro no era muy fino, pero pronto quedó la casita de escuela medio vacía de nuestros trastos. Mientras papá fuera el maestro no tenia que devolverla, por eso dentro quedaron algunas cosas que no querían llevar al piso
Las fincas estaban en las afueras del pueblo por entonces, eran dos fincas iguales de tres alturas que formaban una calle junto a la carretera de entrar al pueblo, justo donde empieza el cruce para ir a La Puebla de Valbona.
Por detrás ya estaban los campos de alcachofas y de maíz, y una acequia para regar que a mí me servia para seguir investigando los insectos. Por delante formando una curva, la carretera para entrar al pueblo desde Valencia y a la Pobla.
Nada más cruzar la carretera, por una calle cortita, se llegaba a la plaza de la iglesia, a unos 50 metros. Es decir, aunque viviríamos en las afueras del pueblo como antes, esta vez todo estaba muchísimo mas cerca.
Los pisos eran pequeños, no mucho mayores que la casita de la escuela, pero mamá y papá compraron dos de ellos para unirlos por dentro. Por eso la vivienda que resultaba era un poquillo rara: tenia dos puertas, dos cocinas, dos aseos, dos dormitorios de matrimonio, dos salitas, dos fregaderos en la galería. Todo era doble y opuesto como si se reflejara en un espejo.
Se unieron por los comedores y por las galerías de las cocinas, entrábamos en la casa por un portal, el más cercano a la carretera. El otro portal no lo utilizamos y la puerta estaba siempre cerrada por dentro, ocupada por detrás por unas estanterías.
La primera habitación, que correspondía a la salita del primer piso, estaba enfrente de la puerta de salida. Fue la habitación privada de papá, donde instaló su biblioteca y sus cosas.
Después se entraba a lo que seria el salón, que era el resultado de unir el comedor con uno de los dormitorios, donde se pusieron los sofás, que ya venían de argamasilla, con la mesita de railite delante. Desde esta habitación por el balcón y por la ventana del dormitorio anulado se podia ver la calle y la finca más vieja de enfrente.
Mamá puso macetas con plantas en los balcones.
Desde el salón se podía entrar por un pasillito con tres puertas, al dormitorio grande de matrimonio, al aseo, y la cocina que tenia salida a la galería interior donde se tendía la ropa. Esta cocina que estaba justo enfrente del dormitorio de mis padres se utilizó como cuarto de ropa, y se instaló la lavadora y la plancha.
El tabique del fondo del salón correspondía al dormitorio pequeño del segundo piso, el que estaba junto al comedor en la parte de la calle, por eso para unir los pisos se tuvo que hacer un pasillo acortándolo, por ese pasillo se pasaba del salón del primer piso al comedor del segundo por detrás del dormitorio.
Desde el comedor del segundo piso, con su balcón a la calle, era la misma distribución pero invertida: el pasillo para salir a la calle con la puerta anulada con una estantería delante y a la primera habitación (que en el primer piso era el despacho-biblioteca) que fue el dormitorio de los invitados. Y el segundo pasillo de tres puertas: la del aseo, la del dormitorio de matrimonio que sería nuestra habitación y la de la cocina con salida a las galerías que estaban unidas.
De golpe habíamos pasado de estar prácticamente solos en el campo a vivir rodeados de vecinos por arriba y por abajo, desde las galerías de las cocinas mamá hablaba con las vecinas. Sobre todo con Teresa, la de arriba nuestro, con la que trabó amistad.
Se podía observar lo que hacían los demás a través de las ventanas, unas ventanas tapadas con visillos y persianas de madera de color verde clarito que se ponían en la mayoría de las fincas de protección oficial.
Los bajos de la finca estaban ocupados por algunos comercios. En una de las esquinas de la finca había un bar, que también era pensión, al que acudíamos a comprar vino tinto cuando se acababa Papá me daba la botella vacía de cristal que tenia unas estrellas adornando el cuello y unas monedas para comprarlo, tenía una etiqueta con una bandera que decía cooperativa de Villar del arzobispo.
La señora del bar ponía muchas veces grandes ollas de caracoles al sol junto a la acera del bar con sal en los bordes para que no se escaparan, el objetivo era que se ahogaran al sol y murieran con el cuerpo fuera del cascarón, después los sábados por la noche se juntaba mucha gente en las mesitas de la calle para comerlos.
El bajo comercial que quedaba junto a nuestro portal estaba ocupado por un almacén de costura de sujetadores, los Kiss. Constantemente se oían los ruidos de las máquinas de coser y las risas de las jovencitas que trabajaban. De vez en cuando llegaba una furgoneta cargada con goma espuma y telas que las chicas utilizaban para confeccionar los sostenes.
Otro de los bajos estaba ocupado por una carpintería, donde se veía trabajar con las sierras a un señor bastante amable al que papá encargó dos mesas de railite con las patas de hierro cuadradillo que se instalaron una en el comedor y la otra en nuestro cuarto para estudiar.
Desde el balcón se veía la finca de enfrente, mas antigua que la nuestra también de cuatro pisos, pero que no tenia bajos comerciales porque eran viviendas. Yo me divertía observando desde casa las idas y venidas de la gente, los distintos balcones y portales de enfrente y me llegué a aprender las caras de algunos vecinos
Se oían los pájaros enjaulados, los canarios de enfrente, que a mamá le encantaban y que se quedaba algunas tardes soleadas cosiendo detrás de las puertas medio abiertas para escucharlos.
En el patio estaban los buzones, donde papá orgulloso puso su nombre en uno de ellos, y yo vigilaba todos los días para ver si me habían traído el tebeo de Pumby. Después se podia subir al segundo piso por la escalera y agarrarse al pasamanos de cuadradillo pintado de negro titanlux, pero lo más divertido no era subir, sino bajar como un loco agarrandose a la barra interior con las dos manos dando saltos e impulsándose como un saltador de pértiga.
Papá se aficionó a la construcción de estanterías de tubos de hierro cuadradoavía se encuentran ahora recicladas en el bajo se sus herramientas, en la casa de Manises, pero entonces era la librería de la casa, la armó con tornillos haciendo agujeros en los extremos de los hierros, con una taladradora pequeña que compró por entonces, una Black Decker de las primeras que se fabricaron y que entonces era un merito tener una, ahora casi las regalan en el Leroy Merlín. El caso es que armado de brocas y tornillos mi padre fue llenando la pared de la habitación de la entrada de estanterías donde puso sus libros de veterinaria y los de la casa. Después también construyo algo semejante en nuestra habitación para nuestros libros.
Durante muchas veces he visto a papá trabajar, pelearse con las tuercas que no encajaban, cortando los trozos de tornillo con la sierra de hierro, inventándose formas de sujetar algo, con sentido de la estética un poco peculiar, pero práctico. Esta habilidad la hemos heredado alguno de los hermanos, sobre todo los mayores, desde pequeños lo hemos visto sin miedo desarmar las lavadoras o los coches estropeados, arreglar los grifos, esa destreza con los trabajos manuales se las intentaba transmitir a los niños de la escuela, y también a sus hijos..

