El apartamento de La Puebla
EL APARTAMENTO DE LA PLAYA
Durante un tiempo, el apartamento fue el refugio de la familia numerosa, la ocasión para que nuestros padres pudieran descansar entre semana de agobio diario de los muchos crios, Cuando lo compramos todavía vivíamos en la Eliana, era el ultimo año antes de que nos fuéramos a vivir a Manises. El Abuelito tuvo suerte con la expropiación del molino, después de mucho pleitear con la administración por fin les correspondió cerca de 3 millones de pesetas, que entonces era mucho dinero, por eso el abuelito pudo regalar a cada uno de sus hijos 300.000 pesetas, que fueron suficientes para que papá pudiera dar la entrada del apartamento en aquella playa cerca de Valencia que era virgen, llena de patos, juncos, cañas, ranas y acequias de marjal, que poco a poco con el paso del tiempo vimos transformarse en la superurbanización que es ahora la playa de la Puebla.
La primera vez que vinimos fue a la playa, con la comida, a pasar un día junto al mar, jugando en la arena, junto a dos torres edificios que estaban a medio construir, quien nos iba a decir entonces en lo que se transformaría después. La playa todavía era de piedras, de cantos rodados, en algunas partes había arena, los espigones todavía no se habían comenzado a construir.
El sueño de Papá, era tener una casa junto al mar, junto a aquel mar que parece que entonces era más azul.
Ahora, en el apartamento, después de todos estos años, cada objeto de esa casa me trae a la memoria parte de su historia y de mi historia, la historia de la familia repartida entre estos objetos. Pocos pueden comprender ahora lo que antes era la puebla, los que ahora la visiten solo pueden ver un montón de apartamentos, construidos sin pausa uno detrás de otro durante muchos años, de forma que se superponen los complejos de apartamentos modernos con los primeros que se construyeron junto a cañas y carrizos.
El visitante de ahora ni siquiera tiene sitio para aparcar su coche en las avenidas apretadas de apartamentos y comercios donde antes yo jugaba a cazar ranas de las acequias. Por eso no me gusta venir mucho por aquí, la nostalgia de los tiempos pasados se mezcla con la nostalgia de la naturaleza masacrada, sustituida por la aglomeración de asfalto y comercios.
Pero al principio, el apartamento fue la válvula de escape de la familia, no se compró nuevo sino de segunda mano, los primeros propietarios eran unos señoriítos de Valencia, de los de criada o sirvienta, por eso a pesar de lo pequeño del apartamento, hicieron construir un aseo suplementario en una de las dos habitaciones pequeñas para que la criada no utilizara el aseo de la familia. Lo primero que se hizo volver a transformar aquel baño en dormitorio, por eso papa llamo a su primo, el hijo del tío Gregorio, el hermano de la Abuelita, que Vivian en Massamagrell, él era albañil, y supongo que ayudar a Papa a hacer aquellas chapuzas le hacia ilusión. Todavía me acuerdo de la primera vez que visité el apartamento, venia solo con Papá, que había venido a ayudar a hacer la reforma, ese día almorzamos por primera vez en la terraza, frente a una playa virgen de un mar azul, la espuma de las olas... el ruido de la brisa, mientras comíamos tomate con sal, y a Miguel le brillaba el diente de oro.
La historia de esta terraza es la misma de la Familia, ahora que estoy escribiendo aquí, percibo los secretos de estas paredes. En esta terraza hemos crecido a trompicones, de verano en verano, de pascua a navidad. Las comidas familiares del verano, los primos, los tíos, papá arreglándose los anzuelos de pescar, mamá pintando los cuadros al óleo, las noches viendo la tele.
Al principio no teníamos tele, cuando veníamos el fin de semana, Papá la cargaba en el coche, el 1500. Acudíamos con cestos rellenos con las ropas y la comida y la tele en blanco y negro que servia para pasar la tarde del invierno mientras el aire frío golpeaba las ventanas mal aisladas de una casa construida para el verano. Pero poníamos la estufa de butano y enchufábamos la tele, para ver la película de la tarde del domingo.
