El molino del membrillo

este es un blog familiar. Dedicado a la memoria perdida

13 de marzo de 2008

la abuelita de Manises


La abuelita de Manises

Mi abuelita de Manises se llamaba María, como mi otra abuela. Era una mujer sencilla, pero se notaba que era distinguida, con educación y con prudencia para hablar. Apenas sabía hablar bien el castellano porque siempre se había expresado en valenciano, por eso cuando hablaba conmigo siempre se le escapaba algo en valenciano.
La recuerdo bien, como la matriarca de la familia de mamá. La abuelita era viuda desde que mamá tenia cuatro años, y todo ese tiempo de soledad le había enseñado a pelear en la vida. Tuvo que mantener a sus cinco hijas en aquellos años difíciles.
Vivía en El Pozo, “El pou de les Pascualines”, como lo conocía la gente. Era la casa de la familia de mamá, en las afueras del pueblo, con el deposito del agua junto a ella como una torre de referencia para todos. En la Guerra, los aviones del aeropuerto lo llamaban la “i” por el aspecto que desde el aire tenia la casa con el gran deposito al lado.
De pequeño, apenas bebé, mamá me llevó allí por primera vez . La abuelita, orgullosa, se hizo hacer una foto debajo de la palmera con sus dos nietos bebés: Rafa y yo. Rafelin había nacido unos tres meses antes que yo.
Cuando vinimos a vivir a La Eliana, cinco años más tarde, ya no estaba en el Pozo, se había trasladado a vivir a la otra parte del pueblo, a la casa de la plaza de los Desamparados ocupada la parte de abajo por la tía Paquita y la de arriba por la tía Carmen.
El pozo seguía siendo la casa de la familia, pero se quedó a vivir un matrimonio encargado de vigilar las maquinas. Las tías solo iban en los veranos o para algunas vacaciones.
La casa de la tia Paquita era ahora el punto de referencia. La abuelita , como todas las madres, era el cemento que aglutina las piedras de las que están construidas todas las familias.
La abuelita vivía tranquila, con su hija Paquita, de carácter alegre y desenfadado y con Rafael, persona buena de la misma manera, por eso la relación era cordial y estaba perfectamente instalada en aquella casa.
Cuando llegaban los domingos o alguna celebración, nosotros acudíamos desde la Eliana a verla, siempre era un acontecimiento alegre, mamá se ponía a hablar en valenciano con sus hermanas y su madre y se contaban las ultimas noticias.
En cuanto nos oían hablar desde la casa de arriba, inmediatamente bajaban corriendo las mellizas Merche y Amparo, delgaditas y con coletas, a saludar a sus tíos y primos.
Era una fiesta, mamá y la tía Paqui no sabían hablar bajito y dulce, sino que la alegría de estar juntas las hacia casi gritar, por eso el alborozo se escuchaba desde la calle.
Ha pesar de vivir con su hija a la abuelita le gustaba ser un poco independiente y tenía su propio hornillo de camping gas para prepararse la malta y algún guiso especial, pues era diabética y aquello planteaba algún problema en la cocina.
Muchas veces nos enviaba a la farmacia de la plaza de la iglesia a Rafa y a mí a comprar yogurt "danone" de aquellos del tarro de cristal redondito y panzón, porque entonces el yogurt solo se vendía como las medicinas.
Otras veces en el mismo frasco del yogur, tapado con unos papeles de estaño y envuelto en muchos periódicos nos hacia llevar la orina para analizar “el sucre” en la misma farmacia.
Llevaba unas gafas grandes de esas bifocales para ver también de cerca cuando se sentaba a coser. Andaba despacio y con dificultad, torpemente trajinaba por la casa con cuidado de no caerse, entre su cuarto y la cocina.
Muchas veces la acompañaba a la iglesia, para escuchar la misa, pues era muy devota. Mi abuela se ponía un velo negro en el pelo sujeto con un alfiler de bolita perlada y caminábamos lentamente por medio de la calle, yo la conducía con su mano agarrada a mi brazo. Así pasito a pasito a través de la calle “de les abueles” llegábamos a la iglesia por la puerta lateral.
En la penumbra de dentro, antes de que saliera el cura, la abuelita saludaba a las conocidas del pueblo, siempre mujeres mayores como ella. La mayoría de las veces sonaba el órgano que tocaba la señora Consuelo Borras, una mujer gordita muy mayor sentada siempre frente al teclado que era la encargada del coro.
Después en los bancos de madera delanteros esperaba a que comenzara la misa, con su rosario de cuentas negras y ovaladas entre las manos.
De vuelta a casa se metía en su cuarto para guardar el abrigo dentro de su armario, en la habitación tenia la mesita de noche con estampas de vírgenes y santos debajo del cristal. Los medicamentos que tomaba para la diabetes y sus achaques estaban por encima de la cómoda, eran medicinas muy populares de entonces, como el ungüento Cañizares y el famoso lilimento Sloan, “el tio del bigote”, una especie de frasquito con un mejunje de color naranja que servia para aliviar los dolores si te lo frotabas, se llamaba así por el hombre calvo con bigote mejicano de la etiqueta.

