El molino del membrillo

este es un blog familiar. Dedicado a la memoria perdida

24 de abril de 2008

mis cosas de pequeña

Cuando era pequeña, solía acompañar a mi padre a cerrar el centro médico por las noches. Entrábamos, todo estaba oscuro y me daba miedo, pero él me decía: mira las lucecitas de colores, las luciérnagas verdes y naranjas. Esos gusanitos de luz no eran más que las luces de emergencia, pero a mi me gustaba mucho mirarlos y de hecho aun lo sigo haciendo cuando voy a la consulta.

Muchas aventuras hemos vivido con nuestro transporte más querido : la furgoneta, un vehiculo rojo, de 16 años, feo y sucio a la vista, pero acogedor y cómodo en el interior. Como todas las cosas que compra mi padre las rehabilita, la furgoneta es un buen ejemplo: para empezar no dispone del asiento delantero ya que está sustituido por un colchón; la neverita que tuvimos en su momento pero que posteriormente la robaron, deberia ir en el asiento de detrás del conductor, sin embargo ahora una caja adaptada a medida ocupa su lugar, y es el sitio de las frutas, por ser el más fresco. En la parte de atrás se encuentra la mesa, una mesa hecha por mi padre en el bajo del abuelo. Es gris, con motas negras ( hechas con un cepillo de dientes), pero aunque sea casera, se come estupendamente, sobretodo cuando la incorporamos a la mesa interior de la furgoneta. Los alimentos necesarios para subsistir están detrás y abajo, colocados cuidadosamente segun sean de desayuno, de comida o de latas. Todos ellos se guardan en cajas, que por cierto nos las encontramos una vez que haciamos una excursión por el monte, y resulta que encajan perfectamente. Esta superfurgoneta también dispone de una caja fuerte donde se guardan las cosas de valor, como el ordenador, las cámaras de fotos, peliculas... porque cada noche hay cine. Cuando paramos a dormir en un lugar inesperado ( porque pocas veces sabemos donde vamos ni adonde nos dirigimos) montamos la cama en menos de 15 min, colocando cajas y bolsos en el asiento de delante, quitando los reposanucas, colocando las cortinas y tumbando los asientos. De esta manera ya nos colocamos para ver una de esas peliculas buenas de los hermanos Marx, o que Bello es vivir, o si no hay más remedio, una de dibujos animados de Daniel sea cual sea, es siempre bien recibida. Ya veis que la furgoneta es como una casa andante.

12 de abril de 2008

Las tres rayitas


LAS TRES RAYITAS

Mamá trajinaba mucho en aquella casa. En la pequeña cocina siempre había una olla humeante y un cacito con agua para que en el invierno no se secara mucho el ambiente con la calefacción de la estufa.
La olla spress que ponía el ruido ambiental con la válvula dando vueltas y dejando escapar silbidos de vapor.
Mamá me decía que vigilara la olla y que le avisara cuando tuviera tres rayitas, ella pensaría que me lo había explicado y yo no hacia mas que mirar el recipiente sin saber que era eso de las tres rayitas, entonces el vapor ya era lo suficiente fuerte como para escaparse por la junta de la tapa, además de por la válvula, por eso el agua se condensaba y desde la junta se escurrían gotas formando líneas húmedas que se evaporaban conforme se dirigía hacia abajo, donde el fuego. Yo me quedaba fascinado observando las carreras de gotas hacia el fuego, mientras la válvula giraba y giraba. Entonces por fin descubrí lo que eran las tres rayitas, se trataba de las líneas de tres gotas escurriéndose simultáneamente, entonces corría rápido para anunciar a mama que ya estaban las tres rayitas. Muchísimos años mas tarde me di cuenta que mamá se refería a las tres rayas del pistón de la válvula pero yo nunca lo supe hasta que fui bien mayor, aunque siempre me pareció un poco raro eso de observar a las ollas las gotas de agua escurriéndose.

Etiquetas:

El apartamento de La Puebla

EL APARTAMENTO DE LA PLAYA
Durante un tiempo, el apartamento fue el refugio de la familia numerosa, la ocasión para que nuestros padres pudieran descansar entre semana de agobio diario de los muchos crios, Cuando lo compramos todavía vivíamos en la Eliana, era el ultimo año antes de que nos fuéramos a vivir a Manises. El Abuelito tuvo suerte con la expropiación del molino, después de mucho pleitear con la administración por fin les correspondió cerca de 3 millones de pesetas, que entonces era mucho dinero, por eso el abuelito pudo regalar a cada uno de sus hijos 300.000 pesetas, que fueron suficientes para que papá pudiera dar la entrada del apartamento en aquella playa cerca de Valencia que era virgen, llena de patos, juncos, cañas, ranas y acequias de marjal, que poco a poco con el paso del tiempo vimos transformarse en la superurbanización que es ahora la playa de la Puebla.
La primera vez que vinimos fue a la playa, con la comida, a pasar un día junto al mar, jugando en la arena, junto a dos torres edificios que estaban a medio construir, quien nos iba a decir entonces en lo que se transformaría después. La playa todavía era de piedras, de cantos rodados, en algunas partes había arena, los espigones todavía no se habían comenzado a construir.
El sueño de Papá, era tener una casa junto al mar, junto a aquel mar que parece que entonces era más azul.
Ahora, en el apartamento, después de todos estos años, cada objeto de esa casa me trae a la memoria parte de su historia y de mi historia, la historia de la familia repartida entre estos objetos. Pocos pueden comprender ahora lo que antes era la puebla, los que ahora la visiten solo pueden ver un montón de apartamentos, construidos sin pausa uno detrás de otro durante muchos años, de forma que se superponen los complejos de apartamentos modernos con los primeros que se construyeron junto a cañas y carrizos.
El visitante de ahora ni siquiera tiene sitio para aparcar su coche en las avenidas apretadas de apartamentos y comercios donde antes yo jugaba a cazar ranas de las acequias. Por eso no me gusta venir mucho por aquí, la nostalgia de los tiempos pasados se mezcla con la nostalgia de la naturaleza masacrada, sustituida por la aglomeración de asfalto y comercios.
Pero al principio, el apartamento fue la válvula de escape de la familia, no se compró nuevo sino de segunda mano, los primeros propietarios eran unos señoriítos de Valencia, de los de criada o sirvienta, por eso a pesar de lo pequeño del apartamento, hicieron construir un aseo suplementario en una de las dos habitaciones pequeñas para que la criada no utilizara el aseo de la familia. Lo primero que se hizo volver a transformar aquel baño en dormitorio, por eso papa llamo a su primo, el hijo del tío Gregorio, el hermano de la Abuelita, que Vivian en Massamagrell, él era albañil, y supongo que ayudar a Papa a hacer aquellas chapuzas le hacia ilusión. Todavía me acuerdo de la primera vez que visité el apartamento, venia solo con Papá, que había venido a ayudar a hacer la reforma, ese día almorzamos por primera vez en la terraza, frente a una playa virgen de un mar azul, la espuma de las olas... el ruido de la brisa, mientras comíamos tomate con sal, y a Miguel le brillaba el diente de oro.
La historia de esta terraza es la misma de la Familia, ahora que estoy escribiendo aquí, percibo los secretos de estas paredes. En esta terraza hemos crecido a trompicones, de verano en verano, de pascua a navidad. Las comidas familiares del verano, los primos, los tíos, papá arreglándose los anzuelos de pescar, mamá pintando los cuadros al óleo, las noches viendo la tele.
Al principio no teníamos tele, cuando veníamos el fin de semana, Papá la cargaba en el coche, el 1500. Acudíamos con cestos rellenos con las ropas y la comida y la tele en blanco y negro que servia para pasar la tarde del invierno mientras el aire frío golpeaba las ventanas mal aisladas de una casa construida para el verano. Pero poníamos la estufa de butano y enchufábamos la tele, para ver la película de la tarde del domingo.
La puebla en el invierno era otra cosa, los apartamentos mudos, contemplándote con todos sus ojos apagados, las palmeras moviéndose por la brisa de invierno, el mar furioso, golpeando con fuerza las piedras del espigón,... Me ajustaba al cuello la cazadora de pana y me bajaba con la perra Zaida, mis pensamientos dentro, en mi cabeza caliente, frío en el rostro y la perra siguiéndome, persiguiéndome, enseñándome cada piedra para jugar... el ruido de las olas mezclado con sus ladridos, el olor de la sal mezclado con el de la pana... Las palmeras moviéndose en el paseo, la perra corriendo
La visita a la puebla, hace más daño a al nostalgia, pues de golpete encuentras con los objetos que ya olvidados, están esperándote para hablar de otro tiempo, el tiempo pasado de la familia, el rescoldo del hogar que poco a poco se fue transformando, apagando, volviéndose del color de los años, adaptándose a los nuevos tiempos.
La primera puebla, era la puebla de los hermanos pequeños. Miguel, Javier, y yo, ya éramos lo suficientemente mayores para estar por la calle, recorriendo la playa con los nuevos amigos, Mamá se ocupaba de los Nenes, de Santi y de Amparo. Salían a pasear, a enseñarlos a andar por el paseo, a jugar con la arena de la playa, La familia organizada en dos partes, la de los pequeños y la de los grandes, todavía no había nacido Esther. A los grandes todavía nos quedaban ganas de jugar en los columpios de los parques, aquellos columpios primitivos construidos con hierros soldados y peligrosos. Por eso me acuerdo de la primera vez que se cayó Maria Amparo del tobogán de hierro mientras escalaba la escalera, Papá se asustó... Imágenes del pasado que ahora acuden como pequeños fantasmas de la memoria.
A los pocos veranos nació Esther, en la clínica de Valencia de la cigüeña, y el tiempo que estuvo en la clínica, tres o cuatro días, Mari Carmen, la prima estuvo haciendo de Madre en el apartamento, nos hacia la comida, y cuidaba de nosotros. Un día de lluvia fuimos a ver a la hermanita recién nacida a la clínica, Papá no quería esperar a bautizarla, de la habitación de mamá salimos con ella en brazos hacia la iglesia más cercana, donde se celebró el bautizo a los dos días de nacer, yo era el Padrino y Mari Carmen la prima fue la Madrina. Desde entonces Los nenes pasaron a ser las nenas y el nene.
Los recuerdos de la puebla, son recortados, a trompicones en el tiempo, ya lo he dicho, son los saltos obligados porque el paso del tiempo aquí era a temporadas.
Desde que yo tenia doce años hasta ahora han sido treinta y tantos años que el apartamento a sido testigo mudo de la familia

Etiquetas:

El tio Gregorio

El tío Gregorio:

El tío Gregorio era uno de los hermanos de la abuelita. La vida le había traído a Massamagrell. Era uno de tantos inmigrantes de interior que hizo que Valencia y las grandes ciudades de España, se llenaran de personas procedentes del campo en busca de un trabajo mejor y un futuro para sus hijos. Por eso, se había establecido en ese pueblo grande cerca de la capital, junto a la Puebla de Farnals. La primera vez que fuimos a verlo, estuvimos dando vueltas por el pueblo buscando la calle, hasta que Papá encontró en un portal unos buzones de correos con su nombre, donde el apellido estaba mal escrito, ponía Gregorio De Lamo en vez de Del Amo. En un piso de las afueras del pueblo se había instalado, con su mujer Carmen, sus hijas pequeñas y el mayor José. Durante un tiempo fueron las risas y las presentaciones, el subir al pisito para tomar jamón y queso. El primo José, me llevo a dar un paseo por las afueras del pueblo, mas bien por detrás de la finca, la frontera entre huertas y construcciones que casi no se notaba debido al rápido crecimiento de la ciudad. Entre maderas y restos de construcción, sobrevivían los restos de las huertas del pueblo y debajo de una higuera el primo había instalado unos cepos para cazar pájaros. Los inmigrantes del campo se llevaban consigo el aire del campo a la ciudad, y las costumbres rurales permanecían latentes, como su seña de identidad que no se debía de perder por nada. El primo me enseñaba orgulloso sus cepos, esta vez vacíos.
Cuando bajamos a la calle, las hijas pequeñas, estaban ilusionadísimas porque papá les llevara a pasear con el Dos caballos. Papá les llevó dando una vuelta a la manzana, y sus caras alegres y llenas de ilusión, me hacían pensar en lo relativo de todo, en lo fácil que es hacer feliz a los niños.
El tío Gregorio no tenia coche, y por eso siempre venia con moto. Cuando nos habíamos instalado en el apartamento, muchas veces nos hacia una visita. Subía al piso, y desde la terraza, viendo el mar azul, hablaba con papá, de otros tiempos, de los abuelitos, del molino... de los hijos. Eran sus historias de otros tiempos que yo no viví, pero que estaban en la conversación cariñosa, junto a los tacos de jamón y queso que papá siempre sacaba. Las costumbres de cuando vivian en el molino se mantenían de alguna manera.
Un día invitó a Papá a ir a pescar tencas, son unos peces grandes que viven en las acequias llenas de cieno, ese barro negro, casi petróleo, que oscurece el agua en cuanto lo tocas y que huele a cañería vieja. El tío había traído un trasmallo, era una red, con corchos arriba y plomos abajo, que se extendía de orilla a orilla de la acequia.
Nos metimos dentro de los campos de arroz y carrizos que hay junto a la playa y después de instalar la red íbamos unos cuantos metros acequia arriba y dábamos palos en el agua para asustar las tencas y llevarlas a la red. Los corchos se movían sobre el agua cenagosa indicando que se habían enredado, entonces el tío sacaba el trasmallo y aparecían las tencas doradas, moviéndose rabiosas, y enredándose cada vez más.
En muy poco rato llenamos un cubo entero de peces, ahora no se podría hacer, por estar prohibido, pero entonces íbamos contentos con nuestra pesca, con el mismo trasmallo que años antes habían utilizado en el molino.
Mamá no era tan romántica, los peces malolientes fueron a parar a la pequeña cocina del apartamento, el tío no se los quería llevar, solo le gustaba pescarlos, pero aquellos pescados eran difíciles de cocinar, no se les iba de ninguna forma el sabor de cieno, precisamente de lo que se alimentaban. Mama los hizo fritos, rebozados, yo apenas probé un pequeño trozo.
Otro día, mas adelante, el tío apareció con su moto a visitar a su sobrino. Esta vez se trataba de coger caracolas. Esos caracoles grandecitos, primos hermanos de las lapas, que viven pegados a las rocas del mar, junto a los mejillones, en los sitios donde baten las olas.
De la misma forma que cuando las tencas, también fuimos los tres: Papá el tío y yo, nos acercamos junto al restaurante Bolea, el primer restaurante de la playa, que existía antes que ningún otro edificio, el restaurante era un chiringuito playero, con techo de uralitas, construido junto al mar, casi encima de él, sobre unas rocas, de forma que en los días de tormenta no se podía estar porque las olas te mojaban. El bolea era el restaurante emblemático, que en este año en que estoy escribiendo ha sido derruido por fin (2006) tras mas de cuarenta años sin cambios. En las rocas del Bolea azotadas por las olas se criaban las caracolas de mar, se pegaban a la roca como las lapas. El tío Gregorio se metía en el mar y con el agua por la cintura iba registrando las rocas y recogiendo las caracolas pegadas, en poco tiempo recogimos una bolsa llena. Después paso lo mismo que con las tencas, las llevamos a la cocina de mamá, esta vez había que hervir los bichos mucho rato, para que se ablandaran, y cuando hervían soltaban como un tinte que ponía negra la olla, mamá se enfadaba, luego había que sacarles la moya con la punta de un cuchillo. Todo el esfuerzo de una tarde para conseguirse un platito de caracolas, que probamos en la terraza, acompañadas de tacos de jamón y queso.
El tío Gregorio se acercaba a la puebla siempre que podía, los años fueron pasando, las visitas a Papá eran frecuentes, y se notaba que se apreciaban mucho, un día los vi pasar a los dos juntos caminando hacia el puerto, el tío me saludo al verme, iban a pescar con la barca de papá y se fueron hacia el espigón. Yo estaba con mis pensamientos, paseando, buscando a algún amigo. Y así estuve por la playa un tiempo, hasta que de lejos vi a papá con el coche R12 haciendo marcha atrás, en el puerto y al tío sentado sobre una piedra. Me pareció extraño. Después, por la tarde me enteré de lo sucedido: El tío comenzó a sentirse mal nada más meterse en la barca, le dolía el pecho mucho, por eso papá volvió a por el coche y el mismo lo llevó al hospital, a La Fe, por el camino papá miraba por el retrovisor como el tío sudaba y se quejaba de dolor, era un infarto de corazón, en la Fe no se dieron cuenta y los hicieron esperar. El tío se caía en la sala de espera y papá corrió a llamar la atención de los médicos, enseguida paso dentro, y al poco rato alguien salió a dar la noticia a mi padre de que su tío había muerto. La muerte se había presentado de repente, sin avisar, sin que mi tío se pudiera despedir siquiera de sus hijos y de su mujer. Mi padre tuvo que darles la noticia, y ahora lo recuerdo aquella tarde, tumbado en la cama sin atreverse a levantarse, derrumbado, encajando el golpe, uno de los muchos golpes que te da la vida.
El tío Gregorio nos dejó un recuerdo, ese día también había ido a la Puebla con su moto, y esta vez nos traía un regalo, envuelto cuidadosamente en una caja de cartón, no fuera a romperse, era un payaso de cerámica, el ultimo regalo, que después quedó durante muchos años en el recibidor de la casa de Manises, un testigo mudo del cariño que el tío tenia por su sobrino.
Al día siguiente vinieron los abuelitos, al entierro del hermano.

Etiquetas:

Las excursiones


Las excursiones.

Los coches de aquella epoca estaban construidos a conciencia, entonces habia mucho mas hierro que ahora, y no tanto plastico, en muchas ocasiones, casi siempre diria yó ese era el primer coche que tendría la familia, por eso era el depositario de la ilusión familiar y los hombres de la casa se dedicaban los domingos a darles lustre con un trapo especial que se mojaba el un pulimento, era una especie de plumero atrapapolvo que servia para dejar relucientes aquellos coches de colores vivos con parachoques de hierro. La mujer de la casa tejia una funda de cojin con ganchillo, y lo colocaban estratégicamente en el asiento de detrás para que se viera que era una familia organizada, tampoco faltaba el cartelito guasón que decia “a mi tambien me están haciendo el cojín”. Pero lo de los cartelitos era una decoración menos personal, se ponia la pegatina y ya estaba, habia de muchos temas, recuerdo alguno que decia “busco tonta para fin de semana” y se pegaba en el SEAT 600 o en el Citroen 2 caballos.
El tio Rafa tenia un GORDINI, se suponía que era un coche mas elegante, y tenia un cartel pegado en el parabris que decia “dame señor buena vista y mano firme para llegar a mi destino sin causar daño a nadie”.
Cuando entrabas en aquellos coches recalentados por el sol, olia a plastico y a gasolina, porque los asientos eran de skay, un material sintetico que pretendia imitar al cuero, no se exactamente porqué pero el olor en el interior de los coches de aquella epoca no era como en los coches de ahora.
Cuando viviamos en la casita de la escuela, el descampado de enfrente se prestaba a ser utilizado como campo de practicas. El abuelito durante un tiempo se dedicaba a hacer practicas de aparcamiento entre cuatro palos que se plantaban en el suelo, también la tia Fina, de las hermanas de Mamá fue la primera que se sacó el carné, paro antes estuvo aprovechando las visitas a mamá para practicar el aparcamiento, entonces el tio Jesús sacaba los palos que traia en el coche y los colocaba en el suelo y a practicar. Después venia el examen, en la explanada frente al campo de futbol del mestalla, y que era como una lotería porque resultaba difícil aparcar entre aquellos cuatro palos cojitrancos y con tantos nervios el coche se calaba. Si se calaba dos veces te suspendian, si tocabas el palo te suspendian, si no cambiabas bien de marcha, te suspendian... el examinador te decia primero “ponga punto muerto, ponga punto muerto” y después te hacia bajar del coche.
En aquella epoca recuerdo el ruido de los acelerones, y al tio Jesús gritando, frente a la casita de la escuela.
Pero después tanto esfuerzo se veia recompensado porque con el coche se iba a cualquier parte, aunque las carreteras en muchos casos eran los anteriores caminos reformados, llenas de baches y de casetas de peon caminero donde el ministerio de obras publicas cuardaba las herramientas para arreglar los baches y la fachada de la casa servia de cartel para anunciar las distancias de los pueblos siguientes.
Las carreteras pasaban por los pueblos y muchos españoles se lanzaron por aquellos caminos asfaltados a descubrir pueblos, a visitar a tios y primos, a enseñar a la familia
Los sitios favoritos.
Fue en aquella epoca el comienzo de las primeras excursiones para explorar los alrededores, de aquel tiempo fueron las primeras veces que visité el nacimiento de San Vicente, en Liria. La fuente de Benisano de la que el Tio Juan era muy aficionado a cargar agua. La ermita de San Miguel de Liria,, y los pueblos , Betera, Gatova, Marines, Olocau, Serra.... todos esos nombres se han quedado en mi memoria asociados a aquellas primeras excursiones.

Etiquetas:

La tienda de campaña

La tienda de campaña.

Un buen día papá trajo unas lonas que había comprado en Valencia. Unas telas recias de colores naranja y azul. Trataba de confeccionar una tienda de campaña.
Papá las había visto en un camping y seguramente le pareció que aquello era una cosa bastante fácil de hacer, por eso mamá estuvo muchos días cosiéndolas y rompiendo agujas de la maquina de coser, el caso es que aquello estaba echo a conciencia, las lonas cosidas y recosidas, con unos volantes en forma de ondas que se suponía serian para adornar el perímetro de la tienda.
Los palos que la sujetaban también eran artesanales, con trozos de hierro haciendo de topes, lo mismo que las cuerdas para tensar que eran del hilo de plástico que se usaba para tender la ropa.
Los tensores eran unos trozos de madera agujereados fabricados por Papá por donde pasaba el hilo. El caso es que estuvieron mucho tiempo él y mamá con el asunto de la bendita tienda hasta que ya se suponía estaba construida, entonces llegó el día de la prueba, para ello nos fuimos al campo que hay junto a la casita de la escuela.
El montaje de la tienda era más complicado de lo que nadie había previsto, las lonas grandes y pesadas las movía el viento y era bastante difícil sujetar Papá perdía pronto la paciencia, y no se daba cuenta de que éramos unos niños, ¡sujeta fuerte, nenete ¡ nos decía con enojo, y si por casualidad el viento movía un poco la lona ¡zas! Recibíamos un capón o una torta, el caso es que lo que se suponía seria una cosa de regocijo se transformó en un tremendo suplicio... nosotros no teníamos la culpa de que aquello estuviera mal diseñado, los palos caían, las cuerdas se destensaban a la mínima, y aquella tienda maldita no se levantaba un metro del suelo, a pesar de los capones y las tortas.
La tienda no se pudo montar bien, se quedo recogida formando un voluminoso paquete.
Al cabo de cierto tiempo surgió la oportunidad de probarla de verdad, era un fin de semana, y nos embarcamos toda la familia, en el coche, atiborrado de bolsos llenos de ropa y de comida y con la tienda, hacia Peñiscola. A papá le habían dicho que era una ciudad muy bonita, todos íbamos apretados en los asientos del “dos caballos”, pero era un viaje, uno de tantos viajes que hicimos la familia por aquellos tiempos, y la ilusión de conocer cosas y ser autónomos hacia que el coche se dirigiera tranquilamente a Peñiscola por la carretera nacional, entonces no se había construido la autopista, aquella carretera con los mojones blancos coronados de rojo a cada kilómetro y plagada de tenderetes y barecitos a la entrada de los pueblos.
Se viajaba más lento, y cada pueblo tenia un poco de características que lo identificaba de los demás, no como ahora, todo aglutinado y uniforme.
Pasamos por muchos pueblos, todos los pueblos de la costa, y las playas estaban todavía medio vírgenes, con las urbanizaciones empezando a construirse, playas de piedra y cantos rodados, con olor a sal.
El viaje duró lo suyo, todo el día, pues parábamos en cada pueblo y salimos tarde de La Eliana, llegamos a Peñiscola después del mediodía..
Todavía era un pueblo tranquilo de pescadores con algunos restaurantes, y nos dio tiempo de bañarnos en la playa que hay justo debajo del castillo, donde se rodaron las escenas de la película El Cid, con Charlon Heston y la película Calabuich de Berlanga, entonces yo no lo sabía.
Estuvimos un buen rato disfrutando de un baño de tarde junto a los barcos, y después visitamos el castillo donde se encerró y vivió el Papa Luna, un disidente de la iglesia que se proclamó Papa en la Edad Media.
Cuando ya se hacia tarde, llegó la hora de buscar un sitio para montar la tienda y pasar la noche. Buscamos y rebuscamos cerca de las playas por los caminos hasta que en un cruce de ellos, hartos y hambrientos, papá paró el coche para darnos de cenar. Mamá estaba incomoda y cansada y supongo que no colaboraría apenas a hacer el ambiente bueno, el caso es que no era un buen sitio para montar la tienda y Papá tuvo la idea de dejar que Maria amparo y Santi durmieran en los asientos del coche y los demás tumbados en el suelo junto al camino, tapándonos como una manta con la dichosa tienda de campaña sin montar, por supuesto.
De esta manera intentábamos pasar la noche, pero claro, en el campo desde que se hace de noche hasta la hora en que nos acostumbramos a ir a dormir, pasan muchas horas, por eso no teníamos sueño. Estábamos acostados sobre la tierra, tapándonos con las lonas de la tienda, mientras veíamos las estrellas del cielo y la luna que nos vigilaban.
A lo lejos se oían inquietantes y molestos ladridos de perro, algún animal que nos estaba viendo y que defendía su terreno. Los mosquitos también zumbaban alrededor, el caso es que no había forma de pegar ojo.
Los niños de dentro del coche tenían hambre y llamaban a mamá..
Así pasaron algunas horas, intentando descansar, tumbados en el suelo con las piedras clavándose en la espalda. Pero hacia un poco de frío, y de viento y comenzó a llover un poco...
No se podía aguantar así mucho rato, la noche se hacia larga por lo que Papá decidió recoger todo para ir a “ver Amanecer”. Nos metimos todos en el coche y en la oscuridad fuimos sorteando caminos hasta que volvimos a las playas vacías y al puerto. Yo buscaba en el cielo el resplandor de las primeras luces del alba mientras el vientecillo movía los aparejos de los mástiles de los barcos que sonaban como campanitas.
En el puerto solitario apenas iluminado por las luces amarillas del Dos Caballos, pronto apareció un hombre, que seguramente sería el vigilante, papá le preguntó la hora, pues tenia el reloj estropeado, la sorpresa para todos fue que eran las cuatro de la mañana, ¡todavía faltaban dos horas para que amaneciera!.
Mamá estaba enfadada, la noche estaba siendo desagradable e incomoda, ya no tenia humor para seguir así, con lo que seguimos dentro del coche e iniciamos la marcha de vuelta...
Cuando ya se hizo de día, paramos en una playa olvidada, al lado de la carretera cerca de Burriana, una de aquellas playas de cantos rodados, junto a un kiosco-chiringuito de helados cerrado y oxidados los hierros por el salitre.
El mar estaba alborotado, las olas insistían una y otra vez sobre la orilla removiendo las piedras de un lado a otro ajenas al enfado de mis padres, mamá en el coche ofuscada y papá pensativo sentado sobre una piedra pensando que quizá no era para tanto.
Me acerqué a él y me dijo desolado: “con mamá no se puede ir a ningún lado”. Yo me preguntaba quien de los dos tendría razón mientras me frotaba los ojos, que me picaban por no haber dormido apenas, y me rascaba las picaduras de mosquito mientras los camiones pasaban veloces por la carretera nacional.


La tienda de campaña no se llegó a estrenar nunca, permaneció guardada en un rincón durante mucho tiempo, su destino fue reciclarse en forma de funda para guardar el coche nuevo: el SEAT 1500 de segunda mano que compramos al año siguiente.

Etiquetas: