la plaza del pueblo
La plaza
Desde la casa a diez metros se llegaba al parque que hay junto a la iglesia, rodeado por unos árboles frondosos enormes que soltaban castañas, las “pilongas” como nos decía Encarnita, que no se podían comer porque eran amargas y según algunos, hasta venenosas.
La carretera de adoquines, por donde pasaban los viejos camiones y los carros, lo limitaba por el fondo, y por el otro lado el Ayuntamiento y el Casino, justo antes de llegar al puente del canal del río.
Tenía suerte de vivir tan cerca, muchas veces bajaba solo a jugar con algún niño vecino.
Cuando llegaba el otoño las hojas grandes de los castaños de indias formaban remolinos en los rincones, movidas por el viento.
En la mitad del parque había una fuente con luces de colores y un templete clásico de música que casi nunca se utilizó, mas bien servia de urinario aprovechando los rincones que dejaba la escalerita de subir los músicos.
Los domingos se llenaba de gente, prácticamente no habia otra cosa que hacer, ir al cine o pasear, por eso se vestían de domingo y se dedicaban a ir de un lado a otro después de la misa paseando despacio hasta el final, donde el casino y el Ayuntamiento.
La pequeña explanada frente al Ayuntamiento estaba pavimentada, prácticamente era el único sitio donde se podia ir sin peligro de tropezar con piedras, por eso se juntaban todos los pequeños del pueblo con su triciclo a hacer carreritas. En una ocasión yo me lo turnaba con Miguel, e iba de un lado a otro dando vueltas, mientras Papá y Mamá conversaban con los amigos, Javier era pequeño y mamá lo sujetaba en brazos mientras él jugueteaba con el collar de perlas, bisutería muy popular por entonces, hasta que de un estirón se rompió el hilo y las perlas salieron en todas direcciones rebotando por el suelo. Me acuerdo después de ir con mi triciclo rastreando todo el suelo buscando bolitas.
No había toboganes ni columpios como ahora, el parque era el sitio de reunión publica donde las mujeres aprovechaban para hacer vida social, los hombres iban al casino, donde se jugaba al dominó y a las cartas. Y los niños nos conformábamos con ir de la mano de nuestros padres por el parque, saludando a unos y a otros.
También se podía ir al cine, valía dos pesetas, y era una sala no muy grande también junto a la iglesia donde Papá y Mamá nos llevaban a ver películas infantiles, de esa época.
Me acuerdo de la primera vez que vi la película Blanca nieves, yo sentado junto a mis padres, extasiado, viendo en la pantalla gigante a Blanca nieves cantando en el pozo del castillo... Otras veces eran las películas de Joselito o de Marisol, o alguna de aventuras de indios y vaqueros.. Era la primera vez que el cine irrumpía en mi vida y daba alas a la fantasía.
Antes de que comenzara la película Encarnita nos daba un trozo de chicle, el chicle
de entonces se llamaba Joe BazoKa y tenia una forma curiosa, como tres discos rosas pegados, de forma que se podia partir en tres pedazos del tamaño de una moneda que repartía siempre con la recomendación de no tragarlo, no fuera que se nos pegaran las tripas.
En el intermedio dos altavoces situados en medio de la sala atronaban con el poromponpero de Manolo Escobar mientras los niños nerviosos nos salíamos de los asientos de madera y corríamos por el pasillo, hasta que se apagaban las luces y se corrían las cortinas.
Entonces empezaba la magia, la ilusión se transportaba a la pantalla que en aquellos momentos era la ventana del mundo, aunque antes teníamos que ver a Franco inaugurando pantanos en el noticiario del Nodo.
Tras aquellas noticias en blanco y negro ponian la película en colores de Blancanieves o de vaqueros o de aventuras, el caso es que el cine era el escaparate de la vida, lo que nos decia que fuera de aquel pueblo y de aquel mundo tan estrecho habia mas cosas por descubrir.
Mis ojos de niño estaban atentos a todo lo que podia pasar, al calor de los brazos de mama, al calor de la mano de Papá. Después de la funcion volviamos a la plaza, a pasear el resto de la tarde, bajo los castaños de indias, a recordar los momentos de las películas y a terminar la tarde con los demás niños del parque, los vecinos de las casas colindantes
A veces a pelearse, a veces a jugar al escondite.