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la casita de la escuela


La casita de la escuela

La casita de la escuela era el comienzo de una ilusión, comenzar una vida nueva y prosperar, venir a vivir a Valencia, cerca de las hermanas de mama, dejar atrás la vida de Argamasilla, comenzar a buscarse la vida en un pueblo que empezaba a crecer...
Todo era atractivo, con el aliciente de descubrir lo nuevo, por eso papá estaba muy ilusionado y no podía ser menos.
Del viaje de Argamasilla a La Eliana apenas me acuerdo, papá me decía que íbamos a vivir en una casita de muñecas y que era muy pequeñita y bonita, nos vinimos en el “dos caballos”, y mama se sorprendió mucho al pasar por Cuart de lo grande que se había hecho el pueblo. me acuerdo del primer día que fuimos a casa de la tía Paquita y dormimos ahí, por la mañana se asomo por la ventana interior del patio que correspondía a la cocina de la tía Carmen, la carita de Rafelin, el primo, que estaba muy deseoso de jugar con sus primitos.
Mama estaba contenta y emocionada, y la casa de la tia paquita era como si fuera el cuartel general de la familia, pues era donde vivia su madre, mi abuelita. Aquella casa me trae muy buenos recuerdos de infancia, si cierro los ojos, todavía puedo imaginar las habitaciones una a una y las paredes decoradas con azulejos, con dibujos increíbles de pavos y animales decorativos, con las mesas antiguas y el patio donde se guardaba el coche del tio y las herramientas, donde muchísimas veces rafelin y yo jugábamos con clavos, maderas, chapas de gaseosa y cualquier cosa que unos niños de 6 años pudieran imaginar.
La llegada a la casita de la escuela fue como empezar una vida nueva, atrás quedaba el Molino y Argamasilla y los abuelitos, ahora todo era nuevo y estaba por descubrir: Las primeras palabras en valenciano, los chiquillos de la escuela, los maestros compañeros de papa, y la nueva casita, que como bien decia papa, era muy pequeña, pero que a mí, con 6 años me parecia la mejor del mundo, ahí estaba en mitad del descampado de la escuela, a las afueras del pueblo, con los algarrobos, los olivos y los campos de naranjos rodeándola, un sitio fabuloso para mis correrias en busca de insectos y de flores.
De aquella época añoro la libertad de caminar toda la tarde en busca de saltamontes, de vigilar las abubillas haciendo nidos en los algarrobos, el olor de la hierbabuena salvaje de las regueras, que me recordaban al molino y sus alrededores.
La casita de escuela era la ilusión de la juventud misma, y allí se colocaron en las dos habitaciones los pocos muebles que vinieron de argamasilla y que ahora con el paso de los años están reciclados en la casa de papa o en el apartamento, pero entonces era lo que teníamos y allí estaba, apretado en las dos habitaciones, la pila de piedra en la entrada que hacia de habitación múltiple, cocina comedor recibidor y pasillo, todo en uno. En aquella habitación se coloco la televisión, las mesa y las sillas y un poco mas adelante la cuna de Santiago.
Las tardes eran luminosas, y cuando los niños de la escuela se habían ido solo quedaba el silencio interrumpido por los pájaros y los perros galgos que Vivian en la casa de enfrente que tambien era tiendecita, del señor –santiago, que tenia un carro con caballo.
La casita de la escuela no era sola una vivienda sino que puerta con puerta estaba otra casita gemela construida inversamente, donde vivía doña Amparo con su hermana, doña amparo era la compañera maestra de Papa. Es decir papa era el maestro de los niños y doña amparo era la maestra de las niñas. Todavía faltaban muchos años para que en los colegios se mezclaran los niños y las niñas.
Poco a poco fuimos conociendo el pueblo, juntos los tres, mis hermanos Miguel y Javier y como he dicho antes nunca tuvimos tanta libertad en aquella pequeña casita.
Pronto comenzamos a recibir visitas de la familia de mama, y pronto vinieron los primos a pasar algún domingo, los juegos en el campo con piedras y árboles eran el acompañamiento de todo aquello
Papa mando construir unas porterias de hierro para el patio de la escuela y en aquel patio comenzamos a jugar al futbol.
Me acuerdo de la escuela, toda llena de niños, atentos a las palabras de papa, eran los niños del pueblo y con los apellidos de esa parte de valencia , torrent, montaner, coll,
Las escuelas entonces estaban divididas en dos grupos, el edificio de los pequeños, que incluia las dos casitas de los maestros, donde estaban las escuelas de los pequeños, las niñas con doña Amparo y los niños con Papa. Al otro lado del patio, estaban los edidifios de dos pisos donde iban los mas mayorcitos la escuela de don Eduardo que estaba soltero, y la de D. Vicente que era practicante también y llevaba bigotito, como papá, este tenia dos hijos gemelos.
Y al otro lado las escuelas de las niñas mas mayores, la de doña Fundi y otra maestra de la que no mea cuerdo el nombre.
Estos eran los compañeros de papá, y yo captaba la admiración que ellos sentian por él, en sus conversaciones. Me sentía como una persona importante entre los demás niños, yo era el hijo del maestro y eso era como una carta de presentación que me perseguía a donde iba.
La Eliana fue para mi el pueblo de mi niñez, yo ya tenia autonomía y me pasaba las tarde enteras explorando los alrededores, llegaba hasta el depósito del agua, hasta la pinada de lo que ahora es un gran parque. Entonces el pueblo todavía era pequeño, apenas 2000 habitantes, con la estructura de un pueblo de huerta, todavía quedaban casas grandes y se veía algun carro con caballos, y en la entrada del pueblo habia una fuente con bebedero de animales, la gente estaba aficionada a tener pajaros en la casa en pequeñitas jaulas, cosa que a D. Eduardo le fastidiaba mucho, se tenian palomas de concurso, y en las fiestas se hacia concurso de tiro y arrastre con caballos...
El pueblo agrícola, rodeado de campos de cebollas, de alcachofas y de maiz, que muy pronto comenzaría a desarrollar las urbanizaciones residenciales, los chalets que tantas veces admirábamos mientras paseábamos la familia.
Aquellos primeros años en la Eliana pasaron rápido, me acuerdo de los calendarios y de las fechas 1965 1966 1967 años sesenta, donde nos acostumbramos a ver la tele en blanco y negro y con dos cadenas aquellos programas informativos con nombres rimbombantes “panorama de actualidad”, la tele no mandaba de nuestras vidas como ahora, pero nos acompañaba en aquella casita al mediodía y por las noches con programas primitivos y con presentadores con el pelo engominado y con patillas, era el comienzo de los años 60, los años de los hippyes y de la llegada a la luna.
En aquellos años de tele de blanco y negro los días eran más luminoso que han sido nunca, las abubillas, los saltamontes, los almendros en flor, las ropas de papa y mama, todo era de colores generosos y me es difícil recordar aquellos momentos sin colores, ahora que mi vida se ha vuelto un poco gris, el recuerdo de aquellos años ilumina mi corazón.

Desde aquellos ojos de niño de seis o siete años aprendí a mirar a mis padres, a vigilarlos con la suspicacia de un niño que pocas cosas se le escapan, por eso ahora que tengo la edad que en aquel tiempo tenían mis padres, me imagino igualmente vigilado y analizado por mis hijos, al fin y al cabo la vida es una suma de ciclos que se repiten una y otra vez, ahora que se ha cerrado el ciclo de mis padres, me encuentro con un montón de interrogantes que sé que no los puedo contestar sino que la vida con el paso de los años se ira encargando de hacerlo.
Me cuesta esfuerzo sacar palabras en el ordenador, mis pensamientos pelean por salir de la cabeza, pero se agolpan sin orden, caóticamente y eso aun me desespera más.
Aqueños años pasaron felices, todo era nuevo para mi, como no podria ser de otra forma para un niño de mi edad, por eso los recuerdos estan llenos de primeras veces, la primera vez que paseaba solo, la primera vez que enterraba un saltamontes, la primera vez que... Por eso como en todas las primeras veces los recuerdos nunca son en blanco y negro.
En los pocos momentos que no estaba dando vueltas por el campo tenia tebeos, los tebeos de pumby que papa tuvo la idea de suscribirme para que me lo enviaran por correo cada semana, gracias a esos tebeos fui aprendiendo a leer y a tener vocabulario.
Un dia después de haber estado durante un tiempo adaptándose a la nueva casa, llegaron los abuelitos, recuerdo que vinieron en el tren, el tren electrico que llega a la Eliana, cargados con unas grandes maletas, mi abuela traia escondida en las maletas la pareja de palomas incluyendo las crias pichones, era un detalle que habia querido tener mi abuela commigo, las palomas eran mias, y se quedaron en argamasilla pero ella las trajo. Lo malo es que después de hacer el esfuerzo de traerme las palomas desde Argamasilla a mi abuela no se le ocurrió otra cosa que matarlas para ponerlas en un guiso, que yo naturalmente, al descubrirlo no probé.
Mis abueliitos se instalaron en la casita, yo no me acuerdo como, pero la verdad es que no habia mucho sitio, era que habian venido a visitar a mama porque iba a nacer Santiago, por eso estuvieron un tiempo con nosotros, al Abuelito le dio tiempo de arreglar un poco el pequeño jardín que había a la entrada de la casita, planto unos tomates y algunas acelgas, el caso es que me acuerdo de verlo con la hazada distraídamente, sin hacer apenas esfuerzo, quizas recordando lo que habia sido toda su vida hsta entonces, peleando con las remolachas del molino. Pero en aquella ocasión el pequeño jardín se trnsformo en huerta adornada con flores, cunado llegó el verano los ciruelos se encargaron de llenar las ramas de ciruelas amarillas que recogiamos con gusto.
El abuelito trabó amistad con el padre de doña Amparo, la maestra vecina, que en aquellos tiempos estaba viviendo con ella, era un señor muy mayor de mas de ochenta años que encorvado por la vida y moviéndose muy dificultosamente también se distraia como mi abuelo en el pequeño jardín.
Muy pronto aquella casita se fue convirtiendo en un lugar agradable para reunirse la familia de mamá, pues en aquellos años ninguno tenia chalet ni apartamento ni ningún sitio para esas cosas. Por eso muchos domingos venian los tios de manises y valencia para pasar un dia de campo, me acuerdo que aparcaban los coches debajo del algarrobo grande que habia delante o junto a la pequeña valla encalada, eran los coches de aquella epoca que aparcaban junto al dos caballos de papa, los modestos simca 850 y renault gordini del tio Juan y Rafael y los un poco mas lujosos simca 1000 y el SEAT 1500 del tio Jesús y del tio Andrés .
De cualquier forma en las mañanas luminosas llegaban esos coches cargados de primos y primas dispuestos a pasar un dia de campo.
La vida se nos abria con todos sus colores y luces, se trataba de disfrutar al máximo con los primos y jugar entre los olivos cercanos y los almendros, con piedras y saltamontes, arañas y cochecitos de pedales, por ahí estaban los primos andresin y paquito siempre juntos y con aires de niños de ciudad , y rafelin y inma, mas asequibles al juego, luego estaba la parte de las chicas, las inefables mellizas merche y amparo que siempre jugaban con maria Jesús, y en otra parte ya estaba los primos que participaban en las conversaciones de los mayores, juan francisco, mari carmen, rosa mari, ... Ahora que ha pasado el tiempo me doy cuenta de que aquello fue el inicio, donde se pone el cemento a la familia y después aunque pasen los años y no nos hablemos siempre quedan esos recuerdos.. el lazo que nos une.

