El molino del membrillo

este es un blog familiar. Dedicado a la memoria perdida

29 de febrero de 2008

El colegio de las monjas

Por las calles de detrás, pasando por la esquina de la farola de plato y bombilla, se llegaba al colegio de las monjas.
La memoria no se porta muy bien conmigo, apenas recuerdo detalles de aquella, mi primera escuela.
Solo puedo decir que los detalles no son muy buenos, por supuesto que a ese colegio había que ir con el uniforme, el baby de nylon de rayas azules rematado en los puños, que toda España llevaba, para que se supiera que éramos alumnos, que todos en la escuela éramos iguales, aunque eso no era verdad.
Las monjas eran malas, por lo menos eso me parecía a mí, no encontré ninguna simpatía en ellas. Preocupadas por dar una educación sesgada a su medida, se habían apropiado de la autoridad y la repartían arbitrariamente.
Era mi primera escuela, con aromas a tinta, goma de borrar y madera de cedro de los lápices mezclado con el olor de niño; los niños tienen un olor especial; el olor a sudor de niño y a pelos de niño.
Durante mucho tiempo en mi infancia he reconocido las escuelas por ese olor indescriptible que sólo se corresponde con las escuelas infantiles, mas adelante he sentido lo mismo cuando acompañando a mis hijos al cole he entrado en el aula. Mi padre se pasó la vida repartiéndose entre dos olores: el de los niños de la escuela y el de los cerdos por la tarde.
De aquel colegio a mí también me quedan dos olores en la memoria, el de las aulas cerradas llenas de niños y el de los las ramas de celindo en flor que traían las niñas el mes de mayo para llevar a la imagen de la virgen. Las niñas traían las flores y la monja atravesaba toda la clase mientras el perfume se esparcía dejando un olor a virgen y a mayo.

Inmediatamente nos poníamos en pié y la monja nos hacia cantar la canción mientras movía sus brazos para dar el compás: “Venid y vamos todos con flores a Maria que madre nuestra es.” Nuestras vocecitas resonaban entre aquellas paredes viejas con grandes ventanales de cristales sucios. El recreo era para jugar en el patio, un patio lleno de piedras con árbol miserable en medio.
A veces los niños se lastimaban y se hacian heridas, entonces la monja hacia traer la sangre de Cristo que todo lo cura, y de un pequeño frasquito misterioso sacaba con un cuentagotas la mercromina para aplicar la sangre bendita al infortunado niño.
De aquel colegio y de aquellas monjas proceden mis primeros castigos. Las monjas me castigaban porque escribía con la mano izquierda, me hacian sentirme mal, diferente al resto de niños y se burlaban de mí. Cuando me veian coger el lápiz con la mano izquierda recibía un pescozón y me ataban la mano a la silla para que no tuviera más remedio que agarrarlo con la derecha. La derecha era la mano de Dios, la izquierda la del Diablo, por eso yo era malo, y despertaba la antipatía en aquellas monjas iluminadas.
Yo no quería ir al colegio, mamá me arrastraba por las calles hasta que me dejaba junto a la puerta, abandonado a los caprichos de aquellas educadoras. Un día no quise entrar, no sé como, pero recuerdo que iba solo por las calles de Argamasilla, asomándome por los portales, curioseando hasta que me descubrió la señora Lola, una mujer que conocía a mamá y que algunas veces había ido a la casa a limpiar. Estaba dentro de su casa, pero me vió a traves de la ventana. – así que haciendo novillos, me dijo, ya verás cuando se enteren tus padres. Y me cogió de la mano y me condujo a la casa. Entonces recibí mi primer castigo. El primer castigo por escoger la libertad en vez de la opresión de las odiosas monjas.

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26 de febrero de 2008

el molino por dentro

El molino fue para mí la primera ocasión de entrar en contacto con la naturaleza, y su recuerdo me han acompañado toda la vida y por supuesto me ha influenciado, junto a sus paredes y en los descampados de alrededor fue donde comencé mis primeras correrías, mis primeros pasos en libertad, sin papá ni mamá acompañándome, era una casa grandota y deslavazada sin gracia con las paredes de piedra a medio encalar, estaba junto al río, donde se había construido la represa para conducir el agua que luego movería las piedras de moler, el agua una vez cumplido su cometido de dejaba volver al río por la parte de detrás de la casa, y caía formando una cascada con un ruido que se te metía dentro de la cabeza, junto a la cascada había una especie De dique donde el agua formaba una especie de balsa, que era muy popular en el pueblo porque era donde la gente venia a bañarse en el verano, justo en ese mismo sitio fue donde nos bañamos por primera vez,, donde papá nos cogía en brazos y junto a la cascada nos ayudaba y nos hacia bromas con el agua, de esta zona todavía hay una foto en el álbum familiar donde se nos ve a los tres hermanos haciendo como si pescáramos con un palito arrimados junto a la represa. En una ocasión en uno de esos baños, me acuerdo que detrás de la cascada y entre los culantrillos de pozo, especie de helecho que solo nace en las cascadas se debatía un pez plateado que había saltado fuera del agua, fue la primera ves que pesqué un pez, cazado seria más propio,, y como es natural acabó en la sartén de mi abuelita con gran regocijo de mis padres y orgullo mío.
El ruido peculiar del agua de la cascada golpeándose en el río, me ha acompañado siempre, y desde entonces cuando hemos pasado por alguna cascada siempre me he acordado del molino.
Junta a la represa, siguiendo el curso del río, había unas hileras de chopos, bien grandes y frondosos que daban sombra a las aguas verdosas del río, los chopos seguían el río hasta argamasilla, y junto a ellos había una senda sombreada por donde circulaban las bicicletas haciendo eses en un ejercicio que ha mi me parecía dificilísimo.
Al molino se podía ir por dos caminos, por esta senda junto al río, y por otro camino más ancho donde cabían los coches y los carros, esos caminos de cuentos o de cuadros románticos con dos carriles y un cepellón de hierba por el medio, estos caminos cruzaban los distintos campos de la mancha, sin árboles ni sombra, solo cuando te acercabas al molino, las hileras de los chopos hacían pensar en una especie de oasis en medio de los campos resecos de la mancha.
De la represa del molino salía una acequia que conducía el agua a las huertas aledañas, mi abuelo de esta forma, conduciéndola hábilmente a golpes de azada, regaba sus campos de remolachas y de alfalfa. Las remolachas surgían de la tierra como patatas gigantes clavadas en el suelo, coronadas por el penacho de hojas anchas, mi curiosidad me llevaba a preguntar una y otra vez a mi abuelito como se llamaban esas plantas... Esto es remolacha, esto es alfalfa, aquello son tomates, eso son ciruelos.. En las palabras de mi abuelo escuchaba por primera vez los términos del campo, los nombres de las herramientas.
La acequia daba la vuelta al molino y se iba a regar otros campos en unos límites que yo desconocía, pero el recorrido desde la represa hasta el cruce de los caminos me lo hacia muchas veces en mis correrías, aprendí a explorar los zapateros, insectos que son tan livianos que con sus largas patas se posan encima del agua como si patinaran desplazándose en grupos, buscando los remansos de la corriente, los escarabajos de agua (luego aprendí que se llaman notonectas) y las lombrices y las sanguijuelas.
Yo había visto pescar a papá,, con lombrices de tierra, y la primera vez que en uno de mis exploraciones vi a las sanguijuelas me apresuré a recoger muchas en una lata, los bichos se retorcían y buscaban con sus bocas de ventosa adherirse a la piel para succiones la sangre, pero yo estaba orgulloso, cuando se las enseñe a papá, este me las hizo tirar y me enseño la diferencia entre las sanguijuelas y las lombrices.
El agua de esa acequia o reguera, venia del río, pero estaba limpia, y los abuelitos no tenían remilgos para beber de ella, también la abuelita lavaba la ropa arrodillándose en la orilla, bajo la sombra de una morera.
En un lado del molino, había una habitación pequeña, con una puerta que conducía a la parte de atrás de la casa, por donde pasaba la reguera y estaban los campos de frutales, cerezos, ciruelos y algún albaricoquero, en aquella estancia, a modo de pequeña cocina, con una mesa y dos o tres sillas, de las de enea, la abuelita hacia la lumbre, para cocinar, con las sartenes grandes y ennegrecidas por el hollín... y mientras cocinaba, vigilaba el campo de frutales para que los tordos no acabaran con la fruta.
De vez en cuando sorprendía una bandada que se paraba entre los árboles en busca de cerezas o de ciruelas. La abuelita tenia preparado unos botes de lata vacíos de los de tomate, de los grandes, con algunas piedras dentro, o guijarros como ella decía, de esa forma zarandeando los botes, gritando y corriendo hacia los pájaros, formaba un estruendo que los asustaba durante un rato, hasta que volvían acuciados por el hambre, entonces volvía a empezar aquel curioso baile.
La abuelita pasaba gran parte del día en aquella estancia, vigilando la lumbre y los pájaros, y esperando al abuelito que casi siempre estaba regando algún campo de remolachas, muchas veces tenia que cocinar algo de comer para los gañanes del molino, alguna persona que los ayudaba por un salario miserable, casi por la comida.
Aquella era una habitación de paso, que tenia otra puerta interior, que comunicaba con el molino por dentro donde estaban las piedras de moler y las tolvas para echar el trigo, arriba de aquella puerta y en una hornacina estaba una imagen de Santa Rita, vestida como una monja y con unas terribles heridas en la frente y en las manos, estigmas de la pasión de cristo, que a mí me impresionaban muchísimo, y como no adornada con unas rosas de plástico. Esta imagen de santa Rita siempre me ha impresionado y me he acordado de ella cada vez que visitando alguna ermita de pueblo o en alguna masía hemos visto imágenes, ninguna tan impresionante ni tan entrañable como aquella Santa Rita de mi abuela, que no sé dónde estará ahora.
En aquella habitación, vigilado por la santa, me contaron los primeros cuentos, los cuentos mas dorados y con la imaginación mas desbordada, yo era el primer nieto, y mis abuelitos tenían tiempo e ilusión, me sentía querido y el niño mas feliz del mundo, no tenia tiempo para estar mal. Mi abuelita me contaba historias cuando se hacia de noche, mientras esperábamos al abuelito a que volviera de regar, siempre lo anunciaban los ladridos de los perros, que lo saludaban o que defendían el molino, pero mi abuela sabia cuando él regresaba, avisada por sonidos imperceptibles, quizás algún perro, algún ruido de la bicicleta apartando alguna piedra del camino, pero cuando caía la noche, encendía el candil, con una torcida de algodón empapada en aceite, y con esa luz temblorosa y amarilla recorríamos el molino por dentro, yo me agarraba fuerte a la mano de mi abuela pues las sombras de las tolvas y de los recipientes de madera se alargaban, se estiraban, se escondían, en un baile mágico entre la luz amarilla de l candil que con el ruido del agua pasando por la rueda me hacían imaginar mil y una historias terribles.

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