las lagunas de Ruidera
Las Lagunas de Ruidera
Las lagunas eran el sitio donde se acostumbraba a ir de excursión y a pescar. Son ocho o diez, comunicadas entre sí, por pequeñas cascadas, pues están a distinta altura, de ahí les viene el nombre de Ruidera, por el ruido del agua al caer.
El agua de todas estas lagunas forma el rio Guadiana, que a partir de aquí comienza su andadura por la Mancha, haciendo meandros entre los campos pelados y en algunas ocasiones acompañándose de hileras de chopos.
El paraje era el objetivo de las excursiones que se organizaban en el pueblo.
Las `primeras veces, cuando no teníamos coche, íbamos todos en autobús, los amigos de papá y sus familias, era de aquellos antiguos, con asientos de madera y ceniceros llenos de colillas medio rotos en los brazos. Cuando te sentabas en aquellos incómodos y resbalosos asientos, se podían observar las fotografías en colores de zonas turísticas y paisajes que estaban sujetas al respaldo del asiento delantero. Por detrás de la redecilla que se utilizaba para dejar los bocadillos.
La excursión, aunque no era lejos, era como una pequeña aventura. Había que madrugar, las carreteras estaban llenas de baches y de curvas cerradas. Y los mayores, excitados cantaban canciones de las de siempre y que ahora están olvidadas. Era la primera vez que oía la cantinela”: Ahora que vamos despacio vamos a contar mentiras, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas trailará”.
Antes de llegar a las lagunas, en los primeros tramos salvajes del rió, se paraba en el castillo de Peñarroya, que defendía la zona en la época de los árabes. Junto al castillo está la ermita de la Virgen, muy querida en la zona.
Todos los años se organizaba una romería al castillo y a la ermita. Era un día feliz, de fiesta, acudían de los pueblos a ver la virgen, y de paso a divertirse con el ajetreo de carros engalanados sobriamente, tirados por mulos o por burros, tartanas, coches, autobuses.
Me acuerdo vagamente, era muy pequeño, pero todavía aparece en mis impresiones de aquel día el calor sofocante y la gente dentro de los carros tapadas bajo el toldo, almorzando, bebiendo el vino de las botas.
Volvíamos cuando se hacía de noche, después de pasar el día cerca del agua y en el castillo, cansados y cantando, los conejos saltaban por la carretera asustados por las luces del autobús, y la gente hacia parar al conductor para bajar a perseguir los gazapos, sin resultado alguno, pues rápidamente se escondían entre las retamas.
El autobús antiguo se dedicaba a las excursiones, poca gente de los pueblos tenía coche propio, por eso más de una vez nos juntábamos con los amigos de Papá, para ir a algún lado a pasar el día.
Papá conocía muy bien las lagunas, y también el abuelito, que se sabía una poesía con el nombre de todas ellas, no en vano muy cerca estaba el molino de la Parra, donde estuvieron los abuelos de papá, padres de la abuelita. Y donde antes de tener el molino de Membrillo también vivieron los abuelitos.
Un día me llevó a pescar. Entonces ya teníamos el coche, y en él fuimos probando sitios hasta que paramos en una orilla pedregosa y soleada, sin sombras de ninguna clase. Papá me dejó sujetar una de las cañas, la menor, sentado sobre una piedra, mientras vigilaba el corcho que flotaba en medio de las aguas plateadas. Así estábamos un rato, él trajinando con su caña y yo sujetando la mía pendiente del corchito. Papá me decía con ilusión, “mira bien Manolín que parece que te están picando”. El pequeño flotador se hundía un poquito en el agua, y la caña comenzó a temblar un poquitín, pero paró enseguida. Papá se acercó y me dijo sonriente: tira de la caña porque te han picado. Al tirar salió colgando del hilo un pequeño pez plateado dando volantines en el aire. Me sentía el niño más feliz del mundo, ¡ya sabía pescar como mi padre!.
Durante toda la tarde estuvimos al sol, en aquella orilla, sacando pececillos del agua y metiendoles en un cubo. El calor acentuaba el olor de las retamas y las aliagas amarillas. Las manos ásperas y mojadas, con escamas de pescado pegadas que me olían a primera vez, la primera vez que pescaba y cogía un pez que se doblaba entre mis dedos.
Al final del día estaba orgulloso, habíamos pescado mucho, casi todos los peces con mi caña pequeña y corcho. El sol estaba rojo poniéndose entre las montañas, reflejándose en la laguna, como lo estaban nuestros cuerpos después de toda la tarde sin sombra, solo con un sombrero de paja.
No fue suficiente, Papá sufrió quemaduras por el sol y le salieron ampollas en la piel. Mamá lo curaba con un algodón empapado en vinagre. El ácido olor se esparcía por la casa mientras yo observaba como se escurría por su espalda.
Volví a las Lagunas 17 años más tarde durante un viaje con Papá. Al molino de la Parra se lo habían comido las zarzas y apenas quedaba alguna piedra en pié, papa rebuscó entre las ruinas y encontró una sartén negra abollada y oxidada, se quedó un rato pensando, se puso serio y recogió aquel recuerdo de sus abuelos mientras me contaba emocionado la historia de aquellas piedras.
Las lagunas eran el sitio donde se acostumbraba a ir de excursión y a pescar. Son ocho o diez, comunicadas entre sí, por pequeñas cascadas, pues están a distinta altura, de ahí les viene el nombre de Ruidera, por el ruido del agua al caer.
El agua de todas estas lagunas forma el rio Guadiana, que a partir de aquí comienza su andadura por la Mancha, haciendo meandros entre los campos pelados y en algunas ocasiones acompañándose de hileras de chopos.
El paraje era el objetivo de las excursiones que se organizaban en el pueblo.
Las `primeras veces, cuando no teníamos coche, íbamos todos en autobús, los amigos de papá y sus familias, era de aquellos antiguos, con asientos de madera y ceniceros llenos de colillas medio rotos en los brazos. Cuando te sentabas en aquellos incómodos y resbalosos asientos, se podían observar las fotografías en colores de zonas turísticas y paisajes que estaban sujetas al respaldo del asiento delantero. Por detrás de la redecilla que se utilizaba para dejar los bocadillos.
La excursión, aunque no era lejos, era como una pequeña aventura. Había que madrugar, las carreteras estaban llenas de baches y de curvas cerradas. Y los mayores, excitados cantaban canciones de las de siempre y que ahora están olvidadas. Era la primera vez que oía la cantinela”: Ahora que vamos despacio vamos a contar mentiras, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas trailará”.
Antes de llegar a las lagunas, en los primeros tramos salvajes del rió, se paraba en el castillo de Peñarroya, que defendía la zona en la época de los árabes. Junto al castillo está la ermita de la Virgen, muy querida en la zona.
Todos los años se organizaba una romería al castillo y a la ermita. Era un día feliz, de fiesta, acudían de los pueblos a ver la virgen, y de paso a divertirse con el ajetreo de carros engalanados sobriamente, tirados por mulos o por burros, tartanas, coches, autobuses.
Me acuerdo vagamente, era muy pequeño, pero todavía aparece en mis impresiones de aquel día el calor sofocante y la gente dentro de los carros tapadas bajo el toldo, almorzando, bebiendo el vino de las botas.
Volvíamos cuando se hacía de noche, después de pasar el día cerca del agua y en el castillo, cansados y cantando, los conejos saltaban por la carretera asustados por las luces del autobús, y la gente hacia parar al conductor para bajar a perseguir los gazapos, sin resultado alguno, pues rápidamente se escondían entre las retamas.
El autobús antiguo se dedicaba a las excursiones, poca gente de los pueblos tenía coche propio, por eso más de una vez nos juntábamos con los amigos de Papá, para ir a algún lado a pasar el día.
Papá conocía muy bien las lagunas, y también el abuelito, que se sabía una poesía con el nombre de todas ellas, no en vano muy cerca estaba el molino de la Parra, donde estuvieron los abuelos de papá, padres de la abuelita. Y donde antes de tener el molino de Membrillo también vivieron los abuelitos.
Un día me llevó a pescar. Entonces ya teníamos el coche, y en él fuimos probando sitios hasta que paramos en una orilla pedregosa y soleada, sin sombras de ninguna clase. Papá me dejó sujetar una de las cañas, la menor, sentado sobre una piedra, mientras vigilaba el corcho que flotaba en medio de las aguas plateadas. Así estábamos un rato, él trajinando con su caña y yo sujetando la mía pendiente del corchito. Papá me decía con ilusión, “mira bien Manolín que parece que te están picando”. El pequeño flotador se hundía un poquito en el agua, y la caña comenzó a temblar un poquitín, pero paró enseguida. Papá se acercó y me dijo sonriente: tira de la caña porque te han picado. Al tirar salió colgando del hilo un pequeño pez plateado dando volantines en el aire. Me sentía el niño más feliz del mundo, ¡ya sabía pescar como mi padre!.
Durante toda la tarde estuvimos al sol, en aquella orilla, sacando pececillos del agua y metiendoles en un cubo. El calor acentuaba el olor de las retamas y las aliagas amarillas. Las manos ásperas y mojadas, con escamas de pescado pegadas que me olían a primera vez, la primera vez que pescaba y cogía un pez que se doblaba entre mis dedos.
Al final del día estaba orgulloso, habíamos pescado mucho, casi todos los peces con mi caña pequeña y corcho. El sol estaba rojo poniéndose entre las montañas, reflejándose en la laguna, como lo estaban nuestros cuerpos después de toda la tarde sin sombra, solo con un sombrero de paja.
No fue suficiente, Papá sufrió quemaduras por el sol y le salieron ampollas en la piel. Mamá lo curaba con un algodón empapado en vinagre. El ácido olor se esparcía por la casa mientras yo observaba como se escurría por su espalda.
Volví a las Lagunas 17 años más tarde durante un viaje con Papá. Al molino de la Parra se lo habían comido las zarzas y apenas quedaba alguna piedra en pié, papa rebuscó entre las ruinas y encontró una sartén negra abollada y oxidada, se quedó un rato pensando, se puso serio y recogió aquel recuerdo de sus abuelos mientras me contaba emocionado la historia de aquellas piedras.
Etiquetas: ARGAMASILLA

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