El tio Gregorio
El tío Gregorio:
El tío Gregorio era uno de los hermanos de la abuelita. La vida le había traído a Massamagrell. Era uno de tantos inmigrantes de interior que hizo que Valencia y las grandes ciudades de España, se llenaran de personas procedentes del campo en busca de un trabajo mejor y un futuro para sus hijos. Por eso, se había establecido en ese pueblo grande cerca de la capital, junto a la Puebla de Farnals. La primera vez que fuimos a verlo, estuvimos dando vueltas por el pueblo buscando la calle, hasta que Papá encontró en un portal unos buzones de correos con su nombre, donde el apellido estaba mal escrito, ponía Gregorio De Lamo en vez de Del Amo. En un piso de las afueras del pueblo se había instalado, con su mujer Carmen, sus hijas pequeñas y el mayor José. Durante un tiempo fueron las risas y las presentaciones, el subir al pisito para tomar jamón y queso. El primo José, me llevo a dar un paseo por las afueras del pueblo, mas bien por detrás de la finca, la frontera entre huertas y construcciones que casi no se notaba debido al rápido crecimiento de la ciudad. Entre maderas y restos de construcción, sobrevivían los restos de las huertas del pueblo y debajo de una higuera el primo había instalado unos cepos para cazar pájaros. Los inmigrantes del campo se llevaban consigo el aire del campo a la ciudad, y las costumbres rurales permanecían latentes, como su seña de identidad que no se debía de perder por nada. El primo me enseñaba orgulloso sus cepos, esta vez vacíos.
Cuando bajamos a la calle, las hijas pequeñas, estaban ilusionadísimas porque papá les llevara a pasear con el Dos caballos. Papá les llevó dando una vuelta a la manzana, y sus caras alegres y llenas de ilusión, me hacían pensar en lo relativo de todo, en lo fácil que es hacer feliz a los niños.
El tío Gregorio no tenia coche, y por eso siempre venia con moto. Cuando nos habíamos instalado en el apartamento, muchas veces nos hacia una visita. Subía al piso, y desde la terraza, viendo el mar azul, hablaba con papá, de otros tiempos, de los abuelitos, del molino... de los hijos. Eran sus historias de otros tiempos que yo no viví, pero que estaban en la conversación cariñosa, junto a los tacos de jamón y queso que papá siempre sacaba. Las costumbres de cuando vivian en el molino se mantenían de alguna manera.
Un día invitó a Papá a ir a pescar tencas, son unos peces grandes que viven en las acequias llenas de cieno, ese barro negro, casi petróleo, que oscurece el agua en cuanto lo tocas y que huele a cañería vieja. El tío había traído un trasmallo, era una red, con corchos arriba y plomos abajo, que se extendía de orilla a orilla de la acequia.
Nos metimos dentro de los campos de arroz y carrizos que hay junto a la playa y después de instalar la red íbamos unos cuantos metros acequia arriba y dábamos palos en el agua para asustar las tencas y llevarlas a la red. Los corchos se movían sobre el agua cenagosa indicando que se habían enredado, entonces el tío sacaba el trasmallo y aparecían las tencas doradas, moviéndose rabiosas, y enredándose cada vez más.
En muy poco rato llenamos un cubo entero de peces, ahora no se podría hacer, por estar prohibido, pero entonces íbamos contentos con nuestra pesca, con el mismo trasmallo que años antes habían utilizado en el molino.
Mamá no era tan romántica, los peces malolientes fueron a parar a la pequeña cocina del apartamento, el tío no se los quería llevar, solo le gustaba pescarlos, pero aquellos pescados eran difíciles de cocinar, no se les iba de ninguna forma el sabor de cieno, precisamente de lo que se alimentaban. Mama los hizo fritos, rebozados, yo apenas probé un pequeño trozo.
Otro día, mas adelante, el tío apareció con su moto a visitar a su sobrino. Esta vez se trataba de coger caracolas. Esos caracoles grandecitos, primos hermanos de las lapas, que viven pegados a las rocas del mar, junto a los mejillones, en los sitios donde baten las olas.
De la misma forma que cuando las tencas, también fuimos los tres: Papá el tío y yo, nos acercamos junto al restaurante Bolea, el primer restaurante de la playa, que existía antes que ningún otro edificio, el restaurante era un chiringuito playero, con techo de uralitas, construido junto al mar, casi encima de él, sobre unas rocas, de forma que en los días de tormenta no se podía estar porque las olas te mojaban. El bolea era el restaurante emblemático, que en este año en que estoy escribiendo ha sido derruido por fin (2006) tras mas de cuarenta años sin cambios. En las rocas del Bolea azotadas por las olas se criaban las caracolas de mar, se pegaban a la roca como las lapas. El tío Gregorio se metía en el mar y con el agua por la cintura iba registrando las rocas y recogiendo las caracolas pegadas, en poco tiempo recogimos una bolsa llena. Después paso lo mismo que con las tencas, las llevamos a la cocina de mamá, esta vez había que hervir los bichos mucho rato, para que se ablandaran, y cuando hervían soltaban como un tinte que ponía negra la olla, mamá se enfadaba, luego había que sacarles la moya con la punta de un cuchillo. Todo el esfuerzo de una tarde para conseguirse un platito de caracolas, que probamos en la terraza, acompañadas de tacos de jamón y queso.