El paso del tiempo era lento, así lo sentia mi percepción de niño de 6 años, ahora los años se me escapan de la vida con mucha facilidad ahogados entre las rutinas del trabajo y de la cotidianidad, pero entonces todo era nuevo, todo estaba lleno de primeras veces, y el año pasaba despacio con metas lejanas que tardaban mucho en llegar, el paso tel tiempo lo media en el calendario colgado en la pared de la tiendecita de la calle de enfrente del señor Santiago, estaba con grandes letras 1965 , y entonces yo pensaba en que seria muy mayor cuando llegara 1966, 67.
Los meses iban pasando entre juegos y paseos por los alrededores de la casita, ya empezaba ha ser conocido como el hijo del maestro, de D. Manuel, situación que nunca me ha gustado demasiado pues entre los compañeros de la escuela se me consideraba como protegido por mi padre y desacreditado por supuesto cualquier logro alcanzado por mi parte.

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Sultan, el caballo

http://decaminoafantasia.blogspot.comEl caballo Sultán
Madrid siempre estuvo como punto de referencia de la gran ciudad. La primera vez que recuerdo ese nombre era en un viaje de Papá. Vivíamos en la casa de Argamasilla, yo con tres o cuatro años, papá estuvo fuera unos tres o cuatro días. Antes de partir me preguntaron lo que quería que me trajera, yo dije que quería un caballo. Estaba ansioso esperando a mi padre, a que volviera de aquel viaje de un sitio lejos y los días fueron pasando hasta que una mañana Papá me despertó con unos besos,!Ya estaba aquí! Mis padres estaban felices y con sonrisas en la cara, rápidamente me llevaron al comedor, y sobre el piso de madera, ahí estaba, mi caballo precioso, más grande que yo, con su pelo blanco, brillante y sedoso, con su olor a plástico nuevo, y la larga cola blanca, un caballo de balancín enorme, con su silla de montar y estribos metálicos para sujetar los pies y con unos agarraderos junto a las orejas para no caerse cuando te mecías. Sultán, rápidamente fue bautizado por mamá, contagiada de la ilusión, de mis ojos de niño que se abrían como platos. Papa me tenia que ayudar a subir en aquel animal enorme que yo acariciaba sin creerlo. Este caballo fue usado por todos los hermanos, todavía hay algunas fotos con Santiago y Maria Amparo en la terracita del piso de la Eliana. Ese caballo de Madrid, cruzó las tierras manchegas, y se vino a Valencia entre todos los trastos para seguir regalando ilusión a los hermanos, hasta que acabó después de muchos años con el rabo pelado, con las orejas comidas por el paso del tiempo, Sultán quedo en la memoria, en mi memoria, como el regalo generoso de mi padre que no escatimó el dinero para comprar el mejor caballo que encontró en Madrid. Por eso ahora entiendo a mi hijo Daniel, el también tiene un caballo, Víctor, bautizado por él, el día que lo recogimos de una basura, destartalado y con las patas de plástico rotas, pero Daniel lo metió en la furgoneta para llevarlo a casa, entonces tenia tres años y ahora con casi seis, todavía lo tiene dentro de su armario, compartiendo el espacio con otros juguetes caros, pero yo no me atreví a quitar la ilusión, entonces con cuarenta y muchos años todavía me acordaba a través de mi hijo de mi caballo Sultán.

