la abuelita de Manises

La abuelita de Manises
Mi abuelita de Manises se llamaba María, como mi otra abuela. Era una mujer sencilla, pero se notaba que era distinguida, con educación y con prudencia para hablar. Apenas sabía hablar bien el castellano porque siempre se había expresado en valenciano, por eso cuando hablaba conmigo siempre se le escapaba algo en valenciano.
La recuerdo bien, como la matriarca de la familia de mamá. La abuelita era viuda desde que mamá tenia cuatro años, y todo ese tiempo de soledad le había enseñado a pelear en la vida. Tuvo que mantener a sus cinco hijas en aquellos años difíciles.
Vivía en El Pozo, “El pou de les Pascualines”, como lo conocía la gente. Era la casa de la familia de mamá, en las afueras del pueblo, con el deposito del agua junto a ella como una torre de referencia para todos. En la Guerra, los aviones del aeropuerto lo llamaban la “i” por el aspecto que desde el aire tenia la casa con el gran deposito al lado.
De pequeño, apenas bebé, mamá me llevó allí por primera vez . La abuelita, orgullosa, se hizo hacer una foto debajo de la palmera con sus dos nietos bebés: Rafa y yo. Rafelin había nacido unos tres meses antes que yo.
Cuando vinimos a vivir a La Eliana, cinco años más tarde, ya no estaba en el Pozo, se había trasladado a vivir a la otra parte del pueblo, a la casa de la plaza de los Desamparados ocupada la parte de abajo por la tía Paquita y la de arriba por la tía Carmen.
El pozo seguía siendo la casa de la familia, pero se quedó a vivir un matrimonio encargado de vigilar las maquinas. Las tías solo iban en los veranos o para algunas vacaciones.
La casa de la tia Paquita era ahora el punto de referencia. La abuelita , como todas las madres, era el cemento que aglutina las piedras de las que están construidas todas las familias.
La abuelita vivía tranquila, con su hija Paquita, de carácter alegre y desenfadado y con Rafael, persona buena de la misma manera, por eso la relación era cordial y estaba perfectamente instalada en aquella casa.
Cuando llegaban los domingos o alguna celebración, nosotros acudíamos desde la Eliana a verla, siempre era un acontecimiento alegre, mamá se ponía a hablar en valenciano con sus hermanas y su madre y se contaban las ultimas noticias.
En cuanto nos oían hablar desde la casa de arriba, inmediatamente bajaban corriendo las mellizas Merche y Amparo, delgaditas y con coletas, a saludar a sus tíos y primos.
Era una fiesta, mamá y la tía Paqui no sabían hablar bajito y dulce, sino que la alegría de estar juntas las hacia casi gritar, por eso el alborozo se escuchaba desde la calle.
Ha pesar de vivir con su hija a la abuelita le gustaba ser un poco independiente y tenía su propio hornillo de camping gas para prepararse la malta y algún guiso especial, pues era diabética y aquello planteaba algún problema en la cocina.
Muchas veces nos enviaba a la farmacia de la plaza de la iglesia a Rafa y a mí a comprar yogurt "danone" de aquellos del tarro de cristal redondito y panzón, porque entonces el yogurt solo se vendía como las medicinas.
Otras veces en el mismo frasco del yogur, tapado con unos papeles de estaño y envuelto en muchos periódicos nos hacia llevar la orina para analizar “el sucre” en la misma farmacia.
Llevaba unas gafas grandes de esas bifocales para ver también de cerca cuando se sentaba a coser. Andaba despacio y con dificultad, torpemente trajinaba por la casa con cuidado de no caerse, entre su cuarto y la cocina.
Muchas veces la acompañaba a la iglesia, para escuchar la misa, pues era muy devota. Mi abuela se ponía un velo negro en el pelo sujeto con un alfiler de bolita perlada y caminábamos lentamente por medio de la calle, yo la conducía con su mano agarrada a mi brazo. Así pasito a pasito a través de la calle “de les abueles” llegábamos a la iglesia por la puerta lateral.
En la penumbra de dentro, antes de que saliera el cura, la abuelita saludaba a las conocidas del pueblo, siempre mujeres mayores como ella. La mayoría de las veces sonaba el órgano que tocaba la señora Consuelo Borras, una mujer gordita muy mayor sentada siempre frente al teclado que era la encargada del coro.
Después en los bancos de madera delanteros esperaba a que comenzara la misa, con su rosario de cuentas negras y ovaladas entre las manos.
De vuelta a casa se metía en su cuarto para guardar el abrigo dentro de su armario, en la habitación tenia la mesita de noche con estampas de vírgenes y santos debajo del cristal. Los medicamentos que tomaba para la diabetes y sus achaques estaban por encima de la cómoda, eran medicinas muy populares de entonces, como el ungüento Cañizares y el famoso lilimento Sloan, “el tio del bigote”, una especie de frasquito con un mejunje de color naranja que servia para aliviar los dolores si te lo frotabas, se llamaba así por el hombre calvo con bigote mejicano de la etiqueta.