El tío Gregorio se acercaba a la puebla siempre que podía, los años fueron pasando, las visitas a Papá eran frecuentes, y se notaba que se apreciaban mucho, un día los vi pasar a los dos juntos caminando hacia el puerto, el tío me saludo al verme, iban a pescar con la barca de papá y se fueron hacia el espigón. Yo estaba con mis pensamientos, paseando, buscando a algún amigo. Y así estuve por la playa un tiempo, hasta que de lejos vi a papá con el coche R12 haciendo marcha atrás, en el puerto y al tío sentado sobre una piedra. Me pareció extraño. Después, por la tarde me enteré de lo sucedido: El tío comenzó a sentirse mal nada más meterse en la barca, le dolía el pecho mucho, por eso papá volvió a por el coche y el mismo lo llevó al hospital, a La Fe, por el camino papá miraba por el retrovisor como el tío sudaba y se quejaba de dolor, era un infarto de corazón, en la Fe no se dieron cuenta y los hicieron esperar. El tío se caía en la sala de espera y papá corrió a llamar la atención de los médicos, enseguida paso dentro, y al poco rato alguien salió a dar la noticia a mi padre de que su tío había muerto. La muerte se había presentado de repente, sin avisar, sin que mi tío se pudiera despedir siquiera de sus hijos y de su mujer. Mi padre tuvo que darles la noticia, y ahora lo recuerdo aquella tarde, tumbado en la cama sin atreverse a levantarse, derrumbado, encajando el golpe, uno de los muchos golpes que te da la vida.
El tío Gregorio nos dejó un recuerdo, ese día también había ido a la Puebla con su moto, y esta vez nos traía un regalo, envuelto cuidadosamente en una caja de cartón, no fuera a romperse, era un payaso de cerámica, el ultimo regalo, que después quedó durante muchos años en el recibidor de la casa de Manises, un testigo mudo del cariño que el tío tenia por su sobrino.
Al día siguiente vinieron los abuelitos, al entierro del hermano.
El tío Gregorio era uno de los hermanos de la abuelita. La vida le había traído a Massamagrell. Era uno de tantos inmigrantes de interior que hizo que Valencia y las grandes ciudades de España, se llenaran de personas procedentes del campo en busca de un trabajo mejor y un futuro para sus hijos. Por eso, se había establecido en ese pueblo grande cerca de la capital, junto a la Puebla de Farnals. La primera vez que fuimos a verlo, estuvimos dando vueltas por el pueblo buscando la calle, hasta que Papá encontró en un portal unos buzones de correos con su nombre, donde el apellido estaba mal escrito, ponía Gregorio De Lamo en vez de Del Amo. En un piso de las afueras del pueblo se había instalado, con su mujer Carmen, sus hijas pequeñas y el mayor José. Durante un tiempo fueron las risas y las presentaciones, el subir al pisito para tomar jamón y queso. El primo José, me llevo a dar un paseo por las afueras del pueblo, mas bien por detrás de la finca, la frontera entre huertas y construcciones que casi no se notaba debido al rápido crecimiento de la ciudad. Entre maderas y restos de construcción, sobrevivían los restos de las huertas del pueblo y debajo de una higuera el primo había instalado unos cepos para cazar pájaros. Los inmigrantes del campo se llevaban consigo el aire del campo a la ciudad, y las costumbres rurales permanecían latentes, como su seña de identidad que no se debía de perder por nada. El primo me enseñaba orgulloso sus cepos, esta vez vacíos.
Cuando bajamos a la calle, las hijas pequeñas, estaban ilusionadísimas porque papá les llevara a pasear con el Dos caballos. Papá les llevó dando una vuelta a la manzana, y sus caras alegres y llenas de ilusión, me hacían pensar en lo relativo de todo, en lo fácil que es hacer feliz a los niños.
El tío Gregorio no tenia coche, y por eso siempre venia con moto. Cuando nos habíamos instalado en el apartamento, muchas veces nos hacia una visita. Subía al piso, y desde la terraza, viendo el mar azul, hablaba con papá, de otros tiempos, de los abuelitos, del molino... de los hijos. Eran sus historias de otros tiempos que yo no viví, pero que estaban en la conversación cariñosa, junto a los tacos de jamón y queso que papá siempre sacaba. Las costumbres de cuando vivian en el molino se mantenían de alguna manera.