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las lagunas de Ruidera

Las Lagunas de Ruidera

Las lagunas eran el sitio donde se acostumbraba a ir de excursión y a pescar. Son ocho o diez, comunicadas entre sí, por pequeñas cascadas, pues están a distinta altura, de ahí les viene el nombre de Ruidera, por el ruido del agua al caer.
El agua de todas estas lagunas forma el rio Guadiana, que a partir de aquí comienza su andadura por la Mancha, haciendo meandros entre los campos pelados y en algunas ocasiones acompañándose de hileras de chopos.
El paraje era el objetivo de las excursiones que se organizaban en el pueblo.
Las `primeras veces, cuando no teníamos coche, íbamos todos en autobús, los amigos de papá y sus familias, era de aquellos antiguos, con asientos de madera y ceniceros llenos de colillas medio rotos en los brazos. Cuando te sentabas en aquellos incómodos y resbalosos asientos, se podían observar las fotografías en colores de zonas turísticas y paisajes que estaban sujetas al respaldo del asiento delantero. Por detrás de la redecilla que se utilizaba para dejar los bocadillos.
La excursión, aunque no era lejos, era como una pequeña aventura. Había que madrugar, las carreteras estaban llenas de baches y de curvas cerradas. Y los mayores, excitados cantaban canciones de las de siempre y que ahora están olvidadas. Era la primera vez que oía la cantinela”: Ahora que vamos despacio vamos a contar mentiras, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas trailará”.
Antes de llegar a las lagunas, en los primeros tramos salvajes del rió, se paraba en el castillo de Peñarroya, que defendía la zona en la época de los árabes. Junto al castillo está la ermita de la Virgen, muy querida en la zona.
Todos los años se organizaba una romería al castillo y a la ermita. Era un día feliz, de fiesta, acudían de los pueblos a ver la virgen, y de paso a divertirse con el ajetreo de carros engalanados sobriamente, tirados por mulos o por burros, tartanas, coches, autobuses.
Me acuerdo vagamente, era muy pequeño, pero todavía aparece en mis impresiones de aquel día el calor sofocante y la gente dentro de los carros tapadas bajo el toldo, almorzando, bebiendo el vino de las botas.
Volvíamos cuando se hacía de noche, después de pasar el día cerca del agua y en el castillo, cansados y cantando, los conejos saltaban por la carretera asustados por las luces del autobús, y la gente hacia parar al conductor para bajar a perseguir los gazapos, sin resultado alguno, pues rápidamente se escondían entre las retamas.
El autobús antiguo se dedicaba a las excursiones, poca gente de los pueblos tenía coche propio, por eso más de una vez nos juntábamos con los amigos de Papá, para ir a algún lado a pasar el día.
Papá conocía muy bien las lagunas, y también el abuelito, que se sabía una poesía con el nombre de todas ellas, no en vano muy cerca estaba el molino de la Parra, donde estuvieron los abuelos de papá, padres de la abuelita. Y donde antes de tener el molino de Membrillo también vivieron los abuelitos.
Un día me llevó a pescar. Entonces ya teníamos el coche, y en él fuimos probando sitios hasta que paramos en una orilla pedregosa y soleada, sin sombras de ninguna clase. Papá me dejó sujetar una de las cañas, la menor, sentado sobre una piedra, mientras vigilaba el corcho que flotaba en medio de las aguas plateadas. Así estábamos un rato, él trajinando con su caña y yo sujetando la mía pendiente del corchito. Papá me decía con ilusión, “mira bien Manolín que parece que te están picando”. El pequeño flotador se hundía un poquito en el agua, y la caña comenzó a temblar un poquitín, pero paró enseguida. Papá se acercó y me dijo sonriente: tira de la caña porque te han picado. Al tirar salió colgando del hilo un pequeño pez plateado dando volantines en el aire. Me sentía el niño más feliz del mundo, ¡ya sabía pescar como mi padre!.
Durante toda la tarde estuvimos al sol, en aquella orilla, sacando pececillos del agua y metiendoles en un cubo. El calor acentuaba el olor de las retamas y las aliagas amarillas. Las manos ásperas y mojadas, con escamas de pescado pegadas que me olían a primera vez, la primera vez que pescaba y cogía un pez que se doblaba entre mis dedos.
Al final del día estaba orgulloso, habíamos pescado mucho, casi todos los peces con mi caña pequeña y corcho. El sol estaba rojo poniéndose entre las montañas, reflejándose en la laguna, como lo estaban nuestros cuerpos después de toda la tarde sin sombra, solo con un sombrero de paja.
No fue suficiente, Papá sufrió quemaduras por el sol y le salieron ampollas en la piel. Mamá lo curaba con un algodón empapado en vinagre. El ácido olor se esparcía por la casa mientras yo observaba como se escurría por su espalda.
Volví a las Lagunas 17 años más tarde durante un viaje con Papá. Al molino de la Parra se lo habían comido las zarzas y apenas quedaba alguna piedra en pié, papa rebuscó entre las ruinas y encontró una sartén negra abollada y oxidada, se quedó un rato pensando, se puso serio y recogió aquel recuerdo de sus abuelos mientras me contaba emocionado la historia de aquellas piedras.

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la plaza del pueblo

La plaza

Desde la casa a diez metros se llegaba al parque que hay junto a la iglesia, rodeado por unos árboles frondosos enormes que soltaban castañas, las “pilongas” como nos decía Encarnita, que no se podían comer porque eran amargas y según algunos, hasta venenosas.
La carretera de adoquines, por donde pasaban los viejos camiones y los carros, lo limitaba por el fondo, y por el otro lado el Ayuntamiento y el Casino, justo antes de llegar al puente del canal del río.
Tenía suerte de vivir tan cerca, muchas veces bajaba solo a jugar con algún niño vecino.
Cuando llegaba el otoño las hojas grandes de los castaños de indias formaban remolinos en los rincones, movidas por el viento.
En la mitad del parque había una fuente con luces de colores y un templete clásico de música que casi nunca se utilizó, mas bien servia de urinario aprovechando los rincones que dejaba la escalerita de subir los músicos.
Los domingos se llenaba de gente, prácticamente no habia otra cosa que hacer, ir al cine o pasear, por eso se vestían de domingo y se dedicaban a ir de un lado a otro después de la misa paseando despacio hasta el final, donde el casino y el Ayuntamiento.
La pequeña explanada frente al Ayuntamiento estaba pavimentada, prácticamente era el único sitio donde se podia ir sin peligro de tropezar con piedras, por eso se juntaban todos los pequeños del pueblo con su triciclo a hacer carreritas. En una ocasión yo me lo turnaba con Miguel, e iba de un lado a otro dando vueltas, mientras Papá y Mamá conversaban con los amigos, Javier era pequeño y mamá lo sujetaba en brazos mientras él jugueteaba con el collar de perlas, bisutería muy popular por entonces, hasta que de un estirón se rompió el hilo y las perlas salieron en todas direcciones rebotando por el suelo. Me acuerdo después de ir con mi triciclo rastreando todo el suelo buscando bolitas.