Mi abuelita de Manises se llamaba María, como mi otra abuela. Era una mujer sencilla, pero se notaba que era distinguida, con educación y con prudencia para hablar. Apenas sabía hablar bien el castellano porque siempre se había expresado en valenciano, por eso cuando hablaba conmigo siempre se le escapaba algo en valenciano.
La recuerdo bien, como la matriarca de la familia de mamá. La abuelita era viuda desde que mamá tenia cuatro años, y todo ese tiempo de soledad le había enseñado a pelear en la vida. Tuvo que mantener a sus cinco hijas en aquellos años difíciles.
Vivía en El Pozo, “El pou de les Pascualines”, como lo conocía la gente. Era la casa de la familia de mamá, en las afueras del pueblo, con el deposito del agua junto a ella como una torre de referencia para todos. En la Guerra, los aviones del aeropuerto lo llamaban la “i” por el aspecto que desde el aire tenia la casa con el gran deposito al lado.
De pequeño, apenas bebé, mamá me llevó allí por primera vez . La abuelita, orgullosa, se hizo hacer una foto debajo de la palmera con sus dos nietos bebés: Rafa y yo. Rafelin había nacido unos tres meses antes que yo.
Cuando vinimos a vivir a La Eliana, cinco años más tarde, ya no estaba en el Pozo, se había trasladado a vivir a la otra parte del pueblo, a la casa de la plaza de los Desamparados ocupada la parte de abajo por la tía Paquita y la de arriba por la tía Carmen.
El pozo seguía siendo la casa de la familia, pero se quedó a vivir un matrimonio encargado de vigilar las maquinas. Las tías solo iban en los veranos o para algunas vacaciones.
La casa de la tia Paquita era ahora el punto de referencia. La abuelita , como todas las madres, era el cemento que aglutina las piedras de las que están construidas todas las familias.
La abuelita vivía tranquila, con su hija Paquita, de carácter alegre y desenfadado y con Rafael, persona buena de la misma manera, por eso la relación era cordial y estaba perfectamente instalada en aquella casa.
Cuando llegaban los domingos o alguna celebración, nosotros acudíamos desde la Eliana a verla, siempre era un acontecimiento alegre, mamá se ponía a hablar en valenciano con sus hermanas y su madre y se contaban las ultimas noticias.
En cuanto nos oían hablar desde la casa de arriba, inmediatamente bajaban corriendo las mellizas Merche y Amparo, delgaditas y con coletas, a saludar a sus tíos y primos.
Era una fiesta, mamá y la tía Paqui no sabían hablar bajito y dulce, sino que la alegría de estar juntas las hacia casi gritar, por eso el alborozo se escuchaba desde la calle.
Ha pesar de vivir con su hija a la abuelita le gustaba ser un poco independiente y tenía su propio hornillo de camping gas para prepararse la malta y algún guiso especial, pues era diabética y aquello planteaba algún problema en la cocina.
Muchas veces nos enviaba a la farmacia de la plaza de la iglesia a Rafa y a mí a comprar yogurt "danone" de aquellos del tarro de cristal redondito y panzón, porque entonces el yogurt solo se vendía como las medicinas.
Otras veces en el mismo frasco del yogur, tapado con unos papeles de estaño y envuelto en muchos periódicos nos hacia llevar la orina para analizar “el sucre” en la misma farmacia.
Llevaba unas gafas grandes de esas bifocales para ver también de cerca cuando se sentaba a coser. Andaba despacio y con dificultad, torpemente trajinaba por la casa con cuidado de no caerse, entre su cuarto y la cocina.
Muchas veces la acompañaba a la iglesia, para escuchar la misa, pues era muy devota. Mi abuela se ponía un velo negro en el pelo sujeto con un alfiler de bolita perlada y caminábamos lentamente por medio de la calle, yo la conducía con su mano agarrada a mi brazo. Así pasito a pasito a través de la calle “de les abueles” llegábamos a la iglesia por la puerta lateral.
En la penumbra de dentro, antes de que saliera el cura, la abuelita saludaba a las conocidas del pueblo, siempre mujeres mayores como ella. La mayoría de las veces sonaba el órgano que tocaba la señora Consuelo Borras, una mujer gordita muy mayor sentada siempre frente al teclado que era la encargada del coro.
Después en los bancos de madera delanteros esperaba a que comenzara la misa, con su rosario de cuentas negras y ovaladas entre las manos.
De vuelta a casa se metía en su cuarto para guardar el abrigo dentro de su armario, en la habitación tenia la mesita de noche con estampas de vírgenes y santos debajo del cristal. Los medicamentos que tomaba para la diabetes y sus achaques estaban por encima de la cómoda, eran medicinas muy populares de entonces, como el ungüento Cañizares y el famoso lilimento Sloan, “el tio del bigote”, una especie de frasquito con un mejunje de color naranja que servia para aliviar los dolores si te lo frotabas, se llamaba así por el hombre calvo con bigote mejicano de la etiqueta.
Etiquetas: manises

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio