Los pisos de La Eliana

Los pisos de La Eliana
Por fin llegó el día del traslado, Papá contrató los servicios del basurero del pueblo, un señor que él conocía por haberle curado el burro algunas veces. En un carro, tirado por ese mismo animal, se fueron colocando los muebles y los fardos con la ropa, un montón de cachivaches.
Fue necesario hacer unos cuantos viajes, pero no importaba, el trecho a recorrer no era mucho. Total había que ir desde la casita de la escuela hasta la otra parte del pueblo, donde estaban los flamantes pisos nuevos que papá y mamá habían comprado.
Nos trasladábamos de la casita de muñecas, del campo, a la ciudad, a los pisos de protección oficial de la época de franco construidos para acomodar a la avalancha de gente de la España rural que se instalaba en las ciudades.
Yo no me daba cuenta, pero ahora sé que esa era la última vez que se hacía una mudanza con carro en mi familia, era el momento histórico, a partir de entonces ya jamás nos mudaríamos de aquella forma como nuestros abuelos o sus padres. En aquel carro tirado por el burro viajaba la ilusión, la despedida del campo, la llegada a la ciudad y a los tiempos mejores.
Con el ajetreo del traslado se perdió el reloj que el tío José me regalo por la comunión, se rompieron algunas cosas, pues el traslado en carro no era muy fino, pero pronto quedó la casita de escuela medio vacía de nuestros trastos. Mientras papá fuera el maestro no tenia que devolverla, por eso dentro quedaron algunas cosas que no querían llevar al piso
Las fincas estaban en las afueras del pueblo por entonces, eran dos fincas iguales de tres alturas que formaban una calle junto a la carretera de entrar al pueblo, justo donde empieza el cruce para ir a La Puebla de Valbona.
Por detrás ya estaban los campos de alcachofas y de maíz, y una acequia para regar que a mí me servia para seguir investigando los insectos. Por delante formando una curva, la carretera para entrar al pueblo desde Valencia y a la Pobla.
Nada más cruzar la carretera, por una calle cortita, se llegaba a la plaza de la iglesia, a unos 50 metros. Es decir, aunque viviríamos en las afueras del pueblo como antes, esta vez todo estaba muchísimo mas cerca.
Los pisos eran pequeños, no mucho mayores que la casita de la escuela, pero mamá y papá compraron dos de ellos para unirlos por dentro. Por eso la vivienda que resultaba era un poquillo rara: tenia dos puertas, dos cocinas, dos aseos, dos dormitorios de matrimonio, dos salitas, dos fregaderos en la galería. Todo era doble y opuesto como si se reflejara en un espejo.
Se unieron por los comedores y por las galerías de las cocinas, entrábamos en la casa por un portal, el más cercano a la carretera. El otro portal no lo utilizamos y la puerta estaba siempre cerrada por dentro, ocupada por detrás por unas estanterías.
La primera habitación, que correspondía a la salita del primer piso, estaba enfrente de la puerta de salida. Fue la habitación privada de papá, donde instaló su biblioteca y sus cosas.
Después se entraba a lo que seria el salón, que era el resultado de unir el comedor con uno de los dormitorios, donde se pusieron los sofás, que ya venían de argamasilla, con la mesita de railite delante. Desde esta habitación por el balcón y por la ventana del dormitorio anulado se podia ver la calle y la finca más vieja de enfrente.
Mamá puso macetas con plantas en los balcones.
Desde el salón se podía entrar por un pasillito con tres puertas, al dormitorio grande de matrimonio, al aseo, y la cocina que tenia salida a la galería interior donde se tendía la ropa. Esta cocina que estaba justo enfrente del dormitorio de mis padres se utilizó como cuarto de ropa, y se instaló la lavadora y la plancha.
El tabique del fondo del salón correspondía al dormitorio pequeño del segundo piso, el que estaba junto al comedor en la parte de la calle, por eso para unir los pisos se tuvo que hacer un pasillo acortándolo, por ese pasillo se pasaba del salón del primer piso al comedor del segundo por detrás del dormitorio.