No había toboganes ni columpios como ahora, el parque era el sitio de reunión publica donde las mujeres aprovechaban para hacer vida social, los hombres iban al casino, donde se jugaba al dominó y a las cartas. Y los niños nos conformábamos con ir de la mano de nuestros padres por el parque, saludando a unos y a otros.

También se podía ir al cine, valía dos pesetas, y era una sala no muy grande también junto a la iglesia donde Papá y Mamá nos llevaban a ver películas infantiles, de esa época.
Me acuerdo de la primera vez que vi la película Blanca nieves, yo sentado junto a mis padres, extasiado, viendo en la pantalla gigante a Blanca nieves cantando en el pozo del castillo... Otras veces eran las películas de Joselito o de Marisol, o alguna de aventuras de indios y vaqueros.. Era la primera vez que el cine irrumpía en mi vida y daba alas a la fantasía.
Antes de que comenzara la película Encarnita nos daba un trozo de chicle, el chicle de entonces se llamaba Joe BazoKa y tenia una forma curiosa, como tres discos rosas pegados, de forma que se podia partir en tres pedazos del tamaño de una moneda que repartía siempre con la recomendación de no tragarlo, no fuera que se nos pegaran las tripas.
En el intermedio dos altavoces situados en medio de la sala atronaban con el poromponpero de Manolo Escobar mientras los niños nerviosos nos salíamos de los asientos de madera y corríamos por el pasillo, hasta que se apagaban las luces y se corrían las cortinas.
Entonces empezaba la magia, la ilusión se transportaba a la pantalla que en aquellos momentos era la ventana del mundo, aunque antes teníamos que ver a Franco inaugurando pantanos en el noticiario del Nodo.
Tras aquellas noticias en blanco y negro ponian la película en colores de Blancanieves o de vaqueros o de aventuras, el caso es que el cine era el escaparate de la vida, lo que nos decia que fuera de aquel pueblo y de aquel mundo tan estrecho habia mas cosas por descubrir.
Mis ojos de niño estaban atentos a todo lo que podia pasar, al calor de los brazos de mama, al calor de la mano de Papá. Después de la funcion volviamos a la plaza, a pasear el resto de la tarde, bajo los castaños de indias, a recordar los momentos de las películas y a terminar la tarde con los demás niños del parque, los vecinos de las casas colindantes
A veces a pelearse, a veces a jugar al escondite.

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la bicicleta


La bicicleta
La carretera todavía estaba medio en obras, llena de piedras y sin asfaltar. Aún no se había estrenado, por eso no pasaban coches. A lo lejos se podían ver los dos pueblos, Argamasilla y Tomelloso.
Papá paró el Dos caballos y sacó la pequeña bici, que un tiempo antes los tíos Ramón y Julia me habían enviado desde Francia.
Hasta entonces me había limitado a intentar pedalear por la plaza de la iglesia. Con las dos ruedecillas acopladas detrás para no caerme. Esta vez a Papá le pareció que ya podia aprender a ir sin ayuda y las desmontó.
Comenzamos a hacer prácticas, yo pedaleando en la bici y Papá corriendo a mi lado, agarrando el sillín por detrás para que no cayera. Así estuvimos gran parte de la mañana.
Yo cada vez pedaleaba más confiado, por aquella carretera sin terminar. Papá me alentaba mientras sujetaba la bici y me decía: más fuerte Manolín, sujeta bien el manillar, no tengas miedo... Pedaleaba cada vez con más gana seguro de que no me caía porque mi padre me sujetaba detrás. Lo repetimos una y otra vez, él resoplando de cansado a mi lado y yo apretando en los pedales...
En una de aquellas carreras, mientras corría a mi lado, soltó la mano del sillín sin que me diera cuenta. Yo cada vez estaba mas seguro y sorteaba las piedras del camino con cuidado mientras mantenía el equilibrio... Al poco rato me llamaba orgulloso desde lejos para que parara. ¡Ya sabía ir en bicicleta!.
Metimos la bici en el coche y volvimos a Argamasilla.

Al oír el motor en la calle, Mamá se asomó por el balcón de la casa a recibirnos, Papá orgulloso, con una sonrisa le decía que ya sabía montar solo, y yo para demostrarlo me desplazaba haciendo eses hasta el final de la calle, donde la farola de plato y bombilla, y volvía triunfante, ignorante de que ese día, cuando aprendí a ir en bici, lo iba a recordar siempre.

Aquella bici fue mi primer vehículo, si descontamos el triciclo, que me servia para pasear con mis hermanos en la plaza. Con ella recorría las sendas solitarias junto al Molino. Pequeños paseos que a mí me suponían la libertad absoluta. Treinta años después cuando recorría España, por las aldeas de Galicia o de Cuenca
Inconscientemente he buscado esos mismos caminos.
Los primeros recados, consistían en llevar el almuerzo en un talego de tela a mi abuelito que estaba regando remolachas en algún campo alejado del molino, yo era lo suficiente mayor como para ir con mi bici siguiendo el camino pedregoso hasta encontrarlo agachado junto a una reguera, haciendo pequeños muretes de tierra con la azada para conducir el agua.
Mi abuelo estaba descalzo, y sus grandes pies se mojaban en el agua fría despertando en mi un sentimiento de admiración por su fortaleza.
De vuelta al molino aparcaba la bici sobre algún campo de alfalfa, y entonces me tumbaba en la hierba, cara arriba, viendo pasar las nubes. La imaginación me hacia ver las figuras de mis cuentos en las formas cambiantes de las nubes, el cielo arrastrando borregos.. Los monstruos y el coco, ser mitológico que todos los mayores se empeñaban en hacerme creer que existía, en aquellas nubes negras. Los chopos cercanos respiraban con el viento que movía las hojas y la perperstiva desde el suelo los hacía diferentes.. Un espectáculo de la naturaleza en aquel campo marchito, con dos o tres árboles, una reguera y un camino polvoriento en la llanura de la Mancha.

