la casa de argamasilla
Nací en la calle Nueva, numero 2, en una casa de dos pisos con llamador “de mano con bola” en la puerta y pequeño balconcito arriba. Era el domingo de Ramos del año 59 en el mes de marzo, mamá estaba muy asustada porque el año anterior su primera hija nació muerta porque se complicó el parto, por eso el día antes se fue a la iglesia a rezar, y recogió unas ramas de olivo bendecidas, que luego guardó toda la vida. La casa que esta cerca de la iglesia, estaba dividida en dos viviendas, la de abajo, fría en el invierno y fresca en el verano, la aprovechaban los dueños de la casa, una señora que vivía en Granada, para veranear y el piso de arriba, donde vivían mis padres. El recuerdo de aquella casa y el del molino, son de los que se llevan dentro toda la vida, la primera casa, la casa de la tierna infancia, la casa de los pañales y de los padres jovencísimos ilusionados con la vida y disfrutando lo mismo que yo de las primeras veces, para mí era mi primera casa, mis primeros pasos, todo nuevo y por estrenar, y para mis padres era el primer hijo, los primeros años de vida juntos, para mamá también era todo nuevo y un poco difícil pues había cambiado la vida de manises por la de Argamasilla, mas dura y menos dulce.
La casa era grande, cuando eres pequeño todo te parece grande, luego cuando creces y vuelves a los lugares parece como si todo hubiera encogido, pero no pasa así con la casa, cuando he vuelto otras veces, de paso en algún viaje, e vuelto a ver la misma casa, con la puerta alta y solitaria en una calle también solitaria, con el llamador de mano con bola, y cubierta de barnices resquebrajados... La casa la recuerdo bien, porque el pensamiento ha pasado muchas veces por ahí y los recuerdos se han pegado tanto a mi vida que ya forman parte de ella. Es imposible recordar esa casa sin asociar a mamá dentro de ella, con palabras amables, cariñosa, efusiva, entre los faenas domesticas que yo observaba y aprendía por primera vez, mi mama poniendo la olla spress en el fuego, la nevera kelvinator, la radio grande, la cocina junto a al salita que hacia de comedor con la mesa camilla que un día Miguel ángel prendió fuego, las paredes pintadas de colores y decoradas con mariposas y golondrinas de cerámica traídas de manises, la mesa de papá en la planta baja donde recogía las muestras de carne para descartar la triquina de los cerdos, donde habían propagandas de medicamentos veterinarios con vacas y cerdos que yo recortaba...
Argamasilla era un pueblo de la Mancha, con las calles anchas y sin asfaltar, por entonces era raro que hubiera calles asfaltadas, con casas grandotas, todas con corrales amplios donde se guardaban los carros y se almacenaba la leña, que casi siempre era de cepas viejas de viña.
Un pueblo con solera y con historia, pues según dicen fue en las cuevas de medrano, unos calabozos situados en una de las calles aledañas a la iglesia, donde estuvo encerrado Miguel de Cervantes, y allí empezó a escribir el Quijote, en ese lugar de “cuyo nombre no quiero acordarme”.
El río guadiana , que nace en las Lagunas de Ruidera, a unos 20 kilómetros del pueblo, cruzaba el pueblo encauzado por un pequeño canal, pues apenas llevaba agua y a unos dos kilómetros antes estaba el Molino del Membrillo, donde Vivian mis abuelos, esa distancia que los separaban del pueblo se podía hacer muy fácilmente siguiendo una pequeña senda por la orilla, entre los chopos. Muchas veces me fascinaba ver a mi abuelito por esa senda estrecha en bicicleta haciendo equilibrios para no caerse al río.
En Argamasilla el clima era continental, es decir calor seco y fuerte en verano y mucho frío en el invierno. La primera vez que vi nevar me acuerdo que estaba jugando en el patio de la casa con aquellas diminutas figuritas de plástico cuando mamá salió a llamarme desde la puerta de la cocina para que subiera las escaleras rápido, el cielo estaba muy gris pero iluminado de una forma especial y los primeros copos de nieve bajaban, movidos por el viento helado, como mariposas de un lado a otro.
Mamá siempre comentaba que el clima de argamasilla nos hacia muy bien, que siempre teníamos los mofletes y la nariz bien rojos, estimulados por el frío.
En el verano el sol era muy fuerte, y deslumbraban las calles con las fachadas de las casas encaladas, pues pintar las paredes de cal era una costumbre bastante extendida en el pueblo, el verano era la época de pintar y papá echaba grandes trozos de cal en un caldero viejo con agua, la cal viva calentaba rápidamente todo, incluso hacia hervir el agua, después cuando todo estaba frío, papá en camiseta de tirantes, pintaba las paredes de las habitaciones de abajo, con unas brochas de esparto.