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10 de marzo de 2008

Los pisos de La Eliana


Los pisos de La Eliana

Por fin llegó el día del traslado, Papá contrató los servicios del basurero del pueblo, un señor que él conocía por haberle curado el burro algunas veces. En un carro, tirado por ese mismo animal, se fueron colocando los muebles y los fardos con la ropa, un montón de cachivaches.
Fue necesario hacer unos cuantos viajes, pero no importaba, el trecho a recorrer no era mucho. Total había que ir desde la casita de la escuela hasta la otra parte del pueblo, donde estaban los flamantes pisos nuevos que papá y mamá habían comprado.
Nos trasladábamos de la casita de muñecas, del campo, a la ciudad, a los pisos de protección oficial de la época de franco construidos para acomodar a la avalancha de gente de la España rural que se instalaba en las ciudades.
Yo no me daba cuenta, pero ahora sé que esa era la última vez que se hacía una mudanza con carro en mi familia, era el momento histórico, a partir de entonces ya jamás nos mudaríamos de aquella forma como nuestros abuelos o sus padres. En aquel carro tirado por el burro viajaba la ilusión, la despedida del campo, la llegada a la ciudad y a los tiempos mejores.
Con el ajetreo del traslado se perdió el reloj que el tío José me regalo por la comunión, se rompieron algunas cosas, pues el traslado en carro no era muy fino, pero pronto quedó la casita de escuela medio vacía de nuestros trastos. Mientras papá fuera el maestro no tenia que devolverla, por eso dentro quedaron algunas cosas que no querían llevar al piso
Las fincas estaban en las afueras del pueblo por entonces, eran dos fincas iguales de tres alturas que formaban una calle junto a la carretera de entrar al pueblo, justo donde empieza el cruce para ir a La Puebla de Valbona.
Por detrás ya estaban los campos de alcachofas y de maíz, y una acequia para regar que a mí me servia para seguir investigando los insectos. Por delante formando una curva, la carretera para entrar al pueblo desde Valencia y a la Pobla.
Nada más cruzar la carretera, por una calle cortita, se llegaba a la plaza de la iglesia, a unos 50 metros. Es decir, aunque viviríamos en las afueras del pueblo como antes, esta vez todo estaba muchísimo mas cerca.
Los pisos eran pequeños, no mucho mayores que la casita de la escuela, pero mamá y papá compraron dos de ellos para unirlos por dentro. Por eso la vivienda que resultaba era un poquillo rara: tenia dos puertas, dos cocinas, dos aseos, dos dormitorios de matrimonio, dos salitas, dos fregaderos en la galería. Todo era doble y opuesto como si se reflejara en un espejo.
Se unieron por los comedores y por las galerías de las cocinas, entrábamos en la casa por un portal, el más cercano a la carretera. El otro portal no lo utilizamos y la puerta estaba siempre cerrada por dentro, ocupada por detrás por unas estanterías.
La primera habitación, que correspondía a la salita del primer piso, estaba enfrente de la puerta de salida. Fue la habitación privada de papá, donde instaló su biblioteca y sus cosas.
Después se entraba a lo que seria el salón, que era el resultado de unir el comedor con uno de los dormitorios, donde se pusieron los sofás, que ya venían de argamasilla, con la mesita de railite delante. Desde esta habitación por el balcón y por la ventana del dormitorio anulado se podia ver la calle y la finca más vieja de enfrente.
Mamá puso macetas con plantas en los balcones.
Desde el salón se podía entrar por un pasillito con tres puertas, al dormitorio grande de matrimonio, al aseo, y la cocina que tenia salida a la galería interior donde se tendía la ropa. Esta cocina que estaba justo enfrente del dormitorio de mis padres se utilizó como cuarto de ropa, y se instaló la lavadora y la plancha.
El tabique del fondo del salón correspondía al dormitorio pequeño del segundo piso, el que estaba junto al comedor en la parte de la calle, por eso para unir los pisos se tuvo que hacer un pasillo acortándolo, por ese pasillo se pasaba del salón del primer piso al comedor del segundo por detrás del dormitorio.
Desde el comedor del segundo piso, con su balcón a la calle, era la misma distribución pero invertida: el pasillo para salir a la calle con la puerta anulada con una estantería delante y a la primera habitación (que en el primer piso era el despacho-biblioteca) que fue el dormitorio de los invitados. Y el segundo pasillo de tres puertas: la del aseo, la del dormitorio de matrimonio que sería nuestra habitación y la de la cocina con salida a las galerías que estaban unidas.
De golpe habíamos pasado de estar prácticamente solos en el campo a vivir rodeados de vecinos por arriba y por abajo, desde las galerías de las cocinas mamá hablaba con las vecinas. Sobre todo con Teresa, la de arriba nuestro, con la que trabó amistad.
Se podía observar lo que hacían los demás a través de las ventanas, unas ventanas tapadas con visillos y persianas de madera de color verde clarito que se ponían en la mayoría de las fincas de protección oficial.
Los bajos de la finca estaban ocupados por algunos comercios. En una de las esquinas de la finca había un bar, que también era pensión, al que acudíamos a comprar vino tinto cuando se acababa Papá me daba la botella vacía de cristal que tenia unas estrellas adornando el cuello y unas monedas para comprarlo, tenía una etiqueta con una bandera que decía cooperativa de Villar del arzobispo.
La señora del bar ponía muchas veces grandes ollas de caracoles al sol junto a la acera del bar con sal en los bordes para que no se escaparan, el objetivo era que se ahogaran al sol y murieran con el cuerpo fuera del cascarón, después los sábados por la noche se juntaba mucha gente en las mesitas de la calle para comerlos.
El bajo comercial que quedaba junto a nuestro portal estaba ocupado por un almacén de costura de sujetadores, los Kiss. Constantemente se oían los ruidos de las máquinas de coser y las risas de las jovencitas que trabajaban. De vez en cuando llegaba una furgoneta cargada con goma espuma y telas que las chicas utilizaban para confeccionar los sostenes.
Otro de los bajos estaba ocupado por una carpintería, donde se veía trabajar con las sierras a un señor bastante amable al que papá encargó dos mesas de railite con las patas de hierro cuadradillo que se instalaron una en el comedor y la otra en nuestro cuarto para estudiar.
Desde el balcón se veía la finca de enfrente, mas antigua que la nuestra también de cuatro pisos, pero que no tenia bajos comerciales porque eran viviendas. Yo me divertía observando desde casa las idas y venidas de la gente, los distintos balcones y portales de enfrente y me llegué a aprender las caras de algunos vecinos
Se oían los pájaros enjaulados, los canarios de enfrente, que a mamá le encantaban y que se quedaba algunas tardes soleadas cosiendo detrás de las puertas medio abiertas para escucharlos.
En el patio estaban los buzones, donde papá orgulloso puso su nombre en uno de ellos, y yo vigilaba todos los días para ver si me habían traído el tebeo de Pumby. Después se podia subir al segundo piso por la escalera y agarrarse al pasamanos de cuadradillo pintado de negro titanlux, pero lo más divertido no era subir, sino bajar como un loco agarrandose a la barra interior con las dos manos dando saltos e impulsándose como un saltador de pértiga.
Papá se aficionó a la construcción de estanterías de tubos de hierro cuadradoavía se encuentran ahora recicladas en el bajo se sus herramientas, en la casa de Manises, pero entonces era la librería de la casa, la armó con tornillos haciendo agujeros en los extremos de los hierros, con una taladradora pequeña que compró por entonces, una Black Decker de las primeras que se fabricaron y que entonces era un merito tener una, ahora casi las regalan en el Leroy Merlín. El caso es que armado de brocas y tornillos mi padre fue llenando la pared de la habitación de la entrada de estanterías donde puso sus libros de veterinaria y los de la casa. Después también construyo algo semejante en nuestra habitación para nuestros libros.
Durante muchas veces he visto a papá trabajar, pelearse con las tuercas que no encajaban, cortando los trozos de tornillo con la sierra de hierro, inventándose formas de sujetar algo, con sentido de la estética un poco peculiar, pero práctico. Esta habilidad la hemos heredado alguno de los hermanos, sobre todo los mayores, desde pequeños lo hemos visto sin miedo desarmar las lavadoras o los coches estropeados, arreglar los grifos, esa destreza con los trabajos manuales se las intentaba transmitir a los niños de la escuela, y también a sus hijos..

