El molino del membrillo

este es un blog familiar. Dedicado a la memoria perdida

10 de marzo de 2008

la bicicleta


La bicicleta
La carretera todavía estaba medio en obras, llena de piedras y sin asfaltar. Aún no se había estrenado, por eso no pasaban coches. A lo lejos se podían ver los dos pueblos, Argamasilla y Tomelloso.
Papá paró el Dos caballos y sacó la pequeña bici, que un tiempo antes los tíos Ramón y Julia me habían enviado desde Francia.
Hasta entonces me había limitado a intentar pedalear por la plaza de la iglesia. Con las dos ruedecillas acopladas detrás para no caerme. Esta vez a Papá le pareció que ya podia aprender a ir sin ayuda y las desmontó.
Comenzamos a hacer prácticas, yo pedaleando en la bici y Papá corriendo a mi lado, agarrando el sillín por detrás para que no cayera. Así estuvimos gran parte de la mañana.
Yo cada vez pedaleaba más confiado, por aquella carretera sin terminar. Papá me alentaba mientras sujetaba la bici y me decía: más fuerte Manolín, sujeta bien el manillar, no tengas miedo... Pedaleaba cada vez con más gana seguro de que no me caía porque mi padre me sujetaba detrás. Lo repetimos una y otra vez, él resoplando de cansado a mi lado y yo apretando en los pedales...
En una de aquellas carreras, mientras corría a mi lado, soltó la mano del sillín sin que me diera cuenta. Yo cada vez estaba mas seguro y sorteaba las piedras del camino con cuidado mientras mantenía el equilibrio... Al poco rato me llamaba orgulloso desde lejos para que parara. ¡Ya sabía ir en bicicleta!.
Metimos la bici en el coche y volvimos a Argamasilla.

Al oír el motor en la calle, Mamá se asomó por el balcón de la casa a recibirnos, Papá orgulloso, con una sonrisa le decía que ya sabía montar solo, y yo para demostrarlo me desplazaba haciendo eses hasta el final de la calle, donde la farola de plato y bombilla, y volvía triunfante, ignorante de que ese día, cuando aprendí a ir en bici, lo iba a recordar siempre.

Aquella bici fue mi primer vehículo, si descontamos el triciclo, que me servia para pasear con mis hermanos en la plaza. Con ella recorría las sendas solitarias junto al Molino. Pequeños paseos que a mí me suponían la libertad absoluta. Treinta años después cuando recorría España, por las aldeas de Galicia o de Cuenca
Inconscientemente he buscado esos mismos caminos.
Los primeros recados, consistían en llevar el almuerzo en un talego de tela a mi abuelito que estaba regando remolachas en algún campo alejado del molino, yo era lo suficiente mayor como para ir con mi bici siguiendo el camino pedregoso hasta encontrarlo agachado junto a una reguera, haciendo pequeños muretes de tierra con la azada para conducir el agua.
Mi abuelo estaba descalzo, y sus grandes pies se mojaban en el agua fría despertando en mi un sentimiento de admiración por su fortaleza.
De vuelta al molino aparcaba la bici sobre algún campo de alfalfa, y entonces me tumbaba en la hierba, cara arriba, viendo pasar las nubes. La imaginación me hacia ver las figuras de mis cuentos en las formas cambiantes de las nubes, el cielo arrastrando borregos.. Los monstruos y el coco, ser mitológico que todos los mayores se empeñaban en hacerme creer que existía, en aquellas nubes negras. Los chopos cercanos respiraban con el viento que movía las hojas y la perperstiva desde el suelo los hacía diferentes.. Un espectáculo de la naturaleza en aquel campo marchito, con dos o tres árboles, una reguera y un camino polvoriento en la llanura de la Mancha.

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