En la casa, que como casi todas las del pueblo había un gran patio, se había construido una pequeñita balsa, quizás para almacenar agua para regar la pequeñita huerta, o tal vez para bañarse los niños, los hijos de la dueña de la casa que vivía en granada y solo se acercaba a Argamasilla en el verano y a cobrar el alquiler. El caso es que en esa pequeña balsa, como una gran bañera, en el fondo del patio, bajo la sombra de la parra, nos bañábamos los pequeños, cuidados por encarnita, una niña contratada por mamá para ayudar en las faenas domesticas y cuidar de los tres hermanitos. La balsa era de construcción basta, lucida de cemento, y con las paredes de fuera pintadas de cal, el albañil que la construyó tuvo la ocurrencia de pegar una moneda de chavo en una pared cuando el cemento estaba fresco, Moneda que yo intentaba sacar una y otra vez sin conseguirlo. La parra daba buena sombra en el patio, y cuando se terminaba el verano comenzaban a madurar las uvas. Las avispas acudían atraídas por la fruta y por el agua y más de una vez sufrimos el doloroso aguijonazo de alguna de ellas, entonces acudía encarnita o mamá a consolarnos las lagrimas y con saliva hacían rápidamente barro para aplicarlo en la herida, remedio casero que a mí siempre me ha llamado la atención.
Papá se subía a una escalera altísima en camiseta de tirantes y yo admiraba sus brazos fuertes y sus hombros mientras bajaba uno a uno los racimos de uva medio comidos por las avispas.
En el centro del patio había una gran higuera, papá descolgaba los higos con una gran caña con las puntas abiertas en un extremo, de forma que se quedaban sujetos a la caña sin caerse al suelo. El tronco de la higuera también se pintaba de cal, para que no subieran insectos por el tronco.
Junto a la higuera en el centro del patio un día vino un obrero para hacer un agujero muy hondo, se trataba de un aljibe, un pozo grande para almacenar el agua de la lluvia, el obrero se sentó en el centro del patio, en el suelo, y sin moverse trazó un circulo con todo lo largo de radio que daba su brazo y empezó a picar, a los varios días estaba construido el aljibe.
Las estancias de la casa de abajo, eran las mas frescas en el verano y donde papá tenia sus trastos de veterinaria, una mesa de despacho, que ahora está en su garaje almacenada entre trastos, sus libros de veterinaria, una colección de una especie de periódicos, que eran los boletines oficiales del estado, que papá necesitaba para enterarse de cuando eran las oposiciones y de las plazas de veterinaria vacantes. En fin una serie de objetos, libros, revistas, un triquinoscopio para observar las muestras de carne para descartar la enfermedad de la triquina, alguna herramienta cubierta de polvo, trastos, cajas... Una habitación que tenia una cama instalada para hacer la siesta, y donde yo dormía placidamente las tardes de verano, siempre que no soñara con las ratas a las que tenia miedo.
La casa era grande, cuando eres pequeño todo te parece grande, luego cuando creces y vuelves a los lugares parece como si todo hubiera encogido, pero no pasa así con la casa, cuando he vuelto otras veces, de paso en algún viaje, e vuelto a ver la misma casa, con la puerta alta y solitaria en una calle también solitaria, con el llamador de mano con bola, y cubierta de barnices resquebrajados... La casa la recuerdo bien, porque el pensamiento ha pasado muchas veces por ahí y los recuerdos se han pegado tanto a mi vida que ya forman parte de ella. Es imposible recordar esa casa sin asociar a mamá dentro de ella, con palabras amables, cariñosa, efusiva, entre los faenas domesticas que yo observaba y aprendía por primera vez, mi mama poniendo la olla spress en el fuego, la nevera kelvinator, la radio grande, la cocina junto a al salita que hacia de comedor con la mesa camilla que un día Miguel ángel prendió fuego, las paredes pintadas de colores y decoradas con mariposas y golondrinas de cerámica traídas de manises, la mesa de papá en la planta baja donde recogía las muestras de carne para descartar la triquina de los cerdos, donde habían propagandas de medicamentos veterinarios con vacas y cerdos que yo recortaba...
Argamasilla era un pueblo de la Mancha, con las calles anchas y sin asfaltar, por entonces era raro que hubiera calles asfaltadas, con casas grandotas, todas con corrales amplios donde se guardaban los carros y se almacenaba la leña, que casi siempre era de cepas viejas de viña.
Un pueblo con solera y con historia, pues según dicen fue en las cuevas de medrano, unos calabozos situados en una de las calles aledañas a la iglesia, donde estuvo encerrado Miguel de Cervantes, y allí empezó a escribir el Quijote, en ese lugar de “cuyo nombre no quiero acordarme”.
