El molino del membrillo

este es un blog familiar. Dedicado a la memoria perdida

12 de abril de 2008

La tienda de campaña

La tienda de campaña.

Un buen día papá trajo unas lonas que había comprado en Valencia. Unas telas recias de colores naranja y azul. Trataba de confeccionar una tienda de campaña.
Papá las había visto en un camping y seguramente le pareció que aquello era una cosa bastante fácil de hacer, por eso mamá estuvo muchos días cosiéndolas y rompiendo agujas de la maquina de coser, el caso es que aquello estaba echo a conciencia, las lonas cosidas y recosidas, con unos volantes en forma de ondas que se suponía serian para adornar el perímetro de la tienda.
Los palos que la sujetaban también eran artesanales, con trozos de hierro haciendo de topes, lo mismo que las cuerdas para tensar que eran del hilo de plástico que se usaba para tender la ropa.
Los tensores eran unos trozos de madera agujereados fabricados por Papá por donde pasaba el hilo. El caso es que estuvieron mucho tiempo él y mamá con el asunto de la bendita tienda hasta que ya se suponía estaba construida, entonces llegó el día de la prueba, para ello nos fuimos al campo que hay junto a la casita de la escuela.
El montaje de la tienda era más complicado de lo que nadie había previsto, las lonas grandes y pesadas las movía el viento y era bastante difícil sujetar Papá perdía pronto la paciencia, y no se daba cuenta de que éramos unos niños, ¡sujeta fuerte, nenete ¡ nos decía con enojo, y si por casualidad el viento movía un poco la lona ¡zas! Recibíamos un capón o una torta, el caso es que lo que se suponía seria una cosa de regocijo se transformó en un tremendo suplicio... nosotros no teníamos la culpa de que aquello estuviera mal diseñado, los palos caían, las cuerdas se destensaban a la mínima, y aquella tienda maldita no se levantaba un metro del suelo, a pesar de los capones y las tortas.
La tienda no se pudo montar bien, se quedo recogida formando un voluminoso paquete.
Al cabo de cierto tiempo surgió la oportunidad de probarla de verdad, era un fin de semana, y nos embarcamos toda la familia, en el coche, atiborrado de bolsos llenos de ropa y de comida y con la tienda, hacia Peñiscola. A papá le habían dicho que era una ciudad muy bonita, todos íbamos apretados en los asientos del “dos caballos”, pero era un viaje, uno de tantos viajes que hicimos la familia por aquellos tiempos, y la ilusión de conocer cosas y ser autónomos hacia que el coche se dirigiera tranquilamente a Peñiscola por la carretera nacional, entonces no se había construido la autopista, aquella carretera con los mojones blancos coronados de rojo a cada kilómetro y plagada de tenderetes y barecitos a la entrada de los pueblos.
Se viajaba más lento, y cada pueblo tenia un poco de características que lo identificaba de los demás, no como ahora, todo aglutinado y uniforme.
Pasamos por muchos pueblos, todos los pueblos de la costa, y las playas estaban todavía medio vírgenes, con las urbanizaciones empezando a construirse, playas de piedra y cantos rodados, con olor a sal.
El viaje duró lo suyo, todo el día, pues parábamos en cada pueblo y salimos tarde de La Eliana, llegamos a Peñiscola después del mediodía..
Todavía era un pueblo tranquilo de pescadores con algunos restaurantes, y nos dio tiempo de bañarnos en la playa que hay justo debajo del castillo, donde se rodaron las escenas de la película El Cid, con Charlon Heston y la película Calabuich de Berlanga, entonces yo no lo sabía.
Estuvimos un buen rato disfrutando de un baño de tarde junto a los barcos, y después visitamos el castillo donde se encerró y vivió el Papa Luna, un disidente de la iglesia que se proclamó Papa en la Edad Media.
Cuando ya se hacia tarde, llegó la hora de buscar un sitio para montar la tienda y pasar la noche. Buscamos y rebuscamos cerca de las playas por los caminos hasta que en un cruce de ellos, hartos y hambrientos, papá paró el coche para darnos de cenar. Mamá estaba incomoda y cansada y supongo que no colaboraría apenas a hacer el ambiente bueno, el caso es que no era un buen sitio para montar la tienda y Papá tuvo la idea de dejar que Maria amparo y Santi durmieran en los asientos del coche y los demás tumbados en el suelo junto al camino, tapándonos como una manta con la dichosa tienda de campaña sin montar, por supuesto.
De esta manera intentábamos pasar la noche, pero claro, en el campo desde que se hace de noche hasta la hora en que nos acostumbramos a ir a dormir, pasan muchas horas, por eso no teníamos sueño. Estábamos acostados sobre la tierra, tapándonos con las lonas de la tienda, mientras veíamos las estrellas del cielo y la luna que nos vigilaban.
A lo lejos se oían inquietantes y molestos ladridos de perro, algún animal que nos estaba viendo y que defendía su terreno. Los mosquitos también zumbaban alrededor, el caso es que no había forma de pegar ojo.
Los niños de dentro del coche tenían hambre y llamaban a mamá..
Así pasaron algunas horas, intentando descansar, tumbados en el suelo con las piedras clavándose en la espalda. Pero hacia un poco de frío, y de viento y comenzó a llover un poco...
No se podía aguantar así mucho rato, la noche se hacia larga por lo que Papá decidió recoger todo para ir a “ver Amanecer”. Nos metimos todos en el coche y en la oscuridad fuimos sorteando caminos hasta que volvimos a las playas vacías y al puerto. Yo buscaba en el cielo el resplandor de las primeras luces del alba mientras el vientecillo movía los aparejos de los mástiles de los barcos que sonaban como campanitas.
En el puerto solitario apenas iluminado por las luces amarillas del Dos Caballos, pronto apareció un hombre, que seguramente sería el vigilante, papá le preguntó la hora, pues tenia el reloj estropeado, la sorpresa para todos fue que eran las cuatro de la mañana, ¡todavía faltaban dos horas para que amaneciera!.
Mamá estaba enfadada, la noche estaba siendo desagradable e incomoda, ya no tenia humor para seguir así, con lo que seguimos dentro del coche e iniciamos la marcha de vuelta...
Cuando ya se hizo de día, paramos en una playa olvidada, al lado de la carretera cerca de Burriana, una de aquellas playas de cantos rodados, junto a un kiosco-chiringuito de helados cerrado y oxidados los hierros por el salitre.
El mar estaba alborotado, las olas insistían una y otra vez sobre la orilla removiendo las piedras de un lado a otro ajenas al enfado de mis padres, mamá en el coche ofuscada y papá pensativo sentado sobre una piedra pensando que quizá no era para tanto.
Me acerqué a él y me dijo desolado: “con mamá no se puede ir a ningún lado”. Yo me preguntaba quien de los dos tendría razón mientras me frotaba los ojos, que me picaban por no haber dormido apenas, y me rascaba las picaduras de mosquito mientras los camiones pasaban veloces por la carretera nacional.


La tienda de campaña no se llegó a estrenar nunca, permaneció guardada en un rincón durante mucho tiempo, su destino fue reciclarse en forma de funda para guardar el coche nuevo: el SEAT 1500 de segunda mano que compramos al año siguiente.

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