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la casita de la escuela


La casita de la escuela

La casita de la escuela era el comienzo de una ilusión, comenzar una vida nueva y prosperar, venir a vivir a Valencia, cerca de las hermanas de mama, dejar atrás la vida de Argamasilla, comenzar a buscarse la vida en un pueblo que empezaba a crecer...
Todo era atractivo, con el aliciente de descubrir lo nuevo, por eso papá estaba muy ilusionado y no podía ser menos.
Del viaje de Argamasilla a La Eliana apenas me acuerdo, papá me decía que íbamos a vivir en una casita de muñecas y que era muy pequeñita y bonita, nos vinimos en el “dos caballos”, y mama se sorprendió mucho al pasar por Cuart de lo grande que se había hecho el pueblo. me acuerdo del primer día que fuimos a casa de la tía Paquita y dormimos ahí, por la mañana se asomo por la ventana interior del patio que correspondía a la cocina de la tía Carmen, la carita de Rafelin, el primo, que estaba muy deseoso de jugar con sus primitos.
Mama estaba contenta y emocionada, y la casa de la tia paquita era como si fuera el cuartel general de la familia, pues era donde vivia su madre, mi abuelita. Aquella casa me trae muy buenos recuerdos de infancia, si cierro los ojos, todavía puedo imaginar las habitaciones una a una y las paredes decoradas con azulejos, con dibujos increíbles de pavos y animales decorativos, con las mesas antiguas y el patio donde se guardaba el coche del tio y las herramientas, donde muchísimas veces rafelin y yo jugábamos con clavos, maderas, chapas de gaseosa y cualquier cosa que unos niños de 6 años pudieran imaginar.
La llegada a la casita de la escuela fue como empezar una vida nueva, atrás quedaba el Molino y Argamasilla y los abuelitos, ahora todo era nuevo y estaba por descubrir: Las primeras palabras en valenciano, los chiquillos de la escuela, los maestros compañeros de papa, y la nueva casita, que como bien decia papa, era muy pequeña, pero que a mí, con 6 años me parecia la mejor del mundo, ahí estaba en mitad del descampado de la escuela, a las afueras del pueblo, con los algarrobos, los olivos y los campos de naranjos rodeándola, un sitio fabuloso para mis correrias en busca de insectos y de flores.
De aquella época añoro la libertad de caminar toda la tarde en busca de saltamontes, de vigilar las abubillas haciendo nidos en los algarrobos, el olor de la hierbabuena salvaje de las regueras, que me recordaban al molino y sus alrededores.
La casita de escuela era la ilusión de la juventud misma, y allí se colocaron en las dos habitaciones los pocos muebles que vinieron de argamasilla y que ahora con el paso de los años están reciclados en la casa de papa o en el apartamento, pero entonces era lo que teníamos y allí estaba, apretado en las dos habitaciones, la pila de piedra en la entrada que hacia de habitación múltiple, cocina comedor recibidor y pasillo, todo en uno. En aquella habitación se coloco la televisión, las mesa y las sillas y un poco mas adelante la cuna de Santiago.
Las tardes eran luminosas, y cuando los niños de la escuela se habían ido solo quedaba el silencio interrumpido por los pájaros y los perros galgos que Vivian en la casa de enfrente que tambien era tiendecita, del señor –santiago, que tenia un carro con caballo.
La casita de la escuela no era sola una vivienda sino que puerta con puerta estaba otra casita gemela construida inversamente, donde vivía doña Amparo con su hermana, doña amparo era la compañera maestra de Papa. Es decir papa era el maestro de los niños y doña amparo era la maestra de las niñas. Todavía faltaban muchos años para que en los colegios se mezclaran los niños y las niñas.
Poco a poco fuimos conociendo el pueblo, juntos los tres, mis hermanos Miguel y Javier y como he dicho antes nunca tuvimos tanta libertad en aquella pequeña casita.
Pronto comenzamos a recibir visitas de la familia de mama, y pronto vinieron los primos a pasar algún domingo, los juegos en el campo con piedras y árboles eran el acompañamiento de todo aquello
Papa mando construir unas porterias de hierro para el patio de la escuela y en aquel patio comenzamos a jugar al futbol.
Me acuerdo de la escuela, toda llena de niños, atentos a las palabras de papa, eran los niños del pueblo y con los apellidos de esa parte de valencia , torrent, montaner, coll,
Las escuelas entonces estaban divididas en dos grupos, el edificio de los pequeños, que incluia las dos casitas de los maestros, donde estaban las escuelas de los pequeños, las niñas con doña Amparo y los niños con Papa. Al otro lado del patio, estaban los edidifios de dos pisos donde iban los mas mayorcitos la escuela de don Eduardo que estaba soltero, y la de D. Vicente que era practicante también y llevaba bigotito, como papá, este tenia dos hijos gemelos.
Y al otro lado las escuelas de las niñas mas mayores, la de doña Fundi y otra maestra de la que no mea cuerdo el nombre.
Estos eran los compañeros de papá, y yo captaba la admiración que ellos sentian por él, en sus conversaciones. Me sentía como una persona importante entre los demás niños, yo era el hijo del maestro y eso era como una carta de presentación que me perseguía a donde iba.
La Eliana fue para mi el pueblo de mi niñez, yo ya tenia autonomía y me pasaba las tarde enteras explorando los alrededores, llegaba hasta el depósito del agua, hasta la pinada de lo que ahora es un gran parque. Entonces el pueblo todavía era pequeño, apenas 2000 habitantes, con la estructura de un pueblo de huerta, todavía quedaban casas grandes y se veía algun carro con caballos, y en la entrada del pueblo habia una fuente con bebedero de animales, la gente estaba aficionada a tener pajaros en la casa en pequeñitas jaulas, cosa que a D. Eduardo le fastidiaba mucho, se tenian palomas de concurso, y en las fiestas se hacia concurso de tiro y arrastre con caballos...
El pueblo agrícola, rodeado de campos de cebollas, de alcachofas y de maiz, que muy pronto comenzaría a desarrollar las urbanizaciones residenciales, los chalets que tantas veces admirábamos mientras paseábamos la familia.
Aquellos primeros años en la Eliana pasaron rápido, me acuerdo de los calendarios y de las fechas 1965 1966 1967 años sesenta, donde nos acostumbramos a ver la tele en blanco y negro y con dos cadenas aquellos programas informativos con nombres rimbombantes “panorama de actualidad”, la tele no mandaba de nuestras vidas como ahora, pero nos acompañaba en aquella casita al mediodía y por las noches con programas primitivos y con presentadores con el pelo engominado y con patillas, era el comienzo de los años 60, los años de los hippyes y de la llegada a la luna.
En aquellos años de tele de blanco y negro los días eran más luminoso que han sido nunca, las abubillas, los saltamontes, los almendros en flor, las ropas de papa y mama, todo era de colores generosos y me es difícil recordar aquellos momentos sin colores, ahora que mi vida se ha vuelto un poco gris, el recuerdo de aquellos años ilumina mi corazón.

Desde aquellos ojos de niño de seis o siete años aprendí a mirar a mis padres, a vigilarlos con la suspicacia de un niño que pocas cosas se le escapan, por eso ahora que tengo la edad que en aquel tiempo tenían mis padres, me imagino igualmente vigilado y analizado por mis hijos, al fin y al cabo la vida es una suma de ciclos que se repiten una y otra vez, ahora que se ha cerrado el ciclo de mis padres, me encuentro con un montón de interrogantes que sé que no los puedo contestar sino que la vida con el paso de los años se ira encargando de hacerlo.
Me cuesta esfuerzo sacar palabras en el ordenador, mis pensamientos pelean por salir de la cabeza, pero se agolpan sin orden, caóticamente y eso aun me desespera más.
Aqueños años pasaron felices, todo era nuevo para mi, como no podria ser de otra forma para un niño de mi edad, por eso los recuerdos estan llenos de primeras veces, la primera vez que paseaba solo, la primera vez que enterraba un saltamontes, la primera vez que... Por eso como en todas las primeras veces los recuerdos nunca son en blanco y negro.
En los pocos momentos que no estaba dando vueltas por el campo tenia tebeos, los tebeos de pumby que papa tuvo la idea de suscribirme para que me lo enviaran por correo cada semana, gracias a esos tebeos fui aprendiendo a leer y a tener vocabulario.
Un dia después de haber estado durante un tiempo adaptándose a la nueva casa, llegaron los abuelitos, recuerdo que vinieron en el tren, el tren electrico que llega a la Eliana, cargados con unas grandes maletas, mi abuela traia escondida en las maletas la pareja de palomas incluyendo las crias pichones, era un detalle que habia querido tener mi abuela commigo, las palomas eran mias, y se quedaron en argamasilla pero ella las trajo. Lo malo es que después de hacer el esfuerzo de traerme las palomas desde Argamasilla a mi abuela no se le ocurrió otra cosa que matarlas para ponerlas en un guiso, que yo naturalmente, al descubrirlo no probé.
Mis abueliitos se instalaron en la casita, yo no me acuerdo como, pero la verdad es que no habia mucho sitio, era que habian venido a visitar a mama porque iba a nacer Santiago, por eso estuvieron un tiempo con nosotros, al Abuelito le dio tiempo de arreglar un poco el pequeño jardín que había a la entrada de la casita, planto unos tomates y algunas acelgas, el caso es que me acuerdo de verlo con la hazada distraídamente, sin hacer apenas esfuerzo, quizas recordando lo que habia sido toda su vida hsta entonces, peleando con las remolachas del molino. Pero en aquella ocasión el pequeño jardín se trnsformo en huerta adornada con flores, cunado llegó el verano los ciruelos se encargaron de llenar las ramas de ciruelas amarillas que recogiamos con gusto.
El abuelito trabó amistad con el padre de doña Amparo, la maestra vecina, que en aquellos tiempos estaba viviendo con ella, era un señor muy mayor de mas de ochenta años que encorvado por la vida y moviéndose muy dificultosamente también se distraia como mi abuelo en el pequeño jardín.
Muy pronto aquella casita se fue convirtiendo en un lugar agradable para reunirse la familia de mamá, pues en aquellos años ninguno tenia chalet ni apartamento ni ningún sitio para esas cosas. Por eso muchos domingos venian los tios de manises y valencia para pasar un dia de campo, me acuerdo que aparcaban los coches debajo del algarrobo grande que habia delante o junto a la pequeña valla encalada, eran los coches de aquella epoca que aparcaban junto al dos caballos de papa, los modestos simca 850 y renault gordini del tio Juan y Rafael y los un poco mas lujosos simca 1000 y el SEAT 1500 del tio Jesús y del tio Andrés .
De cualquier forma en las mañanas luminosas llegaban esos coches cargados de primos y primas dispuestos a pasar un dia de campo.
La vida se nos abria con todos sus colores y luces, se trataba de disfrutar al máximo con los primos y jugar entre los olivos cercanos y los almendros, con piedras y saltamontes, arañas y cochecitos de pedales, por ahí estaban los primos andresin y paquito siempre juntos y con aires de niños de ciudad , y rafelin y inma, mas asequibles al juego, luego estaba la parte de las chicas, las inefables mellizas merche y amparo que siempre jugaban con maria Jesús, y en otra parte ya estaba los primos que participaban en las conversaciones de los mayores, juan francisco, mari carmen, rosa mari, ... Ahora que ha pasado el tiempo me doy cuenta de que aquello fue el inicio, donde se pone el cemento a la familia y después aunque pasen los años y no nos hablemos siempre quedan esos recuerdos.. el lazo que nos une.

El paso del tiempo era lento, así lo sentia mi percepción de niño de 6 años, ahora los años se me escapan de la vida con mucha facilidad ahogados entre las rutinas del trabajo y de la cotidianidad, pero entonces todo era nuevo, todo estaba lleno de primeras veces, y el año pasaba despacio con metas lejanas que tardaban mucho en llegar, el paso tel tiempo lo media en el calendario colgado en la pared de la tiendecita de la calle de enfrente del señor Santiago, estaba con grandes letras 1965 , y entonces yo pensaba en que seria muy mayor cuando llegara 1966, 67.
Los meses iban pasando entre juegos y paseos por los alrededores de la casita, ya empezaba ha ser conocido como el hijo del maestro, de D. Manuel, situación que nunca me ha gustado demasiado pues entre los compañeros de la escuela se me consideraba como protegido por mi padre y desacreditado por supuesto cualquier logro alcanzado por mi parte.

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Sultan, el caballo

http://decaminoafantasia.blogspot.comEl caballo Sultán
Madrid siempre estuvo como punto de referencia de la gran ciudad. La primera vez que recuerdo ese nombre era en un viaje de Papá. Vivíamos en la casa de Argamasilla, yo con tres o cuatro años, papá estuvo fuera unos tres o cuatro días. Antes de partir me preguntaron lo que quería que me trajera, yo dije que quería un caballo. Estaba ansioso esperando a mi padre, a que volviera de aquel viaje de un sitio lejos y los días fueron pasando hasta que una mañana Papá me despertó con unos besos,!Ya estaba aquí! Mis padres estaban felices y con sonrisas en la cara, rápidamente me llevaron al comedor, y sobre el piso de madera, ahí estaba, mi caballo precioso, más grande que yo, con su pelo blanco, brillante y sedoso, con su olor a plástico nuevo, y la larga cola blanca, un caballo de balancín enorme, con su silla de montar y estribos metálicos para sujetar los pies y con unos agarraderos junto a las orejas para no caerse cuando te mecías. Sultán, rápidamente fue bautizado por mamá, contagiada de la ilusión, de mis ojos de niño que se abrían como platos. Papa me tenia que ayudar a subir en aquel animal enorme que yo acariciaba sin creerlo. Este caballo fue usado por todos los hermanos, todavía hay algunas fotos con Santiago y Maria Amparo en la terracita del piso de la Eliana. Ese caballo de Madrid, cruzó las tierras manchegas, y se vino a Valencia entre todos los trastos para seguir regalando ilusión a los hermanos, hasta que acabó después de muchos años con el rabo pelado, con las orejas comidas por el paso del tiempo, Sultán quedo en la memoria, en mi memoria, como el regalo generoso de mi padre que no escatimó el dinero para comprar el mejor caballo que encontró en Madrid. Por eso ahora entiendo a mi hijo Daniel, el también tiene un caballo, Víctor, bautizado por él, el día que lo recogimos de una basura, destartalado y con las patas de plástico rotas, pero Daniel lo metió en la furgoneta para llevarlo a casa, entonces tenia tres años y ahora con casi seis, todavía lo tiene dentro de su armario, compartiendo el espacio con otros juguetes caros, pero yo no me atreví a quitar la ilusión, entonces con cuarenta y muchos años todavía me acordaba a través de mi hijo de mi caballo Sultán.

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las lagunas de Ruidera

Las Lagunas de Ruidera

Las lagunas eran el sitio donde se acostumbraba a ir de excursión y a pescar. Son ocho o diez, comunicadas entre sí, por pequeñas cascadas, pues están a distinta altura, de ahí les viene el nombre de Ruidera, por el ruido del agua al caer.
El agua de todas estas lagunas forma el rio Guadiana, que a partir de aquí comienza su andadura por la Mancha, haciendo meandros entre los campos pelados y en algunas ocasiones acompañándose de hileras de chopos.
El paraje era el objetivo de las excursiones que se organizaban en el pueblo.
Las `primeras veces, cuando no teníamos coche, íbamos todos en autobús, los amigos de papá y sus familias, era de aquellos antiguos, con asientos de madera y ceniceros llenos de colillas medio rotos en los brazos. Cuando te sentabas en aquellos incómodos y resbalosos asientos, se podían observar las fotografías en colores de zonas turísticas y paisajes que estaban sujetas al respaldo del asiento delantero. Por detrás de la redecilla que se utilizaba para dejar los bocadillos.
La excursión, aunque no era lejos, era como una pequeña aventura. Había que madrugar, las carreteras estaban llenas de baches y de curvas cerradas. Y los mayores, excitados cantaban canciones de las de siempre y que ahora están olvidadas. Era la primera vez que oía la cantinela”: Ahora que vamos despacio vamos a contar mentiras, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas trailará”.
Antes de llegar a las lagunas, en los primeros tramos salvajes del rió, se paraba en el castillo de Peñarroya, que defendía la zona en la época de los árabes. Junto al castillo está la ermita de la Virgen, muy querida en la zona.
Todos los años se organizaba una romería al castillo y a la ermita. Era un día feliz, de fiesta, acudían de los pueblos a ver la virgen, y de paso a divertirse con el ajetreo de carros engalanados sobriamente, tirados por mulos o por burros, tartanas, coches, autobuses.
Me acuerdo vagamente, era muy pequeño, pero todavía aparece en mis impresiones de aquel día el calor sofocante y la gente dentro de los carros tapadas bajo el toldo, almorzando, bebiendo el vino de las botas.
Volvíamos cuando se hacía de noche, después de pasar el día cerca del agua y en el castillo, cansados y cantando, los conejos saltaban por la carretera asustados por las luces del autobús, y la gente hacia parar al conductor para bajar a perseguir los gazapos, sin resultado alguno, pues rápidamente se escondían entre las retamas.
El autobús antiguo se dedicaba a las excursiones, poca gente de los pueblos tenía coche propio, por eso más de una vez nos juntábamos con los amigos de Papá, para ir a algún lado a pasar el día.
Papá conocía muy bien las lagunas, y también el abuelito, que se sabía una poesía con el nombre de todas ellas, no en vano muy cerca estaba el molino de la Parra, donde estuvieron los abuelos de papá, padres de la abuelita. Y donde antes de tener el molino de Membrillo también vivieron los abuelitos.
Un día me llevó a pescar. Entonces ya teníamos el coche, y en él fuimos probando sitios hasta que paramos en una orilla pedregosa y soleada, sin sombras de ninguna clase. Papá me dejó sujetar una de las cañas, la menor, sentado sobre una piedra, mientras vigilaba el corcho que flotaba en medio de las aguas plateadas. Así estábamos un rato, él trajinando con su caña y yo sujetando la mía pendiente del corchito. Papá me decía con ilusión, “mira bien Manolín que parece que te están picando”. El pequeño flotador se hundía un poquito en el agua, y la caña comenzó a temblar un poquitín, pero paró enseguida. Papá se acercó y me dijo sonriente: tira de la caña porque te han picado. Al tirar salió colgando del hilo un pequeño pez plateado dando volantines en el aire. Me sentía el niño más feliz del mundo, ¡ya sabía pescar como mi padre!.
Durante toda la tarde estuvimos al sol, en aquella orilla, sacando pececillos del agua y metiendoles en un cubo. El calor acentuaba el olor de las retamas y las aliagas amarillas. Las manos ásperas y mojadas, con escamas de pescado pegadas que me olían a primera vez, la primera vez que pescaba y cogía un pez que se doblaba entre mis dedos.
Al final del día estaba orgulloso, habíamos pescado mucho, casi todos los peces con mi caña pequeña y corcho. El sol estaba rojo poniéndose entre las montañas, reflejándose en la laguna, como lo estaban nuestros cuerpos después de toda la tarde sin sombra, solo con un sombrero de paja.
No fue suficiente, Papá sufrió quemaduras por el sol y le salieron ampollas en la piel. Mamá lo curaba con un algodón empapado en vinagre. El ácido olor se esparcía por la casa mientras yo observaba como se escurría por su espalda.
Volví a las Lagunas 17 años más tarde durante un viaje con Papá. Al molino de la Parra se lo habían comido las zarzas y apenas quedaba alguna piedra en pié, papa rebuscó entre las ruinas y encontró una sartén negra abollada y oxidada, se quedó un rato pensando, se puso serio y recogió aquel recuerdo de sus abuelos mientras me contaba emocionado la historia de aquellas piedras.

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la plaza del pueblo

La plaza

Desde la casa a diez metros se llegaba al parque que hay junto a la iglesia, rodeado por unos árboles frondosos enormes que soltaban castañas, las “pilongas” como nos decía Encarnita, que no se podían comer porque eran amargas y según algunos, hasta venenosas.
La carretera de adoquines, por donde pasaban los viejos camiones y los carros, lo limitaba por el fondo, y por el otro lado el Ayuntamiento y el Casino, justo antes de llegar al puente del canal del río.
Tenía suerte de vivir tan cerca, muchas veces bajaba solo a jugar con algún niño vecino.
Cuando llegaba el otoño las hojas grandes de los castaños de indias formaban remolinos en los rincones, movidas por el viento.
En la mitad del parque había una fuente con luces de colores y un templete clásico de música que casi nunca se utilizó, mas bien servia de urinario aprovechando los rincones que dejaba la escalerita de subir los músicos.
Los domingos se llenaba de gente, prácticamente no habia otra cosa que hacer, ir al cine o pasear, por eso se vestían de domingo y se dedicaban a ir de un lado a otro después de la misa paseando despacio hasta el final, donde el casino y el Ayuntamiento.
La pequeña explanada frente al Ayuntamiento estaba pavimentada, prácticamente era el único sitio donde se podia ir sin peligro de tropezar con piedras, por eso se juntaban todos los pequeños del pueblo con su triciclo a hacer carreritas. En una ocasión yo me lo turnaba con Miguel, e iba de un lado a otro dando vueltas, mientras Papá y Mamá conversaban con los amigos, Javier era pequeño y mamá lo sujetaba en brazos mientras él jugueteaba con el collar de perlas, bisutería muy popular por entonces, hasta que de un estirón se rompió el hilo y las perlas salieron en todas direcciones rebotando por el suelo. Me acuerdo después de ir con mi triciclo rastreando todo el suelo buscando bolitas.

No había toboganes ni columpios como ahora, el parque era el sitio de reunión publica donde las mujeres aprovechaban para hacer vida social, los hombres iban al casino, donde se jugaba al dominó y a las cartas. Y los niños nos conformábamos con ir de la mano de nuestros padres por el parque, saludando a unos y a otros.

También se podía ir al cine, valía dos pesetas, y era una sala no muy grande también junto a la iglesia donde Papá y Mamá nos llevaban a ver películas infantiles, de esa época.
Me acuerdo de la primera vez que vi la película Blanca nieves, yo sentado junto a mis padres, extasiado, viendo en la pantalla gigante a Blanca nieves cantando en el pozo del castillo... Otras veces eran las películas de Joselito o de Marisol, o alguna de aventuras de indios y vaqueros.. Era la primera vez que el cine irrumpía en mi vida y daba alas a la fantasía.
Antes de que comenzara la película Encarnita nos daba un trozo de chicle, el chicle de entonces se llamaba Joe BazoKa y tenia una forma curiosa, como tres discos rosas pegados, de forma que se podia partir en tres pedazos del tamaño de una moneda que repartía siempre con la recomendación de no tragarlo, no fuera que se nos pegaran las tripas.
En el intermedio dos altavoces situados en medio de la sala atronaban con el poromponpero de Manolo Escobar mientras los niños nerviosos nos salíamos de los asientos de madera y corríamos por el pasillo, hasta que se apagaban las luces y se corrían las cortinas.
Entonces empezaba la magia, la ilusión se transportaba a la pantalla que en aquellos momentos era la ventana del mundo, aunque antes teníamos que ver a Franco inaugurando pantanos en el noticiario del Nodo.
Tras aquellas noticias en blanco y negro ponian la película en colores de Blancanieves o de vaqueros o de aventuras, el caso es que el cine era el escaparate de la vida, lo que nos decia que fuera de aquel pueblo y de aquel mundo tan estrecho habia mas cosas por descubrir.
Mis ojos de niño estaban atentos a todo lo que podia pasar, al calor de los brazos de mama, al calor de la mano de Papá. Después de la funcion volviamos a la plaza, a pasear el resto de la tarde, bajo los castaños de indias, a recordar los momentos de las películas y a terminar la tarde con los demás niños del parque, los vecinos de las casas colindantes
A veces a pelearse, a veces a jugar al escondite.

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la bicicleta


La bicicleta
La carretera todavía estaba medio en obras, llena de piedras y sin asfaltar. Aún no se había estrenado, por eso no pasaban coches. A lo lejos se podían ver los dos pueblos, Argamasilla y Tomelloso.
Papá paró el Dos caballos y sacó la pequeña bici, que un tiempo antes los tíos Ramón y Julia me habían enviado desde Francia.
Hasta entonces me había limitado a intentar pedalear por la plaza de la iglesia. Con las dos ruedecillas acopladas detrás para no caerme. Esta vez a Papá le pareció que ya podia aprender a ir sin ayuda y las desmontó.
Comenzamos a hacer prácticas, yo pedaleando en la bici y Papá corriendo a mi lado, agarrando el sillín por detrás para que no cayera. Así estuvimos gran parte de la mañana.
Yo cada vez pedaleaba más confiado, por aquella carretera sin terminar. Papá me alentaba mientras sujetaba la bici y me decía: más fuerte Manolín, sujeta bien el manillar, no tengas miedo... Pedaleaba cada vez con más gana seguro de que no me caía porque mi padre me sujetaba detrás. Lo repetimos una y otra vez, él resoplando de cansado a mi lado y yo apretando en los pedales...
En una de aquellas carreras, mientras corría a mi lado, soltó la mano del sillín sin que me diera cuenta. Yo cada vez estaba mas seguro y sorteaba las piedras del camino con cuidado mientras mantenía el equilibrio... Al poco rato me llamaba orgulloso desde lejos para que parara. ¡Ya sabía ir en bicicleta!.
Metimos la bici en el coche y volvimos a Argamasilla.

Al oír el motor en la calle, Mamá se asomó por el balcón de la casa a recibirnos, Papá orgulloso, con una sonrisa le decía que ya sabía montar solo, y yo para demostrarlo me desplazaba haciendo eses hasta el final de la calle, donde la farola de plato y bombilla, y volvía triunfante, ignorante de que ese día, cuando aprendí a ir en bici, lo iba a recordar siempre.

Aquella bici fue mi primer vehículo, si descontamos el triciclo, que me servia para pasear con mis hermanos en la plaza. Con ella recorría las sendas solitarias junto al Molino. Pequeños paseos que a mí me suponían la libertad absoluta. Treinta años después cuando recorría España, por las aldeas de Galicia o de Cuenca
Inconscientemente he buscado esos mismos caminos.
Los primeros recados, consistían en llevar el almuerzo en un talego de tela a mi abuelito que estaba regando remolachas en algún campo alejado del molino, yo era lo suficiente mayor como para ir con mi bici siguiendo el camino pedregoso hasta encontrarlo agachado junto a una reguera, haciendo pequeños muretes de tierra con la azada para conducir el agua.
Mi abuelo estaba descalzo, y sus grandes pies se mojaban en el agua fría despertando en mi un sentimiento de admiración por su fortaleza.
De vuelta al molino aparcaba la bici sobre algún campo de alfalfa, y entonces me tumbaba en la hierba, cara arriba, viendo pasar las nubes. La imaginación me hacia ver las figuras de mis cuentos en las formas cambiantes de las nubes, el cielo arrastrando borregos.. Los monstruos y el coco, ser mitológico que todos los mayores se empeñaban en hacerme creer que existía, en aquellas nubes negras. Los chopos cercanos respiraban con el viento que movía las hojas y la perperstiva desde el suelo los hacía diferentes.. Un espectáculo de la naturaleza en aquel campo marchito, con dos o tres árboles, una reguera y un camino polvoriento en la llanura de la Mancha.

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1 de marzo de 2008

la casa de argamasilla

Nací en la calle Nueva, numero 2, en una casa de dos pisos con llamador “de mano con bola” en la puerta y pequeño balconcito arriba. Era el domingo de Ramos del año 59 en el mes de marzo, mamá estaba muy asustada porque el año anterior su primera hija nació muerta porque se complicó el parto, por eso el día antes se fue a la iglesia a rezar, y recogió unas ramas de olivo bendecidas, que luego guardó toda la vida. La casa que esta cerca de la iglesia, estaba dividida en dos viviendas, la de abajo, fría en el invierno y fresca en el verano, la aprovechaban los dueños de la casa, una señora que vivía en Granada, para veranear y el piso de arriba, donde vivían mis padres. El recuerdo de aquella casa y el del molino, son de los que se llevan dentro toda la vida, la primera casa, la casa de la tierna infancia, la casa de los pañales y de los padres jovencísimos ilusionados con la vida y disfrutando lo mismo que yo de las primeras veces, para mí era mi primera casa, mis primeros pasos, todo nuevo y por estrenar, y para mis padres era el primer hijo, los primeros años de vida juntos, para mamá también era todo nuevo y un poco difícil pues había cambiado la vida de manises por la de Argamasilla, mas dura y menos dulce.
La casa era grande, cuando eres pequeño todo te parece grande, luego cuando creces y vuelves a los lugares parece como si todo hubiera encogido, pero no pasa así con la casa, cuando he vuelto otras veces, de paso en algún viaje, e vuelto a ver la misma casa, con la puerta alta y solitaria en una calle también solitaria, con el llamador de mano con bola, y cubierta de barnices resquebrajados... La casa la recuerdo bien, porque el pensamiento ha pasado muchas veces por ahí y los recuerdos se han pegado tanto a mi vida que ya forman parte de ella. Es imposible recordar esa casa sin asociar a mamá dentro de ella, con palabras amables, cariñosa, efusiva, entre los faenas domesticas que yo observaba y aprendía por primera vez, mi mama poniendo la olla spress en el fuego, la nevera kelvinator, la radio grande, la cocina junto a al salita que hacia de comedor con la mesa camilla que un día Miguel ángel prendió fuego, las paredes pintadas de colores y decoradas con mariposas y golondrinas de cerámica traídas de manises, la mesa de papá en la planta baja donde recogía las muestras de carne para descartar la triquina de los cerdos, donde habían propagandas de medicamentos veterinarios con vacas y cerdos que yo recortaba...

Argamasilla era un pueblo de la Mancha, con las calles anchas y sin asfaltar, por entonces era raro que hubiera calles asfaltadas, con casas grandotas, todas con corrales amplios donde se guardaban los carros y se almacenaba la leña, que casi siempre era de cepas viejas de viña.
Un pueblo con solera y con historia, pues según dicen fue en las cuevas de medrano, unos calabozos situados en una de las calles aledañas a la iglesia, donde estuvo encerrado Miguel de Cervantes, y allí empezó a escribir el Quijote, en ese lugar de “cuyo nombre no quiero acordarme”.
El río guadiana , que nace en las Lagunas de Ruidera, a unos 20 kilómetros del pueblo, cruzaba el pueblo encauzado por un pequeño canal, pues apenas llevaba agua y a unos dos kilómetros antes estaba el Molino del Membrillo, donde Vivian mis abuelos, esa distancia que los separaban del pueblo se podía hacer muy fácilmente siguiendo una pequeña senda por la orilla, entre los chopos. Muchas veces me fascinaba ver a mi abuelito por esa senda estrecha en bicicleta haciendo equilibrios para no caerse al río.
En Argamasilla el clima era continental, es decir calor seco y fuerte en verano y mucho frío en el invierno. La primera vez que vi nevar me acuerdo que estaba jugando en el patio de la casa con aquellas diminutas figuritas de plástico cuando mamá salió a llamarme desde la puerta de la cocina para que subiera las escaleras rápido, el cielo estaba muy gris pero iluminado de una forma especial y los primeros copos de nieve bajaban, movidos por el viento helado, como mariposas de un lado a otro.
Mamá siempre comentaba que el clima de argamasilla nos hacia muy bien, que siempre teníamos los mofletes y la nariz bien rojos, estimulados por el frío.
En el verano el sol era muy fuerte, y deslumbraban las calles con las fachadas de las casas encaladas, pues pintar las paredes de cal era una costumbre bastante extendida en el pueblo, el verano era la época de pintar y papá echaba grandes trozos de cal en un caldero viejo con agua, la cal viva calentaba rápidamente todo, incluso hacia hervir el agua, después cuando todo estaba frío, papá en camiseta de tirantes, pintaba las paredes de las habitaciones de abajo, con unas brochas de esparto.
En la casa, que como casi todas las del pueblo había un gran patio, se había construido una pequeñita balsa, quizás para almacenar agua para regar la pequeñita huerta, o tal vez para bañarse los niños, los hijos de la dueña de la casa que vivía en granada y solo se acercaba a Argamasilla en el verano y a cobrar el alquiler. El caso es que en esa pequeña balsa, como una gran bañera, en el fondo del patio, bajo la sombra de la parra, nos bañábamos los pequeños, cuidados por encarnita, una niña contratada por mamá para ayudar en las faenas domesticas y cuidar de los tres hermanitos. La balsa era de construcción basta, lucida de cemento, y con las paredes de fuera pintadas de cal, el albañil que la construyó tuvo la ocurrencia de pegar una moneda de chavo en una pared cuando el cemento estaba fresco, Moneda que yo intentaba sacar una y otra vez sin conseguirlo. La parra daba buena sombra en el patio, y cuando se terminaba el verano comenzaban a madurar las uvas. Las avispas acudían atraídas por la fruta y por el agua y más de una vez sufrimos el doloroso aguijonazo de alguna de ellas, entonces acudía encarnita o mamá a consolarnos las lagrimas y con saliva hacían rápidamente barro para aplicarlo en la herida, remedio casero que a mí siempre me ha llamado la atención.
Papá se subía a una escalera altísima en camiseta de tirantes y yo admiraba sus brazos fuertes y sus hombros mientras bajaba uno a uno los racimos de uva medio comidos por las avispas.
En el centro del patio había una gran higuera, papá descolgaba los higos con una gran caña con las puntas abiertas en un extremo, de forma que se quedaban sujetos a la caña sin caerse al suelo. El tronco de la higuera también se pintaba de cal, para que no subieran insectos por el tronco.

Junto a la higuera en el centro del patio un día vino un obrero para hacer un agujero muy hondo, se trataba de un aljibe, un pozo grande para almacenar el agua de la lluvia, el obrero se sentó en el centro del patio, en el suelo, y sin moverse trazó un circulo con todo lo largo de radio que daba su brazo y empezó a picar, a los varios días estaba construido el aljibe.
Las estancias de la casa de abajo, eran las mas frescas en el verano y donde papá tenia sus trastos de veterinaria, una mesa de despacho, que ahora está en su garaje almacenada entre trastos, sus libros de veterinaria, una colección de una especie de periódicos, que eran los boletines oficiales del estado, que papá necesitaba para enterarse de cuando eran las oposiciones y de las plazas de veterinaria vacantes. En fin una serie de objetos, libros, revistas, un triquinoscopio para observar las muestras de carne para descartar la enfermedad de la triquina, alguna herramienta cubierta de polvo, trastos, cajas... Una habitación que tenia una cama instalada para hacer la siesta, y donde yo dormía placidamente las tardes de verano, siempre que no soñara con las ratas a las que tenia miedo.

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