La puebla en el invierno era otra cosa, los apartamentos mudos, contemplándote con todos sus ojos apagados, las palmeras moviéndose por la brisa de invierno, el mar furioso, golpeando con fuerza las piedras del espigón,... Me ajustaba al cuello la cazadora de pana y me bajaba con la perra Zaida, mis pensamientos dentro, en mi cabeza caliente, frío en el rostro y la perra siguiéndome, persiguiéndome, enseñándome cada piedra para jugar... el ruido de las olas mezclado con sus ladridos, el olor de la sal mezclado con el de la pana... Las palmeras moviéndose en el paseo, la perra corriendo
La visita a la puebla, hace más daño a al nostalgia, pues de golpete encuentras con los objetos que ya olvidados, están esperándote para hablar de otro tiempo, el tiempo pasado de la familia, el rescoldo del hogar que poco a poco se fue transformando, apagando, volviéndose del color de los años, adaptándose a los nuevos tiempos.
La primera puebla, era la puebla de los hermanos pequeños. Miguel, Javier, y yo, ya éramos lo suficientemente mayores para estar por la calle, recorriendo la playa con los nuevos amigos, Mamá se ocupaba de los Nenes, de Santi y de Amparo. Salían a pasear, a enseñarlos a andar por el paseo, a jugar con la arena de la playa, La familia organizada en dos partes, la de los pequeños y la de los grandes, todavía no había nacido Esther. A los grandes todavía nos quedaban ganas de jugar en los columpios de los parques, aquellos columpios primitivos construidos con hierros soldados y peligrosos. Por eso me acuerdo de la primera vez que se cayó Maria Amparo del tobogán de hierro mientras escalaba la escalera, Papá se asustó... Imágenes del pasado que ahora acuden como pequeños fantasmas de la memoria.
A los pocos veranos nació Esther, en la clínica de Valencia de la cigüeña, y el tiempo que estuvo en la clínica, tres o cuatro días, Mari Carmen, la prima estuvo haciendo de Madre en el apartamento, nos hacia la comida, y cuidaba de nosotros. Un día de lluvia fuimos a ver a la hermanita recién nacida a la clínica, Papá no quería esperar a bautizarla, de la habitación de mamá salimos con ella en brazos hacia la iglesia más cercana, donde se celebró el bautizo a los dos días de nacer, yo era el Padrino y Mari Carmen la prima fue la Madrina. Desde entonces Los nenes pasaron a ser las nenas y el nene.
Los recuerdos de la puebla, son recortados, a trompicones en el tiempo, ya lo he dicho, son los saltos obligados porque el paso del tiempo aquí era a temporadas.
Desde que yo tenia doce años hasta ahora han sido treinta y tantos años que el apartamento a sido testigo mudo de la familia
Durante un tiempo, el apartamento fue el refugio de la familia numerosa, la ocasión para que nuestros padres pudieran descansar entre semana de agobio diario de los muchos crios, Cuando lo compramos todavía vivíamos en la Eliana, era el ultimo año antes de que nos fuéramos a vivir a Manises. El Abuelito tuvo suerte con la expropiación del molino, después de mucho pleitear con la administración por fin les correspondió cerca de 3 millones de pesetas, que entonces era mucho dinero, por eso el abuelito pudo regalar a cada uno de sus hijos 300.000 pesetas, que fueron suficientes para que papá pudiera dar la entrada del apartamento en aquella playa cerca de Valencia que era virgen, llena de patos, juncos, cañas, ranas y acequias de marjal, que poco a poco con el paso del tiempo vimos transformarse en la superurbanización que es ahora la playa de la Puebla.
La primera vez que vinimos fue a la playa, con la comida, a pasar un día junto al mar, jugando en la arena, junto a dos torres edificios que estaban a medio construir, quien nos iba a decir entonces en lo que se transformaría después. La playa todavía era de piedras, de cantos rodados, en algunas partes había arena, los espigones todavía no se habían comenzado a construir.
El sueño de Papá, era tener una casa junto al mar, junto a aquel mar que parece que entonces era más azul.
Ahora, en el apartamento, después de todos estos años, cada objeto de esa casa me trae a la memoria parte de su historia y de mi historia, la historia de la familia repartida entre estos objetos. Pocos pueden comprender ahora lo que antes era la puebla, los que ahora la visiten solo pueden ver un montón de apartamentos, construidos sin pausa uno detrás de otro durante muchos años, de forma que se superponen los complejos de apartamentos modernos con los primeros que se construyeron junto a cañas y carrizos.
El visitante de ahora ni siquiera tiene sitio para aparcar su coche en las avenidas apretadas de apartamentos y comercios donde antes yo jugaba a cazar ranas de las acequias. Por eso no me gusta venir mucho por aquí, la nostalgia de los tiempos pasados se mezcla con la nostalgia de la naturaleza masacrada, sustituida por la aglomeración de asfalto y comercios.
Pero al principio, el apartamento fue la válvula de escape de la familia, no se compró nuevo sino de segunda mano, los primeros propietarios eran unos señoriítos de Valencia, de los de criada o sirvienta, por eso a pesar de lo pequeño del apartamento, hicieron construir un aseo suplementario en una de las dos habitaciones pequeñas para que la criada no utilizara el aseo de la familia. Lo primero que se hizo volver a transformar aquel baño en dormitorio, por eso papa llamo a su primo, el hijo del tío Gregorio, el hermano de la Abuelita, que Vivian en Massamagrell, él era albañil, y supongo que ayudar a Papa a hacer aquellas chapuzas le hacia ilusión. Todavía me acuerdo de la primera vez que visité el apartamento, venia solo con Papá, que había venido a ayudar a hacer la reforma, ese día almorzamos por primera vez en la terraza, frente a una playa virgen de un mar azul, la espuma de las olas... el ruido de la brisa, mientras comíamos tomate con sal, y a Miguel le brillaba el diente de oro.
La historia de esta terraza es la misma de la Familia, ahora que estoy escribiendo aquí, percibo los secretos de estas paredes. En esta terraza hemos crecido a trompicones, de verano en verano, de pascua a navidad. Las comidas familiares del verano, los primos, los tíos, papá arreglándose los anzuelos de pescar, mamá pintando los cuadros al óleo, las noches viendo la tele.
Al principio no teníamos tele, cuando veníamos el fin de semana, Papá la cargaba en el coche, el 1500. Acudíamos con cestos rellenos con las ropas y la comida y la tele en blanco y negro que servia para pasar la tarde del invierno mientras el aire frío golpeaba las ventanas mal aisladas de una casa construida para el verano. Pero poníamos la estufa de butano y enchufábamos la tele, para ver la película de la tarde del domingo.
La puebla en el invierno era otra cosa, los apartamentos mudos, contemplándote con todos sus ojos apagados, las palmeras moviéndose por la brisa de invierno, el mar furioso, golpeando con fuerza las piedras del espigón,... Me ajustaba al cuello la cazadora de pana y me bajaba con la perra Zaida, mis pensamientos dentro, en mi cabeza caliente, frío en el rostro y la perra siguiéndome, persiguiéndome, enseñándome cada piedra para jugar... el ruido de las olas mezclado con sus ladridos, el olor de la sal mezclado con el de la pana... Las palmeras moviéndose en el paseo, la perra corriendo
La visita a la puebla, hace más daño a al nostalgia, pues de golpete encuentras con los objetos que ya olvidados, están esperándote para hablar de otro tiempo, el tiempo pasado de la familia, el rescoldo del hogar que poco a poco se fue transformando, apagando, volviéndose del color de los años, adaptándose a los nuevos tiempos.
La primera puebla, era la puebla de los hermanos pequeños. Miguel, Javier, y yo, ya éramos lo suficientemente mayores para estar por la calle, recorriendo la playa con los nuevos amigos, Mamá se ocupaba de los Nenes, de Santi y de Amparo. Salían a pasear, a enseñarlos a andar por el paseo, a jugar con la arena de la playa, La familia organizada en dos partes, la de los pequeños y la de los grandes, todavía no había nacido Esther. A los grandes todavía nos quedaban ganas de jugar en los columpios de los parques, aquellos columpios primitivos construidos con hierros soldados y peligrosos. Por eso me acuerdo de la primera vez que se cayó Maria Amparo del tobogán de hierro mientras escalaba la escalera, Papá se asustó... Imágenes del pasado que ahora acuden como pequeños fantasmas de la memoria.
A los pocos veranos nació Esther, en la clínica de Valencia de la cigüeña, y el tiempo que estuvo en la clínica, tres o cuatro días, Mari Carmen, la prima estuvo haciendo de Madre en el apartamento, nos hacia la comida, y cuidaba de nosotros. Un día de lluvia fuimos a ver a la hermanita recién nacida a la clínica, Papá no quería esperar a bautizarla, de la habitación de mamá salimos con ella en brazos hacia la iglesia más cercana, donde se celebró el bautizo a los dos días de nacer, yo era el Padrino y Mari Carmen la prima fue la Madrina. Desde entonces Los nenes pasaron a ser las nenas y el nene.
Los recuerdos de la puebla, son recortados, a trompicones en el tiempo, ya lo he dicho, son los saltos obligados porque el paso del tiempo aquí era a temporadas.
Desde que yo tenia doce años hasta ahora han sido treinta y tantos años que el apartamento a sido testigo mudo de la familia
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