El colegio de las monjas
Por las calles de detrás, pasando por la esquina de la farola de plato y bombilla, se llegaba al colegio de las monjas.
La memoria no se porta muy bien conmigo, apenas recuerdo detalles de aquella, mi primera escuela.
Solo puedo decir que los detalles no son muy buenos, por supuesto que a ese colegio había que ir con el uniforme, el baby de nylon de rayas azules rematado en los puños, que toda España llevaba, para que se supiera que éramos alumnos, que todos en la escuela éramos iguales, aunque eso no era verdad.
Las monjas eran malas, por lo menos eso me parecía a mí, no encontré ninguna simpatía en ellas. Preocupadas por dar una educación sesgada a su medida, se habían apropiado de la autoridad y la repartían arbitrariamente.
Era mi primera escuela, con aromas a tinta, goma de borrar y madera de cedro de los lápices mezclado con el olor de niño; los niños tienen un olor especial; el olor a sudor de niño y a pelos de niño.
Durante mucho tiempo en mi infancia he reconocido las escuelas por ese olor indescriptible que sólo se corresponde con las escuelas infantiles, mas adelante he sentido lo mismo cuando acompañando a mis hijos al cole he entrado en el aula. Mi padre se pasó la vida repartiéndose entre dos olores: el de los niños de la escuela y el de los cerdos por la tarde.
De aquel
colegio a mí también me quedan dos olores en la memoria, el de las aulas cerradas llenas de niños y el de los las ramas de celindo en flor que traían las niñas el mes de mayo para llevar a la imagen de la virgen. Las niñas traían las flores y la monja atravesaba toda la clase mientras el perfume se esparcía dejando un olor a virgen y a mayo.

De aquel colegio y de aquellas monjas proceden mis primeros castigos. Las monjas me castigaban porque escribía con la mano izquierda, me hacian sentirme mal, diferente al resto de niños y se burlaban de mí. Cuando me veian coger el lápiz con la mano izquierda recibía un pescozón y me ataban la mano a la silla para que no tuviera más remedio que agarrarlo con la derecha. La derecha era la mano de Dios, la izquierda la del Diablo, por eso yo era malo, y despertaba la antipatía en aquellas monjas iluminadas.
Yo no quería ir al colegio, mamá me arrastraba por las calles hasta que me dejaba junto a la puerta, abandonado a los caprichos de aquellas educadoras. Un día no quise entrar, no sé como, pero recuerdo que iba solo por las calles de Argamasilla, asomándome por los portales, curioseando hasta que me descubrió la señora Lola, una mujer que conocía a mamá y que algunas veces había ido a la casa a limpiar. Estaba dentro de su casa, pero me vió a traves de la ventana. – así que haciendo novillos, me dijo, ya verás cuando se enteren tus padres. Y me cogió de la mano y me condujo a la casa. Entonces recibí mi primer castigo. El primer castigo por escoger la libertad en vez de la opresión de las odiosas monjas.
La memoria no se porta muy bien conmigo, apenas recuerdo detalles de aquella, mi primera escuela.
Solo puedo decir que los detalles no son muy buenos, por supuesto que a ese colegio había que ir con el uniforme, el baby de nylon de rayas azules rematado en los puños, que toda España llevaba, para que se supiera que éramos alumnos, que todos en la escuela éramos iguales, aunque eso no era verdad.
Las monjas eran malas, por lo menos eso me parecía a mí, no encontré ninguna simpatía en ellas. Preocupadas por dar una educación sesgada a su medida, se habían apropiado de la autoridad y la repartían arbitrariamente.
Era mi primera escuela, con aromas a tinta, goma de borrar y madera de cedro de los lápices mezclado con el olor de niño; los niños tienen un olor especial; el olor a sudor de niño y a pelos de niño.
Durante mucho tiempo en mi infancia he reconocido las escuelas por ese olor indescriptible que sólo se corresponde con las escuelas infantiles, mas adelante he sentido lo mismo cuando acompañando a mis hijos al cole he entrado en el aula. Mi padre se pasó la vida repartiéndose entre dos olores: el de los niños de la escuela y el de los cerdos por la tarde.
De aquel
colegio a mí también me quedan dos olores en la memoria, el de las aulas cerradas llenas de niños y el de los las ramas de celindo en flor que traían las niñas el mes de mayo para llevar a la imagen de la virgen. Las niñas traían las flores y la monja atravesaba toda la clase mientras el perfume se esparcía dejando un olor a virgen y a mayo.Inmediatamente nos poníamos en pié y la monja nos hacia cantar la canción mientras movía sus brazos para dar el compás: “Venid y vamos todos con flores a Maria que madre nuestra es.” Nuestras vocecitas resonaban entre aquellas paredes viejas con grandes ventanales de cristales sucios. El recreo era para jugar en el patio, un patio lleno de piedras con árbol miserable en medio.
A veces los niños se lastimaban y se hacian heridas, entonces la monja hacia traer la sangre de Cristo que todo lo cura, y de un pequeño frasquito misterioso sacaba con un cuentagotas la mercromina para aplicar la sangre bendita al infortunado niño. 
De aquel colegio y de aquellas monjas proceden mis primeros castigos. Las monjas me castigaban porque escribía con la mano izquierda, me hacian sentirme mal, diferente al resto de niños y se burlaban de mí. Cuando me veian coger el lápiz con la mano izquierda recibía un pescozón y me ataban la mano a la silla para que no tuviera más remedio que agarrarlo con la derecha. La derecha era la mano de Dios, la izquierda la del Diablo, por eso yo era malo, y despertaba la antipatía en aquellas monjas iluminadas.
Yo no quería ir al colegio, mamá me arrastraba por las calles hasta que me dejaba junto a la puerta, abandonado a los caprichos de aquellas educadoras. Un día no quise entrar, no sé como, pero recuerdo que iba solo por las calles de Argamasilla, asomándome por los portales, curioseando hasta que me descubrió la señora Lola, una mujer que conocía a mamá y que algunas veces había ido a la casa a limpiar. Estaba dentro de su casa, pero me vió a traves de la ventana. – así que haciendo novillos, me dijo, ya verás cuando se enteren tus padres. Y me cogió de la mano y me condujo a la casa. Entonces recibí mi primer castigo. El primer castigo por escoger la libertad en vez de la opresión de las odiosas monjas.
Etiquetas: ARGAMASILLA

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