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1 de marzo de 2008

la casa de argamasilla

Nací en la calle Nueva, numero 2, en una casa de dos pisos con llamador “de mano con bola” en la puerta y pequeño balconcito arriba. Era el domingo de Ramos del año 59 en el mes de marzo, mamá estaba muy asustada porque el año anterior su primera hija nació muerta porque se complicó el parto, por eso el día antes se fue a la iglesia a rezar, y recogió unas ramas de olivo bendecidas, que luego guardó toda la vida. La casa que esta cerca de la iglesia, estaba dividida en dos viviendas, la de abajo, fría en el invierno y fresca en el verano, la aprovechaban los dueños de la casa, una señora que vivía en Granada, para veranear y el piso de arriba, donde vivían mis padres. El recuerdo de aquella casa y el del molino, son de los que se llevan dentro toda la vida, la primera casa, la casa de la tierna infancia, la casa de los pañales y de los padres jovencísimos ilusionados con la vida y disfrutando lo mismo que yo de las primeras veces, para mí era mi primera casa, mis primeros pasos, todo nuevo y por estrenar, y para mis padres era el primer hijo, los primeros años de vida juntos, para mamá también era todo nuevo y un poco difícil pues había cambiado la vida de manises por la de Argamasilla, mas dura y menos dulce.
La casa era grande, cuando eres pequeño todo te parece grande, luego cuando creces y vuelves a los lugares parece como si todo hubiera encogido, pero no pasa así con la casa, cuando he vuelto otras veces, de paso en algún viaje, e vuelto a ver la misma casa, con la puerta alta y solitaria en una calle también solitaria, con el llamador de mano con bola, y cubierta de barnices resquebrajados... La casa la recuerdo bien, porque el pensamiento ha pasado muchas veces por ahí y los recuerdos se han pegado tanto a mi vida que ya forman parte de ella. Es imposible recordar esa casa sin asociar a mamá dentro de ella, con palabras amables, cariñosa, efusiva, entre los faenas domesticas que yo observaba y aprendía por primera vez, mi mama poniendo la olla spress en el fuego, la nevera kelvinator, la radio grande, la cocina junto a al salita que hacia de comedor con la mesa camilla que un día Miguel ángel prendió fuego, las paredes pintadas de colores y decoradas con mariposas y golondrinas de cerámica traídas de manises, la mesa de papá en la planta baja donde recogía las muestras de carne para descartar la triquina de los cerdos, donde habían propagandas de medicamentos veterinarios con vacas y cerdos que yo recortaba...

Argamasilla era un pueblo de la Mancha, con las calles anchas y sin asfaltar, por entonces era raro que hubiera calles asfaltadas, con casas grandotas, todas con corrales amplios donde se guardaban los carros y se almacenaba la leña, que casi siempre era de cepas viejas de viña.
Un pueblo con solera y con historia, pues según dicen fue en las cuevas de medrano, unos calabozos situados en una de las calles aledañas a la iglesia, donde estuvo encerrado Miguel de Cervantes, y allí empezó a escribir el Quijote, en ese lugar de “cuyo nombre no quiero acordarme”.
El río guadiana , que nace en las Lagunas de Ruidera, a unos 20 kilómetros del pueblo, cruzaba el pueblo encauzado por un pequeño canal, pues apenas llevaba agua y a unos dos kilómetros antes estaba el Molino del Membrillo, donde Vivian mis abuelos, esa distancia que los separaban del pueblo se podía hacer muy fácilmente siguiendo una pequeña senda por la orilla, entre los chopos. Muchas veces me fascinaba ver a mi abuelito por esa senda estrecha en bicicleta haciendo equilibrios para no caerse al río.
En Argamasilla el clima era continental, es decir calor seco y fuerte en verano y mucho frío en el invierno. La primera vez que vi nevar me acuerdo que estaba jugando en el patio de la casa con aquellas diminutas figuritas de plástico cuando mamá salió a llamarme desde la puerta de la cocina para que subiera las escaleras rápido, el cielo estaba muy gris pero iluminado de una forma especial y los primeros copos de nieve bajaban, movidos por el viento helado, como mariposas de un lado a otro.
Mamá siempre comentaba que el clima de argamasilla nos hacia muy bien, que siempre teníamos los mofletes y la nariz bien rojos, estimulados por el frío.
En el verano el sol era muy fuerte, y deslumbraban las calles con las fachadas de las casas encaladas, pues pintar las paredes de cal era una costumbre bastante extendida en el pueblo, el verano era la época de pintar y papá echaba grandes trozos de cal en un caldero viejo con agua, la cal viva calentaba rápidamente todo, incluso hacia hervir el agua, después cuando todo estaba frío, papá en camiseta de tirantes, pintaba las paredes de las habitaciones de abajo, con unas brochas de esparto.
En la casa, que como casi todas las del pueblo había un gran patio, se había construido una pequeñita balsa, quizás para almacenar agua para regar la pequeñita huerta, o tal vez para bañarse los niños, los hijos de la dueña de la casa que vivía en granada y solo se acercaba a Argamasilla en el verano y a cobrar el alquiler. El caso es que en esa pequeña balsa, como una gran bañera, en el fondo del patio, bajo la sombra de la parra, nos bañábamos los pequeños, cuidados por encarnita, una niña contratada por mamá para ayudar en las faenas domesticas y cuidar de los tres hermanitos. La balsa era de construcción basta, lucida de cemento, y con las paredes de fuera pintadas de cal, el albañil que la construyó tuvo la ocurrencia de pegar una moneda de chavo en una pared cuando el cemento estaba fresco, Moneda que yo intentaba sacar una y otra vez sin conseguirlo. La parra daba buena sombra en el patio, y cuando se terminaba el verano comenzaban a madurar las uvas. Las avispas acudían atraídas por la fruta y por el agua y más de una vez sufrimos el doloroso aguijonazo de alguna de ellas, entonces acudía encarnita o mamá a consolarnos las lagrimas y con saliva hacían rápidamente barro para aplicarlo en la herida, remedio casero que a mí siempre me ha llamado la atención.
Papá se subía a una escalera altísima en camiseta de tirantes y yo admiraba sus brazos fuertes y sus hombros mientras bajaba uno a uno los racimos de uva medio comidos por las avispas.
En el centro del patio había una gran higuera, papá descolgaba los higos con una gran caña con las puntas abiertas en un extremo, de forma que se quedaban sujetos a la caña sin caerse al suelo. El tronco de la higuera también se pintaba de cal, para que no subieran insectos por el tronco.

Junto a la higuera en el centro del patio un día vino un obrero para hacer un agujero muy hondo, se trataba de un aljibe, un pozo grande para almacenar el agua de la lluvia, el obrero se sentó en el centro del patio, en el suelo, y sin moverse trazó un circulo con todo lo largo de radio que daba su brazo y empezó a picar, a los varios días estaba construido el aljibe.
Las estancias de la casa de abajo, eran las mas frescas en el verano y donde papá tenia sus trastos de veterinaria, una mesa de despacho, que ahora está en su garaje almacenada entre trastos, sus libros de veterinaria, una colección de una especie de periódicos, que eran los boletines oficiales del estado, que papá necesitaba para enterarse de cuando eran las oposiciones y de las plazas de veterinaria vacantes. En fin una serie de objetos, libros, revistas, un triquinoscopio para observar las muestras de carne para descartar la enfermedad de la triquina, alguna herramienta cubierta de polvo, trastos, cajas... Una habitación que tenia una cama instalada para hacer la siesta, y donde yo dormía placidamente las tardes de verano, siempre que no soñara con las ratas a las que tenia miedo.

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29 de febrero de 2008

El colegio de las monjas

Por las calles de detrás, pasando por la esquina de la farola de plato y bombilla, se llegaba al colegio de las monjas.
La memoria no se porta muy bien conmigo, apenas recuerdo detalles de aquella, mi primera escuela.
Solo puedo decir que los detalles no son muy buenos, por supuesto que a ese colegio había que ir con el uniforme, el baby de nylon de rayas azules rematado en los puños, que toda España llevaba, para que se supiera que éramos alumnos, que todos en la escuela éramos iguales, aunque eso no era verdad.
Las monjas eran malas, por lo menos eso me parecía a mí, no encontré ninguna simpatía en ellas. Preocupadas por dar una educación sesgada a su medida, se habían apropiado de la autoridad y la repartían arbitrariamente.
Era mi primera escuela, con aromas a tinta, goma de borrar y madera de cedro de los lápices mezclado con el olor de niño; los niños tienen un olor especial; el olor a sudor de niño y a pelos de niño.
Durante mucho tiempo en mi infancia he reconocido las escuelas por ese olor indescriptible que sólo se corresponde con las escuelas infantiles, mas adelante he sentido lo mismo cuando acompañando a mis hijos al cole he entrado en el aula. Mi padre se pasó la vida repartiéndose entre dos olores: el de los niños de la escuela y el de los cerdos por la tarde.
De aquel colegio a mí también me quedan dos olores en la memoria, el de las aulas cerradas llenas de niños y el de los las ramas de celindo en flor que traían las niñas el mes de mayo para llevar a la imagen de la virgen. Las niñas traían las flores y la monja atravesaba toda la clase mientras el perfume se esparcía dejando un olor a virgen y a mayo.

Inmediatamente nos poníamos en pié y la monja nos hacia cantar la canción mientras movía sus brazos para dar el compás: “Venid y vamos todos con flores a Maria que madre nuestra es.” Nuestras vocecitas resonaban entre aquellas paredes viejas con grandes ventanales de cristales sucios. El recreo era para jugar en el patio, un patio lleno de piedras con árbol miserable en medio.
A veces los niños se lastimaban y se hacian heridas, entonces la monja hacia traer la sangre de Cristo que todo lo cura, y de un pequeño frasquito misterioso sacaba con un cuentagotas la mercromina para aplicar la sangre bendita al infortunado niño.
De aquel colegio y de aquellas monjas proceden mis primeros castigos. Las monjas me castigaban porque escribía con la mano izquierda, me hacian sentirme mal, diferente al resto de niños y se burlaban de mí. Cuando me veian coger el lápiz con la mano izquierda recibía un pescozón y me ataban la mano a la silla para que no tuviera más remedio que agarrarlo con la derecha. La derecha era la mano de Dios, la izquierda la del Diablo, por eso yo era malo, y despertaba la antipatía en aquellas monjas iluminadas.
Yo no quería ir al colegio, mamá me arrastraba por las calles hasta que me dejaba junto a la puerta, abandonado a los caprichos de aquellas educadoras. Un día no quise entrar, no sé como, pero recuerdo que iba solo por las calles de Argamasilla, asomándome por los portales, curioseando hasta que me descubrió la señora Lola, una mujer que conocía a mamá y que algunas veces había ido a la casa a limpiar. Estaba dentro de su casa, pero me vió a traves de la ventana. – así que haciendo novillos, me dijo, ya verás cuando se enteren tus padres. Y me cogió de la mano y me condujo a la casa. Entonces recibí mi primer castigo. El primer castigo por escoger la libertad en vez de la opresión de las odiosas monjas.

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