El río guadiana , que nace en las Lagunas de Ruidera, a unos 20 kilómetros del pueblo, cruzaba el pueblo encauzado por un pequeño canal, pues apenas llevaba agua y a unos dos kilómetros antes estaba el Molino del Membrillo, donde Vivian mis abuelos, esa distancia que los separaban del pueblo se podía hacer muy fácilmente siguiendo una pequeña senda por la orilla, entre los chopos. Muchas veces me fascinaba ver a mi abuelito por esa senda estrecha en bicicleta haciendo equilibrios para no caerse al río.
En Argamasilla el clima era continental, es decir calor seco y fuerte en verano y mucho frío en el invierno. La primera vez que vi nevar me acuerdo que estaba jugando en el patio de la casa con aquellas diminutas figuritas de plástico cuando mamá salió a llamarme desde la puerta de la cocina para que subiera las escaleras rápido, el cielo estaba muy gris pero iluminado de una forma especial y los primeros copos de nieve bajaban, movidos por el viento helado, como mariposas de un lado a otro.
Mamá siempre comentaba que el clima de argamasilla nos hacia muy bien, que siempre teníamos los mofletes y la nariz bien rojos, estimulados por el frío.
En el verano el sol era muy fuerte, y deslumbraban las calles con las fachadas de las casas encaladas, pues pintar las paredes de cal era una costumbre bastante extendida en el pueblo, el verano era la época de pintar y papá echaba grandes trozos de cal en un caldero viejo con agua, la cal viva calentaba rápidamente todo, incluso hacia hervir el agua, después cuando todo estaba frío, papá en camiseta de tirantes, pintaba las paredes de las habitaciones de abajo, con unas brochas de esparto.
En la casa, que como casi todas las del pueblo había un gran patio, se había construido una pequeñita balsa, quizás para almacenar agua para regar la pequeñita huerta, o tal vez para bañarse los niños, los hijos de la dueña de la casa que vivía en granada y solo se acercaba a Argamasilla en el verano y a cobrar el alquiler. El caso es que en esa pequeña balsa, como una gran bañera, en el fondo del patio, bajo la sombra de la parra, nos bañábamos los pequeños, cuidados por encarnita, una niña contratada por mamá para ayudar en las faenas domesticas y cuidar de los tres hermanitos. La balsa era de construcción basta, lucida de cemento, y con las paredes de fuera pintadas de cal, el albañil que la construyó tuvo la ocurrencia de pegar una moneda de chavo en una pared cuando el cemento estaba fresco, Moneda que yo intentaba sacar una y otra vez sin conseguirlo. La parra daba buena sombra en el patio, y cuando se terminaba el verano comenzaban a madurar las uvas. Las avispas acudían atraídas por la fruta y por el agua y más de una vez sufrimos el doloroso aguijonazo de alguna de ellas, entonces acudía encarnita o mamá a consolarnos las lagrimas y con saliva hacían rápidamente barro para aplicarlo en la herida, remedio casero que a mí siempre me ha llamado la atención.
Papá se subía a una escalera altísima en camiseta de tirantes y yo admiraba sus brazos fuertes y sus hombros mientras bajaba uno a uno los racimos de uva medio comidos por las avispas.
En el centro del patio había una gran higuera, papá descolgaba los higos con una gran caña con las puntas abiertas en un extremo, de forma que se quedaban sujetos a la caña sin caerse al suelo. El tronco de la higuera también se pintaba de cal, para que no subieran insectos por el tronco.
Junto a la higuera en el centro del patio un día vino un obrero para hacer un agujero muy hondo, se trataba de un aljibe, un pozo grande para almacenar el agua de la lluvia, el obrero se sentó en el centro del patio, en el suelo, y sin moverse trazó un circulo con todo lo largo de radio que daba su brazo y empezó a picar, a los varios días estaba construido el aljibe.
Las estancias de la casa de abajo, eran las mas frescas en el verano y donde papá tenia sus trastos de veterinaria, una mesa de despacho, que ahora está en su garaje almacenada entre trastos, sus libros de veterinaria, una colección de una especie de periódicos, que eran los boletines oficiales del estado, que papá necesitaba para enterarse de cuando eran las oposiciones y de las plazas de veterinaria vacantes. En fin una serie de objetos, libros, revistas, un triquinoscopio para observar las muestras de carne para descartar la enfermedad de la triquina, alguna herramienta cubierta de polvo, trastos, cajas... Una habitación que tenia una cama instalada para hacer la siesta, y donde yo dormía placidamente las tardes de verano, siempre que no soñara con las ratas a las que tenia miedo.
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