Un día invitó a Papá a ir a pescar tencas, son unos peces grandes que viven en las acequias llenas de cieno, ese barro negro, casi petróleo, que oscurece el agua en cuanto lo tocas y que huele a cañería vieja. El tío había traído un trasmallo, era una red, con corchos arriba y plomos abajo, que se extendía de orilla a orilla de la acequia.
Nos metimos dentro de los campos de arroz y carrizos que hay junto a la playa y después de instalar la red íbamos unos cuantos metros acequia arriba y dábamos palos en el agua para asustar las tencas y llevarlas a la red. Los corchos se movían sobre el agua cenagosa indicando que se habían enredado, entonces el tío sacaba el trasmallo y aparecían las tencas doradas, moviéndose rabiosas, y enredándose cada vez más.
En muy poco rato llenamos un cubo entero de peces, ahora no se podría hacer, por estar prohibido, pero entonces íbamos contentos con nuestra pesca, con el mismo trasmallo que años antes habían utilizado en el molino.
Mamá no era tan romántica, los peces malolientes fueron a parar a la pequeña cocina del apartamento, el tío no se los quería llevar, solo le gustaba pescarlos, pero aquellos pescados eran difíciles de cocinar, no se les iba de ninguna forma el sabor de cieno, precisamente de lo que se alimentaban. Mama los hizo fritos, rebozados, yo apenas probé un pequeño trozo.
Otro día, mas adelante, el tío apareció con su moto a visitar a su sobrino. Esta vez se trataba de coger caracolas. Esos caracoles grandecitos, primos hermanos de las lapas, que viven pegados a las rocas del mar, junto a los mejillones, en los sitios donde baten las olas.
De la misma forma que cuando las tencas, también fuimos los tres: Papá el tío y yo, nos acercamos junto al restaurante Bolea, el primer restaurante de la playa, que existía antes que ningún otro edificio, el restaurante era un chiringuito playero, con techo de uralitas, construido junto al mar, casi encima de él, sobre unas rocas, de forma que en los días de tormenta no se podía estar porque las olas te mojaban. El bolea era el restaurante emblemático, que en este año en que estoy escribiendo ha sido derruido por fin (2006) tras mas de cuarenta años sin cambios. En las rocas del Bolea azotadas por las olas se criaban las caracolas de mar, se pegaban a la roca como las lapas. El tío Gregorio se metía en el mar y con el agua por la cintura iba registrando las rocas y recogiendo las caracolas pegadas, en poco tiempo recogimos una bolsa llena. Después paso lo mismo que con las tencas, las llevamos a la cocina de mamá, esta vez había que hervir los bichos mucho rato, para que se ablandaran, y cuando hervían soltaban como un tinte que ponía negra la olla, mamá se enfadaba, luego había que sacarles la moya con la punta de un cuchillo. Todo el esfuerzo de una tarde para conseguirse un platito de caracolas, que probamos en la terraza, acompañadas de tacos de jamón y queso.
El tío Gregorio se acercaba a la puebla siempre que podía, los años fueron pasando, las visitas a Papá eran frecuentes, y se notaba que se apreciaban mucho, un día los vi pasar a los dos juntos caminando hacia el puerto, el tío me saludo al verme, iban a pescar con la barca de papá y se fueron hacia el espigón. Yo estaba con mis pensamientos, paseando, buscando a algún amigo. Y así estuve por la playa un tiempo, hasta que de lejos vi a papá con el coche R12 haciendo marcha atrás, en el puerto y al tío sentado sobre una piedra. Me pareció extraño. Después, por la tarde me enteré de lo sucedido: El tío comenzó a sentirse mal nada más meterse en la barca, le dolía el pecho mucho, por eso papá volvió a por el coche y el mismo lo llevó al hospital, a La Fe, por el camino papá miraba por el retrovisor como el tío sudaba y se quejaba de dolor, era un infarto de corazón, en la Fe no se dieron cuenta y los hicieron esperar. El tío se caía en la sala de espera y papá corrió a llamar la atención de los médicos, enseguida paso dentro, y al poco rato alguien salió a dar la noticia a mi padre de que su tío había muerto. La muerte se había presentado de repente, sin avisar, sin que mi tío se pudiera despedir siquiera de sus hijos y de su mujer. Mi padre tuvo que darles la noticia, y ahora lo recuerdo aquella tarde, tumbado en la cama sin atreverse a levantarse, derrumbado, encajando el golpe, uno de los muchos golpes que te da la vida.
El tío Gregorio nos dejó un recuerdo, ese día también había ido a la Puebla con su moto, y esta vez nos traía un regalo, envuelto cuidadosamente en una caja de cartón, no fuera a romperse, era un payaso de cerámica, el ultimo regalo, que después quedó durante muchos años en el recibidor de la casa de Manises, un testigo mudo del cariño que el tío tenia por su sobrino.
Al día siguiente vinieron los abuelitos, al entierro del hermano.
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