Desde la casa a diez metros se llegaba al parque que hay junto a la iglesia, rodeado por unos árboles frondosos enormes que soltaban castañas, las “pilongas” como nos decía Encarnita, que no se podían comer porque eran amargas y según algunos, hasta venenosas.
La carretera de adoquines, por donde pasaban los viejos camiones y los carros, lo limitaba por el fondo, y por el otro lado el Ayuntamiento y el Casino, justo antes de llegar al puente del canal del río.
Tenía suerte de vivir tan cerca, muchas veces bajaba solo a jugar con algún niño vecino.
Cuando llegaba el otoño las hojas grandes de los castaños de indias formaban remolinos en los rincones, movidas por el viento.
En la mitad del parque había una fuente con luces de colores y un templete clásico de música que casi nunca se utilizó, mas bien servia de urinario aprovechando los rincones que dejaba la escalerita de subir los músicos.
Los domingos se llenaba de gente, prácticamente no habia otra cosa que hacer, ir al cine o pasear, por eso se vestían de domingo y se dedicaban a ir de un lado a otro después de la misa paseando despacio hasta el final, donde el casino y el Ayuntamiento.
La pequeña explanada frente al Ayuntamiento estaba pavimentada, prácticamente era el único sitio donde se podia ir sin peligro de tropezar con piedras, por eso se juntaban todos los pequeños del pueblo con su triciclo a hacer carreritas. En una ocasión yo me lo turnaba con Miguel, e iba de un lado a otro dando vueltas, mientras Papá y Mamá conversaban con los amigos, Javier era pequeño y mamá lo sujetaba en brazos mientras él jugueteaba con el collar de perlas, bisutería muy popular por entonces, hasta que de un estirón se rompió el hilo y las perlas salieron en todas direcciones rebotando por el suelo. Me acuerdo después de ir con mi triciclo rastreando todo el suelo buscando bolitas.
No había toboganes ni columpios como ahora, el parque era el sitio de reunión publica donde las mujeres aprovechaban para hacer vida social, los hombres iban al casino, donde se jugaba al dominó y a las cartas. Y los niños nos conformábamos con ir de la mano de nuestros padres por el parque, saludando a unos y a otros.
También se podía ir al cine, valía dos pesetas, y era una sala no muy grande también junto a la iglesia donde Papá y Mamá nos llevaban a ver películas infantiles, de esa época.
Me acuerdo de la primera vez que vi la película Blanca nieves, yo sentado junto a mis padres, extasiado, viendo en la pantalla gigante a Blanca nieves cantando en el pozo del castillo... Otras veces eran las películas de Joselito o de Marisol, o alguna de aventuras de indios y vaqueros.. Era la primera vez que el cine irrumpía en mi vida y daba alas a la fantasía.
Antes de que comenzara la película Encarnita nos daba un trozo de chicle, el chicle
En el intermedio dos altavoces situados en medio de la sala atronaban con el poromponpero de Manolo Escobar mientras los niños nerviosos nos salíamos de los asientos de madera y corríamos por el pasillo, hasta que se apagaban las luces y se corrían las cortinas.
Entonces empezaba la magia, la ilusión se transportaba a la pantalla que en aquellos momentos era la ventana del mundo, aunque antes teníamos que ver a Franco inaugurando pantanos en el noticiario del Nodo.
Tras aquellas noticias en blanco y negro ponian la película en colores de Blancanieves o de vaqueros o de aventuras, el caso es que el cine era el escaparate de la vida, lo que nos decia que fuera de aquel pueblo y de aquel mundo tan estrecho habia mas cosas por descubrir.
Mis ojos de niño estaban atentos a todo lo que podia pasar, al calor de los brazos de mama, al calor de la mano de Papá. Después de la funcion volviamos a la plaza, a pasear el resto de la tarde, bajo los castaños de indias, a recordar los momentos de las películas y a terminar la tarde con los demás niños del parque, los vecinos de las casas colindantes
A veces a pelearse, a veces a jugar al escondite.
Etiquetas: ARGAMASILLA

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