Desde el comedor del segundo piso, con su balcón a la calle, era la misma distribución pero invertida: el pasillo para salir a la calle con la puerta anulada con una estantería delante y a la primera habitación (que en el primer piso era el despacho-biblioteca) que fue el dormitorio de los invitados. Y el segundo pasillo de tres puertas: la del aseo, la del dormitorio de matrimonio que sería nuestra habitación y la de la cocina con salida a las galerías que estaban unidas.
De golpe habíamos pasado de estar prácticamente solos en el campo a vivir rodeados de vecinos por arriba y por abajo, desde las galerías de las cocinas mamá hablaba con las vecinas. Sobre todo con Teresa, la de arriba nuestro, con la que trabó amistad.
Se podía observar lo que hacían los demás a través de las ventanas, unas ventanas tapadas con visillos y persianas de madera de color verde clarito que se ponían en la mayoría de las fincas de protección oficial.
Los bajos de la finca estaban ocupados por algunos comercios. En una de las esquinas de la finca había un bar, que también era pensión, al que acudíamos a comprar vino tinto cuando se acababa Papá me daba la botella vacía de cristal que tenia unas estrellas adornando el cuello y unas monedas para comprarlo, tenía una etiqueta con una bandera que decía cooperativa de Villar del arzobispo.
La señora del bar ponía muchas veces grandes ollas de caracoles al sol junto a la acera del bar con sal en los bordes para que no se escaparan, el objetivo era que se ahogaran al sol y murieran con el cuerpo fuera del cascarón, después los sábados por la noche se juntaba mucha gente en las mesitas de la calle para comerlos.
El bajo comercial que quedaba junto a nuestro portal estaba ocupado por un almacén de costura de sujetadores, los Kiss. Constantemente se oían los ruidos de las máquinas de coser y las risas de las jovencitas que trabajaban. De vez en cuando llegaba una furgoneta cargada con goma espuma y telas que las chicas utilizaban para confeccionar los sostenes.
Otro de los bajos estaba ocupado por una carpintería, donde se veía trabajar con las sierras a un señor bastante amable al que papá encargó dos mesas de railite con las patas de hierro cuadradillo que se instalaron una en el comedor y la otra en nuestro cuarto para estudiar.
Desde el balcón se veía la finca de enfrente, mas antigua que la nuestra también de cuatro pisos, pero que no tenia bajos comerciales porque eran viviendas. Yo me divertía observando desde casa las idas y venidas de la gente, los distintos balcones y portales de enfrente y me llegué a aprender las caras de algunos vecinos
Se oían los pájaros enjaulados, los canarios de enfrente, que a mamá le encantaban y que se quedaba algunas tardes soleadas cosiendo detrás de las puertas medio abiertas para escucharlos.
En el patio estaban los buzones, donde papá orgulloso puso su nombre en uno de ellos, y yo vigilaba todos los días para ver si me habían traído el tebeo de Pumby. Después se podia subir al segundo piso por la escalera y agarrarse al pasamanos de cuadradillo pintado de negro titanlux, pero lo más divertido no era subir, sino bajar como un loco agarrandose a la barra interior con las dos manos dando saltos e impulsándose como un saltador de pértiga.
Papá se aficionó a la construcción de estanterías de tubos de hierro cuadradoavía se encuentran ahora recicladas en el bajo se sus herramientas, en la casa de Manises, pero entonces era la librería de la casa, la armó con tornillos haciendo agujeros en los extremos de los hierros, con una taladradora pequeña que compró por entonces, una Black Decker de las primeras que se fabricaron y que entonces era un merito tener una, ahora casi las regalan en el Leroy Merlín. El caso es que armado de brocas y tornillos mi padre fue llenando la pared de la habitación de la entrada de estanterías donde puso sus libros de veterinaria y los de la casa. Después también construyo algo semejante en nuestra habitación para nuestros libros.
Durante muchas veces he visto a papá trabajar, pelearse con las tuercas que no encajaban, cortando los trozos de tornillo con la sierra de hierro, inventándose formas de sujetar algo, con sentido de la estética un poco peculiar, pero práctico. Esta habilidad la hemos heredado alguno de los hermanos, sobre todo los mayores, desde pequeños lo hemos visto sin miedo desarmar las lavadoras o los coches estropeados, arreglar los grifos, esa destreza con los trabajos manuales se las intentaba transmitir a los niños de la escuela, y también a sus hijos..
Etiquetas